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Eduardo Noriega: “Las redes sociales son una pérdida de tiempo”

Acaba de estrenar dos películas y afirma que la vida es como una partida de ajedrez, a veces debes sacrificar una figura para ganar la partida.

Amalia Enríquez. 12/12/2017

Lo suyo es algo más que una buena dosis de suerte y un físico agradecido. El éxito le llegó pronto y le hizo vivir mucho en poco tiempo. Es de los entrevistados que siempre te da más de lo que te quita… y eso que los periodistas, en una etapa pasada de su vida, le gustamos lo justo y necesario. Acaba de estrenar ‘Perfectos desconocidos, que está arrasando en taquilla, y ‘Llueven vacas’, película coral sobre el maltrato a la mujer. Estos días, no le queda otro remedio que “dejarse ver”

The Luxonomist: Solo charlamos cuando tienes algo que promocionar…
Eduardo Noriega: Vamos a hacer una entrevista Enríquez (risas).

TL: ¿Me lo tomo como un halago?
EN: Espero que sí, porque las tuyas son conversaciones amables. El hecho de hablar solo en periodo de promoción es porque ya me he hecho mayor (risas).

TL: ¿Tienes esa sensación?
EN: No me siento mayor, pero sí hay una serie de cosas a las que ya digo que no y no me siento culpable, sino liberado. Eso de responder a preguntas como ¿cuál es tu color favorito o tu perfume imprescindible? ¡Ya no me apetece hacerlo! Lo he tenido que hacer muchas veces y ya está, no más.

Acaba de estrenar ‘Llueven vacas’, sobre el maltrato a la mujer

TL: ¿Cuántas cosas has tenido que hacer que no hubieras querido?
EN: Muchas. No sé si para que me respetaran o no, pero creo que en la vida hay que tener mucha mano izquierda y saber ceder. Es como en una partida de ajedrez, en la que a veces tienes que sacrificar una figura para ganar la partida. Esa forma de obrar puede tener relación directa con tu estrategia de perder peones a cambio de un buen resultado final. Aún no he llegado a la edad top…

TL: Ilumíname, no conozco esa edad…
EN: (Risas) Es en la que ya te da igual todo, dices a todo que no y todo el mundo te lo respeta e, incluso, te lo acepta. A veces tengo esa sensación cuando estoy en una película con actores jóvenes que no me respetan tanto (risas), pero me doy cuenta de su actitud en su ímpetu y sus ganas. A esas edades tienen que estar dispuestos a “comerse el mundo”, a disfrutar de todo y no decir que no a nada. Lo que están viviendo es algo que, posiblemente, no vuelvan a recuperar. Con 16 o 20 años, muy pocos jóvenes pueden decir que están rodando una película y esa es una suerte que tienen que valorar.

TL: ¿Te acuerdas de esa edad?
EN: Claro que me acuerdo. Siempre he sido muy peleón y muy consciente del privilegio que supone estar en este trabajo y pertenecer a este mundo. Sigo siendo igual de consciente al considerar que el actor es una pieza más, que tiene que ofrecer y dar todo lo mejor que tiene y puede. Ahora bien, también tengo muy claro que si la luz, el encuadre o el guion no están bien, por mucho que lo intente el actor, el resultado no emocionará. Siempre he sido también muy disciplinado y he entendido que la labor del director es mucho más compleja de lo que imaginamos.

TL: ¿Sigues exigiendo lo mismo que antes?
EN: Me gustaría decirte que exijo más, pero no es cierto porque he pasado por todo tipo de épocas. Las ha habido de “vacas gordas”, donde había muchos proyectos y tuve que elegir y decir que no a algunos porque era imposible encajarlos todos, y he pasado por épocas en las que no había trabajo, que me vino muy bien para aprender a valorar mejor las propuestas que me llegaban. Ahora lo que exijo básicamente es entusiasmo y pasión por esta profesión.

Se sorprendió cuando Álex de la Iglesia le llamó para su última película

TL: ¿Nunca te ha faltado en los momentos delicados?
EN: Faltarme no, otra cosa es que cambiara el tono de ese entusiasmo. Te aseguro que siempre encuentro el motivo por el que entusiasmarme. Y lo hago de manera natural, sin forzarlo. Rodar ‘Perfectos desconocidos’ con Álex de la Iglesia, por ejemplo, ha activado esa sensación. Es un director con el que me moría de ganas de trabajar. He visto toda su filmografía en cine y hay pocos directores de los que lo haya visto todo. Y te voy a decir algo, encontraba imposible que me llamara para trabajar con él.

TL: ¿Y eso por qué?
EN: No sabría decirte por qué. De repente pensaba que algún día me llamaría, sobre todo porque todo el cine español ha trabajado con él y faltaba yo (risas), pero por otro lado pensaba que igual mi forma de actuar y mi físico no pegaba con sus pelis. Bobadas o sensibilidades que tiene uno. Cuando me llamó para esta película me dijo que tenía ganas de trabajar conmigo desde hacía quince años, así que no pude menos que contestarle “mira que has tardado, ¿por qué no lo has hecho antes?” (risas). Álex es de esos directores que te renueva todas las ilusiones.

TL: ¿Qué debe condensar un proyecto ahora para que te active esa ilusión?
EN: Varios factores. Un director consagrado, un reparto atrayente, el personaje, lo que quiere contar la historia. Todo esto te motiva pero, al final, la respuesta siempre es producto de la intuición y del instinto, el que te veas haciendo lo que te proponen. Igual te seduce la aventura de un director novel y con actores que empiezan. Nunca se sabe cuándo las cosas van a salir bien o no. Hay que aceptar el riesgo y, con suerte, tienes recompensa.

TL: Qué fue más impactante, ¿la llamada de Amenábar en tus comienzos o la de Álex de la Iglesia, cuando ya eres figura destacada en la profesión?
EN: Con Alejandro no fue tan impactante porque ya había hecho cortos con él, pero no dejó de ser impresionante porque íbamos a hacer una película. Me llamó todo serio y estaba nervioso, pero no consiguió pasarme a mí esa inquietud (risas). Con Álex me pilló más de sorpresa, pero estoy seguro de que volveré a trabajar con él. Esta película me ha servido para quitarme el miedo. La primera semana estábamos todos los actores asustados, con la sensación de que estábamos todos en el cole y no nos podían pillar en falta. Luego empezamos a “soltarnos” todos y ha sido una experiencia magnífica, en la que me he divertido muchísimo.

Eduardo Noriega junto a Amalia Enríquez en un momento tras la entrevista

 

TL: Con un reparto como el de ‘Perfectos desconocidos‘, ¿cómo fue la convivencia de las vanidades?
EN: Fue muy bien y yo creo que por lo que te digo, porque estábamos todos asustados, no había ningún alumno de sobresaliente (risas) pero, cuando nos fuimos soltando todos, ya íbamos subiendo la nota. Álex tiene una manera de dirigir muy extraña, porque yo no sabía adónde me estaba llevando el personaje, ni tampoco adónde me dirigía él, hasta que un día me di cuenta de que yo debía tomar las riendas e ir adonde creía. Ahí es donde empecé a disfrutar y donde empezó a crecer el personaje. Nos pasó lo mismo a todos. La primera semana, en la que estábamos todos tan asustados, no existía ningún ego ni ninguna vanidad, solo había una película de Álex (risas).

TL: ¿Cuántos “perfectos desconocidos” nos genera el mundo 2.0?
EN: Uuuff, qué buena pregunta. Yo te diría que todos porque, hasta los conocidos, en las redes parecen otros. Por suerte, yo no tengo muchas relaciones íntimas y cercanas en las RRSS, con ese entorno más privado no comparto nada en ellas. Yo tengo una presencia más profesional, pero me gustaría tener cada vez menos. Cada día me convenzo más de que son una pérdida de tiempo y que, dedicarte a ellas, te impide tener más ratos para leer o para tomar un café con alguien y charlar, tan sencillo como eso. Por suerte, me he dado cuenta de que gente muy cercana a mí no tiene perfiles en redes, lo que me permite tener relaciones de contacto y presenciales, que es lo que me gusta. Me resisto a relacionarme con la gente por whatsapp, con mensajes de audio o corazones y emoticonos. Levantar el teléfono, hablar con alguien y decirle que le echas de menos es mucho más bonito, intenso y placentero que mandar un mensaje con un corazón y ya está.

