#CloseTo Albert Rivera: “No entro al cine sin palomitas”

Hoy hablamos de cerca con el líder de Ciudadanos. Cercano y honesto, nos cuenta en qué le gusta invertir su tiempo cuando no está trabajando.

Icono de fecha 13 Jun 2017 Icono de autor Amalia Enríquez
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Estoy convencida de que nunca imaginó que iba a tener que desempeñar el papel político que le ha tocado en suerte. Afín o no a sus convicciones, lo que no se le puede negar a Albert Rivera es temple, paciencia y una buena dosis de educación para soportar, en ocasiones, una intolerancia y faltas de respeto que, en la vida privada, no consentiríamos ni a un amigo. En nuestra conversación nos propusimos no hablar de política y ¡lo conseguimos! Detrás de este político honesto y leal a unos principios que no está dispuesto a traicionar, se esconde un hombre afable, muy buen conversador y con una capacidad de seducción en la amistad muy adictiva. Si le conoces bien, te conviertes en incondicional.

Aunque es hijo único, compartió su infancia en Cataluña con un montón de primos

The Luxonomist: ¿Te acostumbras a no hablar de política?
Albert Rivera: Me gusta no hablar de política, pero siempre me preguntan por ella en las entrevistas y es imposible abstraerse. Hace muy poco hice una para Vanity Fair en la que me dijeron que no hablaríamos mucho de política y no hicimos otra cosa (risas). Al final, incluso los medios que no hacen política, acaban recurriendo a ella. Es como si entrevistaras a Clint Eastwood y no hablaras nada de cine.

TL: Te sorprenderías de lo mucho que puedes hablar con él sin ser de cine, incluso de política, porque fue alcalde de Carmel. Yo pretendo que no hablemos de ella. A ver si lo conseguimos…
AR: Pues ¡vamos a ello! porque se agradece salir un poco de ese marco.

TL: ¿Cuándo descubres que hay vida más allá del despacho?
AR: Mi proceso ha sido a la inversa porque descubrí la política cuando ya había avanzado en mi vida. Los que venimos de trabajar fuera de ella, vemos esa vida de un modo distinto y tenemos alguna ventaja. Te hablo en primera persona. Yo necesito no estar desconectado de algunas cosas y, por otro lado, también necesito una desconexión que me evada y me permita disfrutar de una película, viajar, descansar un rato, leer, hacer deporte. Esas cosas son las que te dan vida más allá de la política y que te permiten tener la mente fresca.

Encuentra sosiego en la música, la escucha de todos los géneros

TL: ¿Dónde buscas o encuentras el ocio?
AR: El cine es una de las cosas que me hacen desconectar. No tengo mucho tiempo pero procuro encontrar, como mínimo, un espacio para ir por los menos un par de veces o tres al mes. Cuando entras en la sala y se apagan las luces es como la película ‘The Majestic’. Ir al cine es un ritual. En casa me cuesta más ver una película porque soy muy inquieto.

TL: A eso le tienes que poner remedio..
AR: Me pasaba igual cuando estudiaba. Tenía que ir a la biblioteca porque, en casa, era imposible que me concentrara. Soy de mente inquieta y le doy vueltas a las cosas mil veces, por lo que necesito cierto ritual. En el cine también. Los trailers antes de la película, las palomitas…

TL: ¿Así que eres de los de cubo de palomitas?
AR: No entro al cine sin palomitas (risas) y tampoco sin ver antes los trailers por Internet, elegir con mi pareja la película o quedar con los amigos para ver la que ellos han elegido. Ese es un ritual necesario y, luego, ir a cenar y comentar la película.

Recuerda E.T. como una de sus primeras películas

TL: ¿De niño ya ibas al cine?
AR: Mis padres no eran de ir a ver cine a las salas, lo veíamos en casa. Éramos socios de los videoclubs. Al cine iba los fines de semana para ver la típica película de dibujos y, luego, de teenagers. Cuando de verdad empecé a frecuentar el cine fue al independizarme, al tener vida propia.

