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Mi vida con Alexa

Interactúamos la inteligencia natural menguante con la inteligencia artificial creciente.

Mario Garcés. 16/01/2019

«Vendrán tiempos en que todos lo retretes estarán llenos de anacoretas». Era 1976, Franco yacía en el Valle en su sarcófago a la espera de su exhumación, y se estrenaba la película «El anacoreta» con guion de Rafael Azcona. La frase ponía punto y final a la obra, antes de dar paso a los títulos de crédito con música de Bach. Ingenio a espuertas, humanismo en libertad y humor, siempre humor de un guionista único, quien se burló reiteradamente del Código de Censura Cinematográfica, un sarcoma que fue vencido por el sarcasmo de los textos de un intelectual que supo zaherir conciencias en una etapa extremadamente compleja.

«El anacoreta», una peculiar forma de entender la vida

El protagonista, Fernando Tobajas (Fernando Fernán Gómez), un ejemplo de la mesocracia tardofranquista, hombre con recursos, toma la decisión un buen día de vivir en el cuarto de baño, que ha reformado a su antojo, con la firme decisión de no abandonar nunca más ese espacio. Tobajas elige, en consonancia con su carácter vanidoso, la privacidad pero no la soledad, y en eso es crucial la elección del retrete, puesto que es el lugar más recogido de la casa y porque permite utilizar las tuberías para enviar mensajes encerrados en tubos de aspirinas.

A pesar de la apariencia contradictoria de la soledad formal, Tobajas es todo menos un hombre solitario porque deja las puertas abiertas de su casa a sus familiares, amigos y hasta al amor de Arabel Lee. A su manera, el protagonista se enfrenta con dignidad a una sociedad caníbal y aspira a comprenderla desde la antisoledad de su encierro. En 2019, en ciernes de la «extremaexhumación» del dictador, que extremaunción ya tuvo, España y el mundo es un cementerio de anacoretas encerrados en las redes. Así, hasta que llegó Alexa.

Alexa ha venido para quedarse en nuestras vidas

No necesitamos retretes rehabilitados con ayudas del Plan de Vivienda, a salvo de los que se necesitan para los urinarios portátiles de los vigilantes de algunos políticos en sus lujosas moradas. Los retretes los llevamos incorporados en nuestras huellas dactilares mientras sobamos los móviles y demás artefactos del nuevo milenio. Ahora Alexa ha llegado y se ha incorporado a nuestras vidas. Interactúamos la inteligencia natural menguante con la inteligencia artificial creciente. Liberamos las manos y sentimos la voz afrutada del dispositivo recitando nuestra agenda, seleccionando las noticias con albedrío de maniquí, repasando el tráfico o recomendando la ropa que tenemos que llevar.

Nuestros hijos esperan que nos vayamos para activar el ensalmo y rogar respuesta a los deberes de la escuela. Alexa es nuestra salvación, hasta nuestra aspiración domótica, en un mundo de anacoretas funcionales. Ni el Golem ni Frankenstein. Ni siquiera el «Blade Runner» que, evolucionado por los procesos de humanización del robot, ya no aprecia diferencia cualitativa con el ser humano. Por todos, ahora y para siempre, Alexa.

Dada mi inclinación atávica por lo sentimental, por lo aborreciblemente humano, yo me quedé fascinado por el personaje de Theodore y su fantasía del yo, en otra película estrenada hace cinco años por Spike Jonze, «Her». Theodore (Joachim Phoenix) es un hombre insustancial, simple hasta la insipidez, que comienza una relación compleja de pareja con la voz de su sistema operativo, Samantha, (Scarlett Johansson), en la que surgen inevitablemente, desde la consciencia del yo afectivo humano, los sentimientos de duda, distanciamiento, demanda, pasión y dolor.

Samantha, tiene aspiraciones de ser humano, se convierte en un nuevo Pigmalion, apurando sus opciones mediante la clonación del otro. En cambio, Theodore va cediendo y se convierte en un esclavo moderno, de modo que Samantha va alcanzando la posición de verdadera señora de la relación, por dependencia y por la dialéctica invertida que se suele producir en ocasiones entre siervo y señor. Y, como suele ocurrir, Samantha derrota por la empalizada del poliamor, pues disfruta de centenares de relaciones simultáneas más propias de su identidad tecnológica y acrítica.

La máquina perfecta desprovista de los sentimientos de culpa y de responsabilidad

Ahora Samantha se llama Alexa y nos comunicamos con ella desde nuestro refugio de eremita y ermita en el retrete de nuestras vidas. El sueño de la razón de ese Goya de sexo líquido ha dado paso al sueño del programador fabricando la máquina perfecta, ya sea Alexa o como diablos se llame. La máquina perfecta desprovista de los sentimientos de culpa y de responsabilidad. La emoción-máquina traslada a un ángulo a la emoción-física, y jugamos en un universo imaginario de sensaciones con una compañera, que se seudohumaniza gracias a los recuerdos de nuestra voz, que es la conciencia de nuestro yo.

Pronto Alexa sentirá el calor íntimo de muchos Theodores que jugarán a la fantasía de la percepción física de los cuerpos, allí donde solo existe voz. Seguiremos convirtiendo en verdad, o en postverdad, la realidad virtual cuando no deja de ser una fantasía fabricada para nuestro completo disfrute. Esta es la postverdad, toda la postverdad y nada más que la postverdad. Lo juro.

En estas condiciones, hay que buscar nuevas confianzas y nuevas realidades

El siglo XXI será el siglo de la diversidad y de la privacidad. Y en ese siglo, que es el nuestro, las grandes corporaciones contribuyen y seguirán contribuyendo a la desmaterialización del hombre. Nos hiperfragmentamos, perdemos peso y conciencia y hemos llegado ya a los albores de esa sociedad distópica de la que nos reíamos en los cines.

Somos «homo digitalis», una combinación de algoritmos y datos, maridados por la era de la cibermutación. En estas condiciones, hay que buscar nuevas confianzas y nuevas realidades, más allá de la propia máquina. Mientras tanto, estoy pensando en pedir una ayuda a la Comunidad Autónoma para rehabilitar mi cuarto de baño. Por algo se empieza y por algo se acaba.

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