TL: Se ha perdido la costumbre de escribir y de hacerlo bien…
EN: Sin duda. Nuestra generación, por fortuna, hemos conocido una era no digital. Lo que es tremendo es que chicos de 20 años no conozcan otra cosa que las nuevas tecnologías. Puede parecer algo carca o romántico lo que te voy a decir, pero cuando nosotros escribíamos una carta, pensábamos una frase, la repetíamos, incluso rompíamos la hoja y la volvíamos a escribir, le estábamos dedicando tiempo a la persona a quien nos dirigíamos. Todo eso ahora se ha perdido.

TL: Ya no hablamos de los juegos de niños, de las canicas, de las chapas
EN: Bueno ¡eso no saben ni lo que es! Con mi niña sí que procuro, todos los días, tener un rato para todo tipo de juego que tenga que ver con lo manual, la imaginación o el aire libre, porque la dependencia de las nuevas tecnologías es una droga. Es muy fácil que, cada vez que un niño incordia, darle un aparatito para que se calle. Lo difícil es currártelo, ponerte a cuatro patas e inventarte cosas. Es la única forma de activar su imaginación y creatividad. La tecnología es un arma fabulosa, pero también es una esclavitud.

En 1996 trabajó en ‘Tesis’ bajo las órdenes de Alejandro Amenábar

TL: ¿Tú consigues evadirte de esa dependencia?
EN: Sí. Yo tengo perfiles en Twitter e Instagram solamente, también tengo smartphone para mi día a día, pero mi idea es dejar todo eso. Como el yonki que quiere desengancharse, el primer paso es querer hacerlo. En eso estoy. En mi época luchábamos por evitar a los paparazzi, ahora todo el mundo es un paparazzi y eso es tremendo. Que la gente de mi quinta esté todo el día colgando fotos de sí misma me llama mucho la atención, me resulta incomprensible verlo en personas que huían de eso tiempo atrás. Los padres de las nuevas generaciones deberían hablar con sus hijos y decirles que no todo se debe compartir.

TL: Hablemos por un rato del Eduardo más joven, del niño de Santander…
EN: Tengo muchos y muy buenos recuerdos de mi infancia, tanto en Santander como en Colombres, en Asturias, porque allí íbamos los veranos. Cuando regreso a ese tiempo recuerdo jugar mucho en la calle, en jardines y muy asilvestrados en los prados con las vacas (risas). Recuerdo mucho las bicis y que cada día era una aventura. Estábamos todo el día en la calle.

TL: ¿Te recuerdas un niño feliz?
EN: Sí, mucho. Éramos una familia muy numerosa y muy bulliciosos todos, siempre armando mucho jaleo, con las típicas peleas entre amigos y primos, pero siempre con mucha alegría de vivir, porque las reuniones familiares de muchos miembros y el tener la casa siempre llena de gente es algo que marca mucho el carácter. El jaleo, las reuniones y el querer verse es algo que recuerdo siempre.

TL: ¿Ibas al cine de niño?
EN: No, al cine me aficioné más tarde. Veía películas en casa, eso sí lo recuerdo. Era cine clásico y me conocía a todas las estrellas de Hollywood. Ahora, curiosamente, no son las películas que más me gustan. Una de las primeras que recuerdo que me alucinó fue ‘Grease’. Con cinco años caminaba por la calle como Travolta, en plan chulito (risas) y gané un concurso de disfraces en Los Agustinos disfrazado de él. Compinchado con mi hermano Gonzalo, él se escondió con un radiocassette debajo de la silla de uno de los profesores que entregaban los premios en el escenario y me puso la canción ‘I can you’, que la canté y bailé entera, con los profesores muertos de risa. Me encantaría tener esa foto, por cierto.

‘Grease’ fue una de sus primeras películas favoritas

TL: Dime que leías, por favor…
EN: Leía muchos tebeos y cómics españoles sobre todo. Carpanta, Mortadelo y Filemón, SuperLópez… todos ellos han sido la base de mi afición a la lectura. En la adolescencia leía mucho y lo sigo haciendo ahora. En mi mesilla tengo ahora ‘Tierra de campos’, de David Trueba, y tengo por leer ‘Lecciones para el actor profesional’ de Chejov. Leo ficción y novela, sobre todo, y suelo tener siempre unos 5 o 6 libros para leer.