TL: Entonces, ni de broma te vas a acordar de las primera película que viste de niño…
AR: Tengo una muy marcada, porque me gustó y me dio miedo a partes iguales: ET. No sabía si llorar o reírme. Es la primera que recuerdo. Con los años la volví a ver y la percepción, obviamente, ya fue distinta. Recuerdo también ‘Los Goonies’. ‘Regreso al futuro’ me encantó, fue la primera que vi en el cine. Fui con mi tía y no dejaba de preguntarle cosas, porque no la entendía. Debía tener unos seis años. Yo era muy preguntón de pequeño, me pasaba el día preguntando por todo.

TL: No tenías competencia… ¿Cómo fue la vida como hijo único?
AR: Dentro de todos los males y tópicos que tenemos los hijos únicos, creo que mis padres tienen “culpa” de que no tenga algunos de esos males. Me han educado intentando que no sintiera que lo era y, por supuesto, que no lo fuera. Me enseñaron a valorar, a saber de verdad “lo que vale un peine”. Cuando hacía las cosas bien, tenía un premio y, cuando las hacía mal, un castigo. Lo que hacemos los padres o intentamos hacer, a veces, no sé si con mucho éxito. Ahora mi hija, de momento, también es única. Ya veremos qué pasará en el futuro.

TL: ¿Sientes que sois estirpe especial?
AR: Fíjate. Leí hace unos días un artículo en un periódico digital sobre un estudio del cerebro de los hijos únicos. Salían cosas curiosas, que no me parecen nada extrañas. Decía que somos más flexibles, que nos costaba un poco más la comunicación en la parte emocional, que nos llevamos mejor con los padres que los que tienen más hermanos. Son cosas que, la verdad, no me descuadran mucho.

TL: Seguro que tu etapa de hijo único no tiene nada que ver con la de tu hija…
AR: Sin duda, la vida ha cambiado mucho. La condición de hijo único es un parámetro más. Hay muchos hoy en día: si vives o no con tus padres, si siguen juntos o se han separado. Los modelos de familia que tenemos hoy son muy distintos y, a la vez, todos ellos válidos. Yo, siendo padre a distancia, estoy muy encima de mi hija. La paradoja es que, viendo a mi hija bastante menos que muchos padres, hay una relación constante. Cada día tenemos nuestro cuarto de hora de FaceTime. Ella sabe que, después de cenar o de la hora de la ducha, tenemos nuestra conversación entre las 8 o las 9 de la noche, ya esté yo en el despacho, en casa o en un taxi.

TL: Pones en práctica lo de “calidad, mejor que cantidad”…
AR: No queda otra. Podría caer en el tópico de que es mejor la calidad que la cantidad, pero no es cierto. Lo ideal es ambas cosas pero, por lo menos en mi situación, lucho porque haya calidad. La relación con mi hija ahora es muy estrecha. Tiene 6 años, es una edad estupenda, ya es una personita que te cuenta, te pregunta, tiene sentido del humor, es muy irónica y me lo paso muy bien con ella. Hoy se ha ido por primera vez de colonias y llevo todo el día sufriendo (risas).

Renunciar a su intimidad, lo que más le cuesta de su vida como político

TL: Tendrás que acostumbrarte a darle independencia aunque los padres, con respecto a las niñas, lo lleváis fatal…
AR: Es verdad. En mi casa han sido muy liberales conmigo en ese sentido. Me dejaban caer para que me levantara y aprendiera. Mis padres, dentro de unos parámetros y unos valores, siempre me han dejado hacer. Me han dejado equivocarme y de eso aprendes mucho en la vida. Me han educado en bastante libertad y he aprendido a caerme y levantarme.

TL: Y has aprendido más de las caídas, seguro…
AR: Bastante, sin duda. Cuando acerté, recibí felicitaciones. Cuando me equivoqué, la reprimenda y la colleja típicas. Era el escarmiento de turno. En la vida puedes tropezarte con la piedra pero, con la misma piedra varias veces, es preocupante.

TL: Somos humanos, no estamos programados como las máquinas…
AR: Yo soy bastante perfeccionista. Tolero los errores porque cada día me equivoco en cosas, pero me fastidian los dobles y triples errores en lo mismo. Error/acierto y error/aprendizaje está bien y es necesario, pero error/error/error ya cabrea.

Así se hizo la fotografía de la portada con nuestra compañera Amalia Enríquez

TL: Para valorar el éxito tienes que conocer el fracaso y superarlo…
AR: Totalmente de acuerdo. No es un tópico, es verdad, se aprende más del fracaso que del acierto. En mi experiencia como político, cuando haces una campaña electoral y sacas un buen resultado, nadie se para a pensar en cómo evitar los errores que también hayas cometido. En las que las cosas no van bien, todos se preguntan qué es lo que ha fallado. Yo he querido darle una vuelta a eso y, en las campañas que hemos conseguido un éxito, he hecho un informe de los errores.

TL: Eso es muy tuyo…
AR: (risas) Es mi carácter perfeccionista pero luego, hacerlo así, te da inputs.

TL: ¿No sufres al ser tan meticulosamente perfeccionista?
AR: Sufro un poco pero, a medida que me voy haciendo mayor, lo voy siendo menos. También te digo que la perfección es muy aburrida. Al final, lo divertido es ser imperfecto y te convierte en más auténtico porque, al final, no hay nadie perfecto y tampoco tienes por qué serlo. A pesar de eso, me gusta que las cosas se hagan bien.

Javier Nart y Fernández Deu tuvieron mucha culpa de que estudiara Derecho

TL: Con virtudes y defectos… ¿te recuerdas un niño feliz?
AR: Sí, la verdad es que sí. No me recuerdo un niño solitario por ser hijo único. Tenía una familia muy bien avenida con mis primos, mis tíos. Teníamos una masía que alquilábamos toda la familia en Cardedeu, un pueblecito a media hora de Barcelona. Yo era muy urbanita porque vivía en la Barceloneta y, luego, en Poble Nou, pero me encantaba esa aventura en el campo con los tíos, los abuelos, los primos. Nos juntábamos 20 o 30 con nuestras bicicletas, jugábamos partidos de fútbol, hacíamos excursiones, celebrábamos las hogueras de San Juan, las Navidades… En el fondo, era hijo único pero, cada fin de semana, era uno más en una pandilla de diez primos. Yo creo que eso me ha compensado mucho y mi infancia fue bastante compartida.

TL: Una infancia con mucho deporte también…
AR: He hecho mucho y eso me ha enseñado a convivir. Cuando estás en un equipo de 20 tíos en el agua (hacía waterpolo y natación), eso te curte mucho porque te conviertes y sientes ser una pieza más. El deporte y la familia grande me ayudaron a ser más feliz todavía.

TL: ¿Y te ha enseñado a competir en otros parámetros de la vida?
AR: Mucho. Yo he aprendido más en el agua que en la escuela. El deporte te da unos atributos que no te los aporta el colegio o tus padres, incluso. El waterpolo, que lo practiqué ocho años, es un deporte duro pero noble. La natación es muy individual y muy exigente. Yo entrenada dos veces al día, seis veces a la semana, incluidos los sábados. Con 12, 13 y 14 años me levantaba a las 5 de la mañana para ir a entrenar. Mientras mis amigos se iban los fines de semana de juerga, yo me iba a competir. Eso te hace madurar muy rápido. Esos valores ya se quedan para mí.

Escribe y le gusta mucho leer

TL: Mientras tú competías y tus amigos se divertían… ¿tienes la sensación de haberte perdido cosas importantes?
AR: La verdad es que no, porque me lo pasaba muy bien con el deporte. Al final, éramos un equipo de gente joven que también teníamos nuestros momentos de juerga. El equipo de waterpolo, por ejemplo, era mi familia de amigos. Cuando tuvimos parejas, nos íbamos a cenar en grupo con ellas. Los deportes de contacto y duros, en el fondo, hacen mucha piña. A mí eso me gusta, porque es muy de contacto, muy humano.

