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España, entre Tentetiesos y Dontancredos

A escasos días de ir a las urnas, en la política española no hay barreras para tantos miedosos.

Mario Garcés. 24/04/2019

«La cuestión es quien manda, nada más». Así de contundente se pronuncia Humpty Dumpty, que al corriente castellano viene a traducirse como Tentetieso, cuando habla con Alicia en «Al otro lado del espejo» de Lewis Carroll. Y así de tozuda se presenta la realidad de estos días de voto civil y sagrado, de papeletas y de papelones, de peceras y de urnas. Porque, al fin y al cabo, aunque no sea el de la legión, de lo que aquí se trata es exclusivamente de mandar. Pues no hay otro objetivo que mandar, a los precios y a las preces que sean, en mantilla o en mantillas, en procesión o procesado. Y no es sencillo subsistir entre calima de silencios cuaresmales y vocerío de mítines australes y boreales.

Humpty Dumpty domina el arte de la sinfonía de palabras y del sopicaldo de voces, y lo hace a sabiendas de que nada es lo que parece porque todo es como él quiere: «Cuando yo uso una palabra, ella significa lo que yo elegí que significara… ni más ni menos». Que ya lo dice Tentetieso que las palabras tienen su genio, particularmente los verbos que son los más creídos. Los adjetivos son más maleables pero es cierto que los verbos son impenetrables e implacables. Por eso, es fácil comprobar que hay políticos de adjetivos y políticos de verbos, y que el resultado, en esta España, país de las maravillas y de las emociones, no es el mismo.

Hay juguetes, igual que algunos políticos, que son resistentes e inasequibles al aliento y al desaliento

España, al menos en política, se clasifica en Tentetiesos y Dontancredos. Los Tentetiesos, también llamados monos porfiados, muñecos porfiados, tentempiés o siempretiesos son muñecos con base semiesférica que actúan de contrapeso, de tal guisa que cuando se les golpea, siempre vuelven a su su posición inicial no sin antes abatirse de un lado a otro en inestable balanceo. Los Tentetiesos son, de natural, resistentes, inasequibles al aliento y al desaliento, inalterables aún cuando reciben toda suerte de morrones, topetazos y mamporros. Aguantan sobre su eje de gravedad permanente, que no varía, más si cabe si ese eje está regado de una prodiga remuneración pública, que es lo que los hace tenaces e invencibles. Encajan los golpes con la naturalidad con la que sale el sol por las mañanas y viven para sobrevivir.

No en balde son muñecos apropiados para los juegos furtivos y salvajes de los bebés, porque nunca se rompen, por muchos estacazos y cantazos que reciban. Antes se rompe España que ellos, aunque tiendo a pensar que nuestro país, en ocasiones, también es un gran Tententieso, al que nos afanamos en rendirle puntapiés, punzadas y golpazos, quizá porque pensamos que es inquebrantable. He visto romperse Tententiesos de bebés, de estructura débil, y cuando los padres han ido a comprar otro a la tienda, no había otro igual. Y es entonces cuando los niños lloran porque son conscientes de lo que han hecho y de que no tiene solución. Es irreversible.

Hay políticos de adjetivos y políticos de verbos

Traducido al román paladino, los padres de la patria que fabricaron este artefacto hace cuarenta años no podrán replicar un juguete similar, y cuando vuelvan a casa y nos digan que es irreparable, romperemos nuevamente a llorar. Y será el fin de la inocencia y el inicio de nuestra penitencia. Pero, eso sí, seguirá habiendo Tentetiesos individuales que les dará igual, pues no estaba en juego su país sino su propia subsistencia.

Por otro lado, España es país de Dontancredos, y, al punto he de decir que nuestro país nunca ha sido agradecido con ellos. Probablemente porque se ha envilecido su figura y, por consiguiente, su suerte. Frente a los adelantados que han identificado a Dontancredo con el inmovilismo y hasta con el pasotismo, nada más lejos de la realidad. Dontancredo es un héroe nacional, ajeno al mundanal ruido. Como decía la copla, Dontancredo es un barbián que en su vida tuvo miedo. Y como escribía Octavio Paz: «Dontancredo se yergue en el centro, relámpago de yeso».

Tancredo López en plena acción

Para los menos iniciados en el arte de la paciencia y del toreo, Tancredo López nació en el barrio valenciano del Grao hace más de siglo y medio, y después de trabajar como albañil, inició fortuna en los toriles adaptado la «suerte del pedestal» que, con algunas variantes, había visto a algún mexicano en Cuba: esperaba al toro a pie firme, encima de una pequeña plataforma, pintado de blanco. El toro se acercaba, lo olía y hasta le rozaba, pero, en absoluta inmovilidad, creyendo que era estatura de mármol, acababa yéndose. Después, descendía del pedestal y toreaba a la res brava, para que todo el público contemplase la fiereza del animal.

Tancredo clausuró el siglo XIX con su primera representación en el coso de la calle Alcalá de Madrid con un toro de la ganadería Trespalacios de nombre «Espantavivos». Y levantó el telón y el velo de un nuevo siglo que dormitaba en la angustia de la depresión colonial en el mismo arenal un 1 de enero de 1901 con un toro de Miura. Pionero de la igualdad, o simplemente explotador comanditario de éxito, su mujer María Alcaraz decidió darle la réplica bajo el nombre de «Doña Tancreda». Por mucho que los corifeos de la modernidad pensante hayan demonizado la figura de este artista y lo hayan equiparado a los políticos faltos de compromiso y coraje, lo cierto es que, en realidad, fue todo lo contrario ya que, en la época, era considerado como una de las personas con más valor y audacia, incluso temeridad. No en vano el ministro La Cierva llegó a prohibir su representación.

Picasso inmortalizó la «Suerte llamada de don Tancredo» en este cuadro de 1957

Fuente de inspiración de Picasso, de Pío Baroja y hasta de Fernando Fernán Gómez, lo único que es cierto es que ha sido el único albañil que ha ganado dinero estando parado. Y no precisamente por economía sumergida sino por valentía, que es calma y oficio de templanza en la mayor parte de situaciones. Aunque para inmersión, la de otro artista de la época, «el Tío Carrasquilla», que aguardaba el toro, tumbado, cubierto por completo de follaje.

Cuando el animal lo husmeaba y se disponía a embestir, el cornúpeta veía sorprendido como ese montón de hojas echaba a correr hasta la barrera. Y allí reside la diferencia. Mientras Don Tancredo resistía con coraje, jugándose la vida, la embestida del toro, el Tío Carrasquilla a pierna suelta y riñón flojo buscaba refugio en la plaza. Hay más Tíocarrasquillas que Dontancredos en la política española. El problema es que no hay barreras para tantos miedosos.


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