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Déficit de atención

Es hora de que hablemos del “Trastorno por Déficit de Atención”

Un Socrático. 27/02/2014

Creo que ya es hora de que hablemos de un problema que está creciendo en nuestra población, convirtiéndose cada vez más en un motivo de preocupación para padres y una estigmatización para los niños que son «etiquetados» con él. Los profesores conviven con esto  a diario en colegios e institutos. Estoy hablando del muy popular en nuestros días «Trastorno por Déficit de Atención«, más conocido como TDA, acrónimo que utilizaremos como abreviatura para el resto del artículo.

Seguro que el tema ha salido a colación más de una vez en alguna conversación sobre el comportamiento de nuestros pequeños, y muchos conoceréis a alguien que se encuentra con la dificultad de «encauzar» a un niño de este tipo. En los colegios han pasado, en estos últimos años, de tener alumnos inquietos, muy traviesos, o simplemente, maleducados, a lidiar con una legión de alumnos con diagnóstico de TDA o TDAH si va unido a la hiperactividad. Es decir, si este trastorno fuera una enfermedad causada por algún tipo de virus o bacteria, hoy por hoy, estaríamos hablando de una auténtica epidemia. Pero estamos empezando por el final. Primero deberíamos conocer qué es el TDA y  en qué criterios diagnósticos se basa.

Cuando hablamos del TDA, hablamos de un trastorno que afecta a la conducta. En la actualidad  se presenta como  uno de los trastornos más prevalente entre la población infantil y adolescente, ya que los casos diagnosticados como tal representan el 5%-10% de la población infanto-juvenil.  Se caracteriza sobre todo por distracción, que puede ser moderada o grave, inestabilidad emocional, inquietud motora, mantenimiento deficitario de la atención y conductas impulsivas. Si  hablamos de criterios diagnósticos, el DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría), que es el manual por antonomasia de la Psiquiatría, coloca los siguientes:

A-1) Presenta seis o más de los siguientes síntomas de falta de atención durante al menos 6 meses, con una intensidad superior a la que normalmente manifiestan las personas de su misma edad:

Desatención

  • No suele prestar atención a los detalles. Comete errores frecuentemente en el colegio, el trabajo u otras actividades.
  • Le cuesta mantener la atención en tareas o actividades de tipo lúdico.
  • Parece que no escucha cuando se le habla.
  • No suele finalizar las tareas o encargos que empieza y no suele seguir las instrucciones que se le mandan, sin ser por un comportamiento negativista o por una incapacidad para comprender las instrucciones.
  • Le resulta complicado organizar tareas y actividades.
  • Intenta evitar realizar tareas que le suponen un esfuerzo mental sostenido (actividades escolares o tareas domésticas).
  • Pierde objetos frecuentemente (ejercicios, lápices, libros, juguetes…)
  • Se distrae con cualquier estímulo irrelevante.
  • Es descuidado en las actividades de la vida diaria.

A-2) Presenta seis o más de los siguientes síntomas de hiperactividad-impulsividad durante un período mínimo de 6 meses con una intensidad superior a la que normalmente manifiestan las personas de esa edad:

Hiperactividad

  • Suele mover en exceso las manos y los pies o no se está quieto en el asiento.
  • No suele permanecer sentado en las situaciones en las que se espera que lo esté.
  • Suele correr o saltar en exceso en situaciones en las que no es apropiado hacerlo.
  • Tiene dificultades para realizar actividades o juegos tranquilos.
  • Suele estar en movimiento y actuar como si tuviese un motor en marcha continuamente.
  • Suele hablar en exceso.

Impulsividad

  • Suele dar respuestas precipitadas antes de que se hayan terminado de formular las preguntas.
  • Le cuesta esperar su turno y respetar las colas.
  • Suele correr o saltar en exceso en situaciones en las que no es apropiado hacerlo.
  • Suele interrumpir a los demás y entrometerse en las actividades de otros.

B) Algunos de estos síntomas que causaban alteraciones estaban presentes antes de los 7 años.

C) Algunas alteraciones provocadas por los síntomas se presentan en dos o más ambientes (escuela, casa, trabajo,…)

D) Deben existir pruebas de que hay un problema clínicamente significativo del funcionamiento social y académico o laboral.

E) Los síntomas no están presentes exclusivamente en el transcurso de un trastorno generalizado del desarrollo, esquizofrenia o cualquier otro trastorno psicótico, y no se explican mejor por otro trastorno.

Seguramente tras leer estos criterios algunos estaréis pensando:

– Esto es lo que le pasa a mi hijo. Está claro que presenta más de seis de esos criterios.

