Esa silla vacía duele más en Navidad, ¿cómo sobrellevarlo?

Todos nos acordamos en estas fechas de alguien que ya no volverá. Pero sobrevivir a la Navidad sin que la pena nos arrastre o nos paralice, es posible.

Icono de fecha 21 Dic 2017 Icono de autor Ana Villarrubia
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Con independencia de nuestras creencias religiosas, la tradición de la que nuestra cultura bebe hace que la Navidad quede marcada en el calendario como una época de celebración y de encuentro, un momento para compartir y expresar emociones, para acercarnos a los nuestros, disfrutar de su compañía y recordar. Igual que lo es la cena de Acción de Gracias para nuestros amigos norteamericanos, para nosotros la Navidad es sinónimo de familia, de afecto y también de recogimiento.

Después, pasadas estas fechas, las celebraciones de fin de año se viven con un carácter más festivo si cabe, algo más desenfadado en la mayor parte de los hogares, con un peso compartido a partes iguales entre lo familiar y lo social en su sentido más extenso, y con ese halo de renovación que siempre depositamos en los propósitos de Año Nuevo.

En Navidad se trae a la mente el recuerdo de toda una historia de vida compartida

Tanto la Navidad como las marcadas fechas que la rodean se vuelven especialmente relevantes y dolorosas cuando la ingenuidad de la infancia o incluso de la adolescencia ha pasado, cuando vivir la Navidad es sinónimo de traer a la mente el recuerdo de toda una historia de vida compartida con nuestros seres queridos. Un recuerdo que, vinculado a la emoción y al inigualable ritual que representa la celebración de la Navidad en nuestra sociedad, queda grabado a fuego en nuestra memoria familiar.

Por eso todo es más intenso en Navidad. Toda emoción se experimenta con ciertas connotaciones especiales. Lo malo de ello es que, a su vez, también todo duele más en Navidad, tenemos la piel más fina, la emoción a flor de piel. Se disfruta de los que están pero se sufre casi más por los que no están. En Navidad nos duelen especialmente las pérdidas. Además, las ausencias, especialmente si nos resultan significativas, contrastan con la alegría y el jolgorio que otros viven a nuestro alrededor: esa ambivalencia intensifica el desasosiego de quienes sufren por los que ya no están entre nosotros. ¿Cómo podemos gestionar ese síndrome de la silla vacía en Navidad?

La persona que ha fallecido ocupa y ocupará un lugar en la familia, un lugar diferente

No evites hablar del fallecido. Negar la evidencia resulta casi grotesco, irrespetuoso me atrevería a decir. Si esa persona significativa está en tu mente, quizá en la de quienes te rodean también, ¿por qué no compartir ese recuerdo? La impronta que esa persona dejó sigue latente, la tradición en la que participó o que incluso construyó es la misma de la que ahora disfrutamos. No podemos negar su esencia: es innegable que, de algún modo, forma parte de toda la vivencia de la Navidad. Hablar de quien no está es el mejor homenaje que puede rendirse, y también la mejor forma de sentirse, en familia, respaldados en el recuerdo, comprendidos en el dolor.

No intentes no sentir. Permítete sentir con todas sus consecuencias. El duelo es la elaboración de la pérdida y todo duelo conlleva una compleja amalgama de emociones que se inician con al negación, luchan con la rabia, tratante de aplacarse a través de la tristeza y culminan finalmente con la aceptación. La inmensa mayoría de los duelos no son patológicos, por mucha tristeza que conlleven, y requieren de entre 1 y 3 años para ser elaborados de manera sana y adaptativa.

Jamás se olvida a un ser querido. Solo se consigue que el recuerdo duela menos

Olvida la culpa. No, no es lo mismo sin él o sin ella, es una injusticia que no esté, es un asco que se haya tenido que ir. Pero yo sigo aquí, me sigo emocionando, hay otras personas para quien yo soy importante (quizá incluso que dependen de mí) y que son, a su vez, importantes para mí… Y puede que hasta, a ratos, me llegue a desinhibir, me lo pase un poco bien o me ría con ellos. Es lo que a mí, que sigo aquí, me toca vivir.

Sé claro con los niños. Utiliza siempre un lenguaje que estén preparados para comprender, pero no les engañes ni les hables con metáforas que den lugar a indeseables confusiones. Quien se ha ido no va a volver, porque no puede. Los niños hasta los 8 años aproximadamente no entienden el concepto de muerte como algo irreversible, por eso es especialmente importante que sepan que no contarán de nuevo con esa persona en sus vidas porque no es posible, para que no crean que lo que pasa es que han sido abandonados. Los niños son capaces de asumir esta realidad de una manera mucho más tranquila de lo que imaginamos, simplemente no debemos proyectar nuestros miedos sobre ellos.

En Navidad nos duelen especialmente las pérdidas

Nada de “este año no se celebra”. No se trata de la misma celebración, por supuesto, pero tampoco tiene sentido nadar contra la corriente. Si este año se evita la celebración, entonces se pospondrá el sufrimiento, nos garantizaremos ahondar en la herida y sufrir de nuevo cuando llegue el próximo ritual, sea cual sea: la próxima fecha señalada en el calendario, la próxima Navidad, el próximo cumpleaños…

Reinterpretar la situación. Porque se puede, a partir de este momento, tratar de generar nuevos rituales en familia, que conlleven el recuerdo de quien no está de manera simbólica. La persona que ha fallecido ocupa y ocupará un lugar en la familia, un lugar diferente, pero un lugar imborrable al fin y al cabo. Una manera afectuosa, amorosa y respetuosa de generar ese nuevo lugar ayudará a toda la familia a asumir la ausencia.

Olvidar no es el objetivo. Jamás se olvida a un ser querido. Solo se consigue que el recuerdo duela menos, que aparezca más en paz, con mayor tranquilidad. Toda pena por una pérdida es inmensa, eterna incluso; su recuerdo no se desvanece pero puede experimentarse sin ansiedad y amargura.

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