TL: ¿Nos hemos perdido un gran nadador?
AR: No creo, era normalito. Pintaba bien, pero nada más. La natación es un deporte en el que he visto caer a mucha gente. Yo quedé campeón de Cataluña, empecé a competir a nivel nacional pero a los 17 años tuve una lesión, empecé la universidad haciendo una carrera muy exigente y era complicado compatibilizarla con la natación. Así que la dejé, pero a los seis meses me entró el mono del cloro y me apunté a waterpolo. Creo que tomé la decisión acertada porque no iba a ser Michael Phelps (risas).

TL: Un actor o un futbolista sabe cuándo le “ataca” el gusanillo. ¿Cuándo sabe uno que quiere ser político?
AR: Yo me di cuenta bastante tarde. Quería ser abogado. De pequeño dudaba entre ser entrenador y dedicarme a la Educación Física o hacer Derecho. Cuando veía las películas de juicios, abogados y tribunales ¡me encantaban! En la carrera elegí una asignatura que se llamaba ‘Cine y Derecho’. Era preciosa y analizamos la hermenéutica y la simbología de los tribunales. Era una clase optativa pero me fascinó porque unía dos pasiones. Nos proyectaron ‘Matar a un ruiseñor’, ’12 hombres sin piedad’, ‘Algunos hombres buenos’ y, obviamente, esas películas me marcaron. No sé si te acordarás de que había un programa en La2 con Javier Nart y Fernández Deu en el que discutían sobre temas judiciales. Yo debía tener 13 años y me quedaba clavado. Con el tiempo, fíjate lo que es la vida, los he conocido a los dos. Javier Nart es diputado europeo nuestro y Fernández Deu muy amigo mío. Les dije un día que ellos tuvieron mucha culpa de que yo estudiara Derecho.

TL: ¿Eres de los que crees en el destino, la casualidad o la suerte?
AR: Yo creo que nada está escrito, que cada día nos marcamos nuestro destino. Creo en el azar. Si tienes una moneda, hay probabilidades de que caiga cara o cruz, pero no creo en eso de que hay gente con buena o mala suerte. Lo que creo es que hay gente que trabaja muy duro y compra muchas papeletas para que le toque la lotería. Y hay otra que no compra ninguna y dice que no tiene la suerte de cara. Para bien o para mal, hay cosas en la vida que son azar. Detrás de la suerte hay mucho trabajo y gente que toma decisiones acertadas muchas veces. A mí no me han regalado nada, aunque haya gente que piensa lo contrario. Estamos en un país donde criticamos lo nuestro como nadie. Yo reivindico el cuidar a la gente que hace bien las cosas. La cruzada de los mediocres contra el talento me preocupa mucho. La mediocridad es un cáncer que condiciona a la gente que quiere esforzarse y que quiere hacerlo mejor.

TL: Te ha salido la vena política, no lo has podido remediar (risas) ¿Eres feliz siendo político?
AR: Sí, me apasiona lo que hago. También te digo que el día que eso no ocurra, os daréis cuenta y seguramente no estaré aquí. Las dos cosas, aunque espero que primero no esté aquí  y que luego os deis cuenta (risas). Tengo la convicción de que, para lo que hago, tengo que estar convencido, ilusionado, apasionado y entregado, porque le doy más tiempo que el que le dedicaría a una empresa. También te digo que me siento un privilegiado porque puedo tomar decisiones para mejorar el rumbo de un país. Eso es lo que me engancha de la política. Hay gente a la que le gusta vivir en su mundo y a otros a los que nos gusta vivir en el mundo.

TL: ¿Te imaginas haciendo otra cosa?
AR: Sí, muchas. Soy un polifacético inquieto. Una de las cosas por las que me emociona la política es saber que no voy a estar aquí siempre. Tengo la motivación de que podré volver a la esfera privada, a dar clases si quiero, montar una empresa, colaborar con causas que quiero más allá de la política. Tengo la suerte de saber que el sillón del escaño lo puedes perder en un día y, además, puedes irte mañana. Creo que hay que saber irse a tiempo. No quiero que me recuerden nunca como alguien que se ha aferrado a algo, sino como alguien que intentó hacer las cosas bien, con buena fe y que, luego, voló y se dedicó a otras cosas más allá de la política.

