Hoy más que nunca, ríete de las bromas

El uso de la broma y el sentido del humor no es solo mero divertimento, también responde al desarrollo de la especie y otras necesidades emocionales. Así que, si hoy te hacen una broma, agradécela en lugar de ofenderte.

Icono de fecha 28 Dic 2017 Icono de autor Ana Villarrubia
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Hoy, día de los Santos Inocentes, las bromas están a la orden del día y hasta los mas tímidos en cuanto al uso cotidiano del sentido del humor disponen del mejor escenario para dar rienda suelta (y sin complejos) a la sublimación de sus más ocultas pulsiones, en tono humorístico. Muchos, incluso, llevan días preparando su particular puesta en escena. Pero, ¿por qué mantenemos este tipo de costumbres? ¿Por qué nos esforzamos tanto para gastar bromas?

Cuando alguna de estas inocentadas no nos parece tan graciosa, especialmente cuando nosotros hemos sido el objeto de la burla o los protagonistas de una serie de infortunios, apelamos al maldito narcisismo de quien se ha planteado jugárnosla. La explicación más sencilla es la de considerar que quien nos prepara la gracia -y disfruta con ella- se ha colocado en una posición de superioridad, ha jugado con nosotros, y se ha venido arriba. Reírnos de las ‘desgracias’ ajenas supone, al fin y al cabo, abordarlas con cierta distancia. Pero, si las bromas se explicasen todas en base a esta teoría, su uso estaría limitado solo a unos pocos perfiles de personalidad. Y, quien más quien menos, todos en algún momento de nuestras vidas hemos querido hacerle una broma a alguien sin que eso supusiera despreciarle o colocarnos por encima de él.

El humor es muy placentero para nuestro cerebro

Por eso hemos de considerar que el humor resulta placentero para nuestro cerebro. Las consecuencias gratificantes de la experimentación del humor vienen de la mano de la detección a nivel de procesamiento cerebral de un patrón sorpresivo, un giro de guion absurdo o inesperado. Aquello que no tiene sentido o que no responde al sentido esperado, no puede ser procesado en exclusiva por las áreas de nuestra corteza cerebral que procesan palabras e interpretan su significado. Ese procesamiento cortical ‘se queda corto’ y, por lo tanto, nuestro cerebro culmina su análisis apelando a otras áreas, aquellas dedicadas al procesamiento de la emoción. Su estimulación resulta en la generación de emociones placenteras.

Así las cosas, tanto el uso de humor como la capacidad para percibirlo responderían al desarrollo evolutivo de los sistemas cerebrales de recompensa. El sentido del humor, integrado en nuestros sistemas de razonamiento cognitivo, podría representar entonces un nuevo hito evolutivo. Primero habríamos desarrollado a capacidad para detectar incongruencias y disonancias entre significados, y después nuestro cerebro habría encontrado la manera de procesar todo ese concepto en su conjunto de manera mas completa apelando a nuestras emociones.

La sonrisa es una de nuestras mejores armas contra el desánimo

Y, si hablamos de sentido del humor desde el punto de vista estrictamente psicológico no podemos olvidarnos de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis y teórico indiscutible acerca de los mecanismos de defensa con los que la psique humana cuenta para hacer frente a una realidad que muy a menudo atenta contra nuestro ego y genera sufrimiento.

En este sentido, el sentido del humor no deja de ser, en muchas ocasiones, un mecanismo de sublimación. Lo que consideramos una potencial amenaza adopta una forma que solo en lo simbólico recuerda a su apariencia inicial, se narra desde un prisma absolutamente distinto, y así conseguimos hacernos cargo de una realidad que, de otro modo, se nos antojaría excesivamente dolorosa o insoportable. Un mecanismo de defensa, puro instinto de supervivencia.

Tómate las bromas con humor. Es más que necesario

Los chistes, como también los sueños, responden, además, desde el enfoque freudiano, al logro de nuestro aparato psíquico para burlar las censuras autoimpuestas, a modo de liberación. Nada más y nada menos que el Ello, con sus deseos inconscientes, imponiéndose a la mediación del Yo y a las exigencias normativas y punitivas del Superyó.

Si a esto le añadimos que las emociones que se comparten en torno al humor tienen el inmenso poder de promover la cohesión social -la risa no es contagiosa en vano- resulta que el humor  no solo nos permite abordar de manera relajada una realidad incómoda, sino que además contribuye a que lo hagamos motivados y apoyados por el respaldo del prójimo. Por todo ello, reíd y disfrutad, bromead y permitid que lo hagan con vosotros. A fin de cuentas, no estamos haciendo todos un bonito y útil favor.

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