Y si seguimos dando vueltas al tema incluso podemos concluir:

– Nosotros mismos presentamos esos síntomas o los hemos presentado alguna vez, entonces… ¡está claro; es hereditario!

Y “rizando el rizo”:

– Los hijos de mis vecinos también lo tienen, deduzco por tanto que… ¿Es contagioso?

Llevadas al extremo las reflexiones que nos conducirían a clasificar a nuestros hijos según estos criterios, podríamos llegar a conclusiones tan pintorescas como las anteriores. ¿Por qué? Porque, en realidad, la mayoría de los niños y adultos clasificados como personas con TDA  están mal diagnosticados. Y no es que lo diga yo, que a fin de cuentas, no soy nadie,  sino que uno de los “descubridores” del trastorno, el Dr. Leon Eisenberg afirmó que, sin lugar a dudas, el TDA era un claro caso de trastorno “sobrediagnosticado” (Der Spiegel, 2012).

Entonces, ¿por qué ocurre esto?  Pues por múltiples factores: especialmente, por lo difusos y lo generales que son los criterios diagnósticos. No vamos a negar que el TDA no sea un trastorno real. Si, para empezar, ya es difícil acotar lo que es una conducta, no es menos complicado encontrar la línea que separa un comportamiento normal de uno patológico.

Al hilo de lo que exponíamos en el artículo anterior, cuando un alumno con problemas de aprendizaje presenta además alguno o muchos de los criterios nombrados anteriormente, una vez agotadas todas las medidas ordinarias (entrevistas con las familias, cambios de metodología, consenso de las estrategias a seguir en casa y en el colegio, etc.), suele procederse a la solicitud de intervención del Orientador Escolar. Una vez efectuado el diagnóstico, si se sospecha de un TDA, se informa a los padres para que acudan a su pediatra con el escrito redactado por el psicólogo del centro para que éste, a su vez, lo derive a neurología y, posteriormente, si fuera necesario, a “Salud Mental”.

Dado que este trastorno constituye entre el 20 y el 40% de las intervenciones con niños, tanto en psicología como en psiquiatría, al final, las consultas de  los psiquiatras se llenan de familias con hijos cuyo comportamiento puede llegar a ser  muy molesto: no prestan atención a sus profesores, van mal en los estudios y su conducta, en casa y fuera de ella, deja mucho que desear.

Se habla mucho de la pastillita milagrosa que hace que todo vaya bien. Algunos padres, la esperan como una solución mágica a todos los problemas de su hijo. Otros muchos, la temen y se resisten a medicar a sus retoños desde la más tierna infancia. No me considero ningún experto en la materia, pero los que sí lo son afirman 2 cosas:

  • La medicación funciona si el niño está bien diagnosticado.
  • La terapia psicológica del niño y su familia es imprescindible.

¿Y qué ocurre con el resto de los niños? Ocurre que sus problemas de atención en la mayoría de los casos se deben a una seria de patrones ambientales nocivos, no solo en casa, sino también en el colegio, que provocan que niños, que en otras circunstancias no pasarían de ser inquietos o traviesos, suban de grado y presenten algunos comportamientos claramente desadaptativos a largo plazo.

Si observamos a nuestro alrededor, veremos cómo estamos excesivamente rodeados de estímulos y nuestra capacidad de concentración puede verse, por ello, gravemente comprometida: niños absortos ante  la televisión mientras papá o mamá les da la comida a la boca, chiquillos que oyen música por los cascos mientras juegan a la videoconsola y consultan su teléfono, etc.

Si  mantener unas pautadas adecuadas de estimulación a nuestros pequeños es importante, lo es más, si cabe, la educación dentro del círculo familiar. En muchos de los casos en los que se presenta a un niño diagnosticado con TDA, lo que hay detrás es un menor que reclama nuestra atención. En unos hogares donde los progenitores se ven obligados a trabajar jornadas laborales muy extensas y donde la conciliación familiar es una leyenda con la que solo se puede soñar, hay un montón de niños que encuentran que la manera más rápida de llamar la atención de sus  padres es, lisa y llanamente, portándose mal.

Sé que es más fácil decirlo que hacerlo y comprendo perfectamente que, muchas veces,  y más en la situación en la que vivimos, los padres llegan a casa con una carga muy importante de trabajo encima y, agotados como están,  no es fácil dedicar parte de ese tiempo a atender todas las necesidades de sus retoños. Pero no hay que rendirse. Busquemos actividades que nos resulten relajantes  después de una dura jornada laboral y que podamos compartir con nuestros hijos. Seguro que con esta “sencilla” receta unos cuantos  de esos niños TDA se convierten en simples niños traviesos.

FOTOGRAFÍA: iStock/Thinkstock

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