Mi niñita se enfrenta a su primer amor en verano…

Ha crecido tan rápido que no te has dado cuenta. Se acaba de enamorar y aunque tú sepas que no va a funcionar, tienes que dejarla hacer...

20 Jul 2017 Ana Villarrubia

Y estás tú casi mas preocupada que él. Mejor dicho, vives permanentemente preocupada mientras que tu pequeña se hace mayor cada día más rápido. Todavía la observas sin que ella se dé cuenta, todavía tienes la sensación de que puedes protegerla de (casi) todo… Y te has fijado en su forma de mirar, obnubilada, a ese chico que tiene pinta de tener un par de años más que ella -aunque estás convencida de que tu niña le daría mil vueltas a quien ha conocido en el kiosco de la lado de la playa porque “vale mucho más que cualquiera que se me ponga por delante”.  Te cuesta reconocer a tu propia hija así de ensoñada, embobada y, sobre todo, tan ingenua…

“¡Pero si hace nada le estaba cambiando los pañales!”, te dices mientras luchas, en vano, contra un imposible. Su cuerpo ya ha empezado a cambiar, sus intereses han dejado de girar en torno a todo eso que compartíais juntas. Sus ritmos, también el biológico, se mueven ahora al son de otro compás. Ya no juega a ser mayor, ahora empieza, lenta pero implacablemente, a serlo. Y está apunto de descubrir lo que es el amor, y también el desamor.

Aunque sepas que no va a funcionar, tienes que dejarle vivir la experiencia

Los primeras amores dejan huella, sin duda. Una huella sobre todo reconocible mientras dura la adolescencia. El primer amor detona el inicio de una serie de aventuras y desventuras que conformarán toda una experiencia de vida, un largo recorrido plagado de aprendizajes. Esas lecciones vitales que lo son precisamente a costa de mucha lágrima y mucho desgarro interior. Porque tu mirada hace tiempo que dejó de ser tan inocente, tú sabes lo que va a pasar, sabes cómo terminará el verano. ¿Qué hacer? ¿Cómo afrontar esta crónica de una desgracia anunciada?

Lo primero, por mucho que quieras protegerla de todo mal en el mundo (y te sientas capaz de ello), tienes que permitirle vivir su experiencia. La necesita, igual que tú tuviste las tuyas. Síguele el ritmo durante el verano para seguir haciéndolo también después.

Los hijos tienen que vivir el desamor igual que lo hemos vivido los adultos

Una vez llega el desamor no puedes jugar el papel del papá o la mamá que todo lo curan y todo lo resuelven. Esto es algo que habrán de elaborar ellos solos. Por eso lo poco o lo mucho que te queda es acompañ[email protected] a lo largo del proceso. Estás ahí, disponible para cualquier consulta, preparada para actuar cuando se demande tu capacidad para aliviar, lista para guiarle a través de un recorrido emocional del que ya no puedes protegerle.

Con una charla inoportuna e intrusiva no arreglarás nada, pero con una actitud abierta y comprensiva les será a ellos más fácil acceder a tu confort cuando puedan necesitarlo. Tú sabes que no es tan grave, pero ellos no. Tú puedes ayudar a contener tanta emoción, a promover la aceptación de la pérdida, algo para lo que ellos todavía no están afectivamente preparados. Acabarán por estarlo cuando salgan fortalecidos de este bache, y de los que les quedan.

Tienes que apoyarla, ser comprensiva y respetar sus tiempos

Porque después llegarán más amores y más profecías que verás cumplirse al pie de la letra. No por ello puedes dejar de respetar sus tiempos, su privacidad y su autonomía. Acepta que van a equivocarse una y mil veces y que muchas veces necesitarán incluso hacerlo. Como tú también lo necesitaste en su momento.

Tu figura ha cambiado para siempre. Sigues siendo un referente pero ahora tendrás que lidiar con la desinformación a base de promover una buena relación de confianza y mucha comunicación, tendrás que darles herramientas para que se protejan ellos solos a través de una buena educación (también sexual) y tendrás que seguir ahí para ofrecer consuelo y abrir puertas cuando lo vena todo demasiado negro. Sobre ti recae también la responsabilidad de inculcar las bases del respeto, la defensa de sus intereses y de su integridad. Para que este camino suyo sea el del buen amor y no el de un amor abusivo, controlador y limitante.

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