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Abre la puerta, Meryl

Nadie puede negar que en la vida ha habido algún que otro 'puente de Madison', con el tiempo idealizado por la presión indolente de la memoria.

Mario Garcés. 11/07/2018

Nunca perdonaré a Meryl Streep que no abriese la puerta del coche. He querido siempre pensar que fue ese maldito semáforo bajo la lluvia el que impidió que lo extraordinario, lo imprevisible, lo inmarcesible como el amor verdadero, se impusiese a la cruda realidad de la cotidianidad, de lo convencional y de lo común. Porque, a decir verdad, nadie puede negar que en la vida ha habido algún que otro ‘puente de Madison’, con el tiempo idealizado por la presión indolente de la memoria. Oportunidades perdidas, así sentidas entonces, e idealizadas después.

No creo que haya ser humano en la Tierra que haya sido padre o madre, que no haya pensado, mirando alguna vez a su prole, cómo hubiera sido la grey en el supuesto en el que el apareamiento hubiese sido con su primer amor, con aquel gañán de pelo ensortijado o con aquella compañera de facultad a la que reservaba el asiento en el aula, con la pasión de un soldado en Normandía, por el único afán de obtener una sonrisa. 

Meryl en ‘Los puentes de Madison’ es el síndrome de la libertad

Francesca/Meryl es el símbolo de las causas perdidas, del síndrome de la libertad, del choque entre la civilización estática, aquietada en la seguridad del condado de Madison, y el espíritu del viajero, de la libertad entendida como fuga y, en ocasiones, como evasión sempiterna. Lo seguro por apacible, lo inseguro por provocador.‘Los puentes de Madison’ son un prodigio mismo de las contradicciones de la vida, del estar donde no se quiere ser, y del ser donde no se quiere estar. Como Santa Teresa de Ávila, que antes de que la propaganda nacionalista la convirtiese en catalana, ya exudaba pasión de vida y muerte, porque vivía sin vivir en ella. Algo parecido a lo que debe pasar con Torra y sus huestes.

Confieso que me hace llorar. Lloro con Santa Teresa de Ávila, lloro por Torra pero, sobre todo, es esa dichosa escena, bien traído el adjetivo de la dicha, en la que el semáforo encierra todo un compendio sobre el significado mismo de la existencia. Es la lucha del centro de gravedad contra la periferia. El mundo de lo conocido frente al mundo de lo posible. “La vida está en otra parte” de Milán Kundera describe ese síndrome que nos impide romper con lo que somos, porque no asumimos el coste de la ruptura.

Hay un síndrome que nos impide romper con lo que somos

Pero siempre nos quedarán nuestros antecos, personas que viven en nuestro mismo meridiano, a igual distancia del Ecuador, pero en hemisferio opuesto. A ellos les deseamos la mujer y el hombre que no hemos podido tener, la profesión que no hemos sabido ejercer y hasta el cuerpo que un día abandonamos, nuestro propio cuerpo, que ya no reconocemos cuando proyectamos posturas en el espejo. Nací un año después de que Robert/Clint fotografiase los puentes del condado de Madison, rozase la pierna de Meryl cuando sumergió la mano en la gatera, o amasase entre cuchillos en la cocina los brazos y la espalda del amor sincero. Y siempre acabo llorando, acaso porque es inevitable que el cine replique nuestras cobardías.

Recientemente me invitó a su boda mi buen amigo, el director y actor de cine, Antonio del Real. En el banquete, divisé al fondo a Manuel de Blas, que interpretó de la mano del director Miguel Narros, una adaptación al teatro de ‘Los puentes de Madison’ junto a Charo López, allá por los inicios de este siglo. No pude menos que acercarme y agradecerle aquella interpretación, todo en la voz de una boca profunda como la de él, y de unos ojos insondables y telúricos como los de ella.

Charo López fue Francesca en ‘Los puentes de Madison’

También he tenido tiempo de cruzarme alguna vez con Charo López y perderme por un momento en sus cuencas, y volver a ‘Los pazos de Ulloa’ o a ‘Los gozos y las sombras’. Ni siquiera Anna Magnani. Quisiera volver alguna vez a ese territorio de la adolescencia, de la carta de ajuste y del ajuste de cartas, para volver a encontrarme con la voz entre los dientes de Charo López, y pedir al guionista de todo esto, ya sea Dios o quien Dios quiera, que me de una oportunidad. Quizá con ella, con ella quizá.


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