Economía

Juan y Andrea compran paisaje

El caso del chiringuito de los 300 euros en Formentera.

Fernando Gallardo. 14/08/2015
Pescado Juan y Andrea
Productos del mar en el restaurante «Juan y Andrea», Formentera. (Foto: juanyandrea.com)

Ni el cotilleo sobre las celebrités, ni la canción del verano, ni los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo… El tema estrella de este agosto de 2015 está siendo el tourist trap de Ignacio Villalgordo en las redes sociales, expandido súbitamente a todos los medios informativos españoles.

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Factura del restaurante «Juan y Andrea» subida a las redes sociales por Juan Villagordo (Foto: Twitter.com)

«¿Trampa para turistas? El caso del chiringuito de los 300 euros en Formentera», titulaba El País. Nada menos que 337,35 euros por un pescado fresco a compartir, una botella de verdejo, una ensalada, pan con ali oli, una botella de agua, una caña, un tinto de verano y un helado. ¿Se puede evitar la clavada del verano?, se preguntaba un día más tarde el diario El Mundo. Villalgordo, adicto a la buena gastronomía y catador de vinos informal para elmundovino, se quedó tan perplejo por la clavada que no tardó en fotografiar la factura y subirla a Twitter. Como cabe suponer, la viralidad de esta red social hizo el resto.

Tripadvisor
Algunas de las opiniones sobre el restaurante «Juan y Andrea» vertidas por los usuarios de Tripadvisor (Foto: tripadvisor.es)

Durante tres días, hasta el momento de escribir este artículo, Tripadvisor y otras redes sociales se han llenado de insultos y todo tipo de bravatas contra el chiringuito/restaurante Juan y Andrea, en la idílica playa de Ses Illetes, proclamada por dicho portal de opiniones como una de las cinco mejores playas del mundo. Su localización, frente a los islotes de Tramuntana, Forn y Conills, confieren a este chiringuito o restaurante —según quien lo excomulgue o lo defienda— una excepcionalidad incuestionable.

Juan y Andrea
El restaurante y sus vistas. (Foto: juanyandrea.com)

En un tuit personal, Ignacio Villalgordo me confirmó que pagó la factura y luego escribió en Twitter su opinión, actitudes ambas intachables y en pleno uso de su libertad de expresión. Las de otros opinantes ofensivos, no tanto. Pero lo que me ha empujado a escribir estas líneas no es tanto defender la libertad económica y la madurez de cada cual en discernir adónde ir de vacaciones y adónde no, sino la constatación por enésima vez de que al turismo español (empresarios y turistas) le cuesta aún entender que el precio de una caña, o el de una cama, no es lo que cuesta en origen el producto. Libar una cerveza, alimentarse con un san pedro o dormir en una cama nunca puede costar lo dicho porque intrínsecamente no lo valen sus materias primas.

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Langosta. (Foto: juanyandrea.com)

No, el precio de una vacación no es la cama, la comida o el transporte, sino la experiencia que se vive a lo largo del viaje. Al coste de la caña hay que añadirle, por tanto, el valor del ambiente, amén de otros factores que determinan el precio final del producto, como el servicio prestado, los impuestos debidos y las tasas turísticas que cada vez en más sitios se pagan. Y si la experiencia del viaje es subjetiva, la percepción de lo pagado también lo es, indefectiblemente. El precio de la misma caña no es igual para aquel que se toma la segunda en un bar de Madrid que para aquel que atraviesa el desierto, perdido y sin agua, cuando, de pronto, surge alguien detrás de una duna con una caña en la mano. ¿Cuánto no pagaría por esa milagrosa cerveza?

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El restaurante «Juan y Andrea» y la Playa de Ses Illetes (Foto: juanyandrea.com)

No, no es lo mismo un ambiente que otro. No es igual la playa de Castelldefels que la de Ses Illetes. No puede costar lo mismo un producto único que otro fabricado en serie. Y, gracias a la cultura de la libertad, ambos caben en el mismo sistema sin agravio comparativo. Porque se puede ser muy feliz con un Clío sin la ambición de conducir un Ferrari.

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Paisaje de la Playa de Ses Illetes (Foto: juanyandrea.com)

La polémica veraniega de Juan y Andrea está de más. En el hecho experiencial subyace una convicción de que el valor de las cosas no reside en su precio, sino en su acceso emocional. Por supuesto que el precio discrimina, pero no basta con tener 337,35 euros para dar cuenta de un san pedro en Formentera. Es preciso, además, una buena dosis de sensibilidad. Todos, cuando hacemos turismo, compramos paisaje. A veces, paupérrimo. A veces, de valor incalculable. ¿Comprar paisaje? Sí, eso escribimos aquí hace seis años.

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