TL: ¿Nos hemos perdido a un gran futbolista?
EN: ¡Qué más quisiera! Me gustaba muchísimo el fútbol y, como soy muy terco, hasta muy tarde no asimilé ni me di cuenta de que no valía para jugar. Sigo jugando pachangas, por el simple placer de jugar, pero ya reconozco abiertamente que no es lo mío. Aún hoy, si veo un balón en un parque, no puedo dejar de darle una patada y salir corriendo detrás como un niño pequeño. En el cine nunca he interpretado a un futbolista y ya no doy la talla (risas), en todo caso entrenador, que me pega más por la edad.

TL: ¿Hubo un punto de inflexión que te aclaró las cosas?
EN: Si te digo la verdad, nunca lo hubo entre ser futbolista o actor. Cuando me vine a Madrid, me di un margen de cuatro años para ser actor. Si no lo conseguía, me volvería a Santander. Empecé pronto, muy joven, a hacer cortos, uno me llevó a otro y otro a una película… y ya no paré. Nunca pensé que esto sería definitivo, de verdad. Lo sigo pensando a día de hoy. He pasado por épocas de bonanza en la que se me acumularon los proyectos, pero siempre he pensado que el grifo, algún día, podría no dar agua.

TL: ¿Te asusta que no suene el teléfono?
EN: Alguna vez sí que me ha asustado. He tenido algún accidente físico y he pensado “hasta aquí”. Hay momentos en los que se te abre el abismo y te ves en una cama sin posibilidad de trabajar… y eso sí lo he pensado. Y me he muerto de miedo porque no sabría qué hacer.

TL: ¿No hay pan B?
EN: ¡Para nada! Ni B ni de ninguna otra letra. Todo me ha salido muy bien porque siempre he tenido un proyecto ahí. Por suerte ruedo bastante fuera de España y eso me permite tener siempre algo entre manos. Nunca he estado parado, aunque los años 2013/2014 para mí han sido horrorosos. Aún así, me considero un privilegiado. Soy muy consciente de la cantidad de actores que no tienen siquiera acceso a un casting, ni a una prueba y llevarse esa ilusión a su casa. De que los cojan ya ni hablamos.

TL: ¿Cuál ha sido tu secreto para gestionar la exposición mediática, a veces muy grande, que implica tu profesión?
EN: Creo que es importante que los actores cultivemos el misterio. Yo siempre he tenido fascinación por las estrellas de Hollywood, desconocía sus vidas fuera de la pantalla y despertaban en mí algo misterioso. No me importaba saber si estaban casados, eran gays o tenían hijos, me gustaba incluso no saberlo. La fascinación de la pantalla tiene que ver con que no sea algo cotidiano. Si estás todos los días en debates de televisión, alfombras rojas y estrenos, pierdes interés. Mi intención siempre ha sido aparecer cuando promociono mi trabajo, el resto del tiempo lo dedico a mi familia y a mi gente. Eso sí, en las promociones me entrego y sé que hay que darlo todo. También tengo la suerte de que a mi mujer, desde el día uno, le daba igual Almodóvar que Amenábar. Los admiraba mucho, pero nunca tuvo un deseo irrefrenable de conocerlos y tampoco de salir en un photocall. De hecho, en los estrenos, ella entra por una puerta y yo voy por la alfombra roja. Y, por supuesto, es deseo y decisión de los dos tener a mi hija al margen de todo. Sigo siendo muy pudoroso con mi intimidad.

TL: Vence un poco ese pudor y dime qué pensaría el niño Eduardo que soñaba con el fútbol del hombre en el que te has convertido…
EN: Pues fíjate que no lo sé. Para mí era un sueño inimaginable llegar a ser actor y conseguir todo lo que he logrado. Supongo que le gustaría de mí que no he perdido la ilusión por este trabajo. La realidad ha superado la ficción de mis sueños.

*Localización: La Terracilla. *Próxima semana: Isabel Jiménez.


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