Estas son sus dos últimas lecturas

TL: Pero si antes eres presidente mejor, ¿no?
AR: (risas) Sí, claro. Ese es el objetivo, no por ser presidente sino por poder cambiar muchas cosas. Ser presidente de un país también tiene muchos sacrificios, renuncias, alteración de la intimidad, seguridad, familia, tiempo… Soy consciente de que no es ningún chollo, de que es renunciar a muchas cosas por el bien de otras, pero me gustaría ser presidente para cambiar algunas.

TL: Perderías, entre otras cosas, esa intimidad que tanto preservas. ¿Qué darías por volver a ser anónimo?
AR: Ufff, has tocado la tecla. Has dado en el clavo. Cómo se nota que te mueves y entrevistas a gente a quienes les pasa lo mismo. El anonimato es una de las grandes renuncias. Tengo que reconocer que tengo bastante suerte porque mi pérdida de anonimato es el resultado del cariño de mucha gente, me siento muy bien tratado en la calle. Por suerte, puedo ir por la calle con la tranquilidad de que no recibo insultos y otro tipo de amenazas. En Madrid vivo muy cerca del Congreso y, cada día, tengo que calcular el salir con un margen de unos 20 minutos porque sé que la gente me va a entretener. El anonimato y la familia son los grandes sacrificios de la vida política.

TL: ¿Qué libros lee alguien que también los escribe?
AR: Escribí uno porque me hacía especial ilusión contar el origen de Ciudadanos y no descarto escribir otro, contando la experiencia que estamos teniendo aquí en el Congreso. Como lector, soy más de no ficción que de ficción. Ahora estoy leyendo ‘Los enemigos del comercio’, de Antonio Escohotado, que es filosofía, historia y política, y estoy terminando ‘Sapiens’, un libro muy interesante entre antropología e historia. Me nutro de libros que me aporten, me gusta aprender. Para desconectar me gusta más la música. Escucho de todo, desde música electrónica a rock, pasando por el flamenco y la clásica.

‘Philadelphia’ le marcó enormemente

TL: ¿Y esa película que, en la madurez, se ha convertido en imprescindible?
AR: Hay una que me gustó mucho por varias cosas y es algo muy personal: ‘Philadelphia’. Mi tío murió de sida y fue uno de los primeros casos en Barcelona, cuando poco se sabía de esa enfermedad. Era gay y sufrió lo terrible de esos primeros momentos, muy diferentes a lo que se puede vivir ahora. Esa película lo reunía todo. Me encanta Tom Hanks, soy fan de Bruce Springsteen, me gusta Antonio Banderas, soy abogado, Philadelphia es la ciudad de las libertades civiles. Lo tenía todo.

TL: Especialmente diseñada para ti.
AR: Casi. Me marcó mucho porque era el símbolo de una lucha por otras libertades civiles: todo el colectivo LGTB, los enfermos de sida, el desconocimiento, la discriminación. Me pareció una película fascinante.

TL: Sin querer, tal vez, te he traído un recuerdo doloroso. Espero que se mitigue imaginando qué pensaría el Albert nadador del hombre en el que hoy te has convertido…
AR: Yo creo que estaría tranquilo pensando que estoy con gente que trabaja para el bienestar de los demás. Cuando subo a la tribuna del Congreso, todavía me emociona ver esa madera y esos laureles de pan de oro, porque son parte de nuestra historia. Ese tiro de cámara de la tribuna me recuerda los debates de la nación, las imágenes del golpe de Estado. No puedo entender cómo hay gente que no respeta eso. ¿Qué hemos hecho mal para que haya quien no respete lo que ha ocurrido en esa Cámara, desde que Isabel II la puso en marcha hasta hoy? Yo quiero cambiar las cosas y el niño Albert me daría la razón y me apoyaría.

Localización: Congreso de los Diputados. Próxima semana: Andrés Velencoso.

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