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#CloseTo Ramón Campos: «El Orfebre es un homenaje al legado de mi padre»

Ramón Campos se adentra en el mundo de la literatura después de triunfar al frente de Bambú, una de las productoras punteras España como autor de los guiones de las series más mediáticas y populares.

Amalia Enríquez. 30/04/2019

No le conocía personalmente hasta el día de esta conversación. Eso sí, me sabía “al dedillo” su trayectoria porque, gallego como yo, Ramón Campos es el creador de Bambú, una de las productoras punteras de nuestro país y autor de los guiones de las series más mediáticas y populares. En la distancia corta he comprobado que su background vital se redime en sus historias y, como ocurre en su primera novela, “El orfebre”, homenajea los valores de sus raíces paternas. Es hombre agradecido con sus orígenes y eso suele definir mucho a quien verbaliza esas emociones…

The Luxonomist: ¿No tenías suficiente con los guiones y te lanzas a la aventura de escribir una novela?
Ramón Campos: Pues sí (risas). En los guiones no puedes escribir lo que quieres, solo lo que puedes producir.

TL: Ese es un buen matiz diferenciador…
RC: No puedes viajar, subirte en un barco de época, irte a Sudáfrica. Es decir, puedes hacerlo pero nadie te lo va a producir (risas). Es complicado. Las series de televisión para mí son realismo y hago las cosas que sí puedo producir. Tengo muchos equipos detrás, unas quinientas personas trabajando para nosotros.

TL: ¡Quién te lo iba a decir hace unos pocos años! ¿Cómo nace tu locura por este mundo?
RC: Yo creo que desde niño, cuando veía las series con la señora que me cuidaba. Veía “Los ricos también lloran” y todos los culebrones que te puedes imaginar. Gran parte de la tendencia que tengo hacia el melodrama viene de ahí. Entre eso y que soy de familia de marino mercante ¡qué te voy a contar a ti como gallega! Ya sabes que el mundo del mar tiene mucho drama.

TL: Mucho y desconocido para quienes no lo viven de cerca…
RC: Yo recuerdo de niño a Mari Cruz, la señora que me cuidaba de pequeño, que se quedaba en casa cuando mi madre se iba a navegar con mi padre y nos cuidaba a todos los hermanos. Ella era viuda del mar y solo le quedaba un recuerdo de su marido, que era una cinta de cassette, que él le había grabado cantando. Por las noches, en su habitación, la ponía y yo escuchaba al marido cantar. Esas cosas del drama te van quedando ¿sabes?, como hablar con tu padre por teléfono, estando embarcado, y saber que cualquier cosa en el mar puede ir mal. De ahí viene mi tendencia al melodrama. Y, en Bambú, hemos conseguido dignificar el melodrama.

TL: ¿Nunca has querido seguir los pasos paternos?
RC: No me dejó. Nos lo prohibió a todos los hermanos. Mi padre enfermó en el mar, se puso mal de los nervios, y dijo que nunca dejaría a un hijo suyo irse al mar. Él estaba seis meses navegando y uno en casa. Es decir, en todo el año, solo le veíamos dos meses. El primer recuerdo que tengo con mi padre es: “hola papá, cambio” porque, de aquella, no teníamos ni teléfonos. Le decía eso, esperaba el delay (el retardo) y le oía: “hola hijo, cambio”. Él nos mandaba cosas desde el extranjero y mi madre siempre nos decía: “dile que te ha gustado mucho esto”, porque esas pequeñas cosas a él le hacían ilusión. Imagínate ¡cada seis meses le veía!

“El orfebre” de Ramón Campos

Un libro que homenajea a su padre

TL: Intuyo, en cierta medida, que “El orfebre” es un homenaje a él…
RC: Así es. He volcado en este libro muchos sentimientos. La paternidad y el legado que me ha dejado mi padre. Para mí es muy importante eso y ahora lo estoy viviendo con mis dos hijas. Soy muy consciente de cuánto imprimimos en nuestros hijos el carácter, la forma de ser, la valentía o la cobardía. Todo eso, mi padre me lo inculcó mucho. Había una frase en mi casa, que yo le repito a mis hijas machaconamente: “las personas son ancianas, los trapos son viejos”. Eso es algo que nos decían en mi casa y que se me ha quedado grabado en la cabeza.

TL: ¿Ha podido él leer todo esto?
RC: No. Él falleció hace cinco años, unos meses antes de empezar la novela. Hablaba el otro día con mi hermano sobre lo mucho que nos parecemos a él, cosas que criticábamos en mi padre, las tenemos ahora nosotros ¡Cómo te acabas pareciendo a ellos!

TL: Los genes no fallan…
RC: Cuando escribía el libro e iba relatando los interludios del protagonista con su padre, pensaba “esto él lo acabará haciendo con sus hijos y, parte del carácter silencioso de su padre, acabará también en él”. Por eso este libro es un homenaje a mi padre. En él hay dos cosas muy importantes para mí, como son el legado que me ha dejado y el amor verdadero, que es el que te acompaña durante toda la vida aunque, a veces, nos dejamos obnubilar por amores utópicos.

TL: Eso suele ocurrir…
RC: Nos pasa a todos. Hay momentos en los que pensamos que igual nos estamos perdiendo algo ¿Debemos estar en pareja toda nuestra vida o solo hay una vida y hay que disfrutarla? Yo creo que, si encuentras a una persona que te acompañe en la vida, el amor utópico es el que pasa y desaparece.

TL: ¿Ha sido terapéutico haber escrito esta novela?
RC: Al principio sí y luego no. Sufro mucho escribiendo, cada vez más. Cuanto mayor me hago, más siento ese dolor. Cada vez soy más consciente de que ya pasé por esa etapa de querer comerme el mundo, tal vez por eso al principio de escribir iba muy bien y, luego, se me hizo muy cuesta arriba. Supone un esfuerzo, también responsabilidad, porque todo cuadre, que los personajes lleguen a su lugar…

Ramón Campos es el creador de Bambú, una de las productoras punteras de España

TL: Ahí es donde entra el factor mágico…
RC: ¡Claro! Por eso, cuando lo estás haciendo, te asalta la duda “¿y si no lo consigo?”. De joven no tienes miedo al abismo. Con la edad lo tienes y mucho.

TL: ¿El miedo a la página en blanco o que la inspiración no llegue?
RC: Yo sabía adonde tenía que ir (Amsterdam y Sudáfrica), pero ni idea si los personajes iban a vivir o morir, porque una novela no tiene nada que ver con el guion de una serie. En la ficción, la producción manda tanto que tienes que tener el argumento muy cerrado cuando empiezas a escribirlo. En la novela, como me lo podía permitir, decidí dejar que los personajes vivieran y llevasen su ritmo. El personaje del marqués, por ejemplo, a mí me fue sorprendiendo a lo largo de todo su desarrollo y, en un momento determinado, le cogí cariño a ese hombre despreciable.

TL: ¿Tenías pensado el final?
RC: ¡Para nada! No quise hacer estructura. Llegó un momento en el que tenía tal caos, que imprimí lo que llevaba escrito y, en mi casa, aparté todos los muebles del salón y puse todas las hojas por el suelo, lo empapelé con la novela. Iba caminando, mirando los papeles y fui viendo cómo encajar todo, al mismo tiempo que me daba cuenta dónde faltaba más desarrollo, un interludio o una carta.

TL: ¿Eres aficionado a los diamantes? Lo digo por la importancia que tienen en la historia…
RC: Casualidad (risas). Me encontré el Manual del Diamantista, que es de 1871. Me lo compré, empecé a leerlo y me enamoré de ese trabajo. No entendía nada de diamantes hasta ese momento. Empecé a comprar libros sobre joyería del siglo XIX, me documenté todo lo que pude y decidí que tenía que viajar. Me leí de todo sobre Barcelona, Amsterdam y me faltaba Sudáfrica, de la que no sabía nada, así que le dije a mi mujer que nos íbamos diez días allí. Esa fue la manera de empaparme de aquel mundo y, especialmente, del Kimberley de los diamantes.

TL: ¿Ahora reconocerías un buen diamante?
RC: (risas) Con las pruebas del orfebre sí. Lo intentaría al menos. Vi los diamantes en Kimberley, impresionantes, los mejores del mundo… pero no dejaban ni que los tocaras. Lo que he intentado en esta novela es enseñar a conocer un buen diamante, tallarlo, trabajarlo. Me gustan los libros que, cuando acabas de leerlos, te llevas algo. Esos en los que aprendes unas cosillas que, de otra manera, nunca sabrías.

Un insatisfecho al que le gusta jugar a ganar

TL: Esta historia pide a gritos una continuación…
RC: Solo la haré en función de la acogida que tenga. Soy un hombre competitivo y entiendo este trabajo como éxito o fracaso ¿Para qué vas a hacer algo que no tiene acogida?

TL: Por satisfacción personal, por ejemplo…
RC: Sí, pero me cuesta aceptar esa opción. A mí me gusta jugar a ganar. Si publico el libro y no funciona ¡he perdido esta partida!

TL: ¿Qué sería para ti que no funcionara?
RC: (risas) Esta pregunta me la haría también Tere, mi mujer. Ella siempre me dice que nunca me voy a dar por satisfecho, siempre voy a sentir que es menos de lo que esperaba. Y es verdad que puede que sea así. Es algo que llevo de serie.

TL: ¿Cuántas frases, que has escuchado en tu infancia, has incluido?
RC: ¡Wow!, la verdad es que no lo sé ¿Has imaginado alguna?

TL: Yo he elegido dos…
RC: A ver, dímelas.

TL: “Si no sabes, calla y escucha”…
RC: Frase de mi padre.

«Velvet» supuso un éxito rotundo

TL: ¿Has aprendido mucho escuchando?
RC: Por supuesto, más que hablando. Mi padre era un hombre muy silencioso, porque la soledad del mar hizo mella. Era nacionalista gallego cuando no se podía hablar gallego y, cuando se pudo, empezó a hablar castellano porque consideró que ya estaba hecho el trabajo. Como iba al mar, traía libros prohibidos. Era un hombre que leía todo el día y escuchaba. En las comidas, se sentaba en la cabecera de la mesa, y no hablaba nunca pero, cuando lo hacía, sentenciaba.

TL: ¿Tú leías de niño?
RC: Muchísimo. En mi casa había una biblioteca enorme, porque mi padre compraba muchas colecciones de libros. Él siempre nos impuso la idea de que “gastar en libros no es gastar”. Esa era una norma en mi casa. Cuando íbamos a la calle, si le pedíamos un juguete, no nos lo compraba pero, le pedías un libro, y volvías con él para casa.

TL: ¿Te digo la otra frase?
RC: Venga, a ver…

TL: “Todos tenemos un lugar en el mundo”
RC: Esa no es de mi infancia, pero creo que lo tenemos.

TL: ¿Cuál es el tuyo?
RC: ¿El mío? Al lado de mi mujer, al lado de Tere (risas). En mi familia manda ella, es la que tiene la voz cantante en casa y es algo que asumo con una absoluta normalidad. Ella te dirá que no manda, igual que lo decía mi madre y era la que llevaba todo. Tere sabe dirigir, sabe hacia dónde quiere ir. Yo a veces dudo, ella no. Es una mujer muy decidida y muy inteligente.

TL: Entiendo que te sientes cómodo de esa manera…
RC: Por supuesto, nunca he tenido la sensación de ser menos que ella. Es más, hubo un momento en el que yo sentí que me ponían por encima de Tere e hice un esfuerzo por empujarla y que tuviera su protagonismo. Quise que fuera ella la cabeza visible, la que protagonizara las entrevistas…

Ramón Campos con Amalia Enríquez en un momento de la entrevista

La familia como referente

TL: Eso se llama seguridad…
RC: Y también amor. Yo tengo mi ego cubierto, no necesito salir en ningún lado. Es también estrategia de empresa. Hubo un primer momento en el que tuvimos que poner una cabeza visible de cara al mercado y era yo. Una vez que Bambú ya es una referencia, es cuando Tere toda las riendas de la exposición en los medios. Y ahora es el momento en el que deben empezar a salir otras personas también.

TL: ¿Por qué te irías tú al otro lado del mundo, como hace tu protagonista?
RC: Por mi familia, por Tere y las niñas. Por amor a mi familia.

TL: Sois padres de mellizas. 8 años tienen ¿Cómo llevan ellas vuestra profesión?
RC: Hay veces que pienso que van a acabar pidiendo asilo político en casa del vecino (risas). Les gusta lo que hacemos, empiezan a entender que escribimos series que salen en la tele, ven que las visionamos en casa y ya empiezan a encontrar naturalidad en todo ello. Lo que llevan peor es cuando tenemos que hacer viajes. Eso lo llevan muy mal.

TL: ¿No os turnáis en los viajes?
RC: No, viajamos siempre juntos Tere y yo. Nosotros decidimos que, si teníamos que hacer esto con lo duro que es, o íbamos juntos a todos lados o no íbamos. Nosotros no tenemos vacaciones como tal, así que nuestros momentos son encontrar una tarde libre en esos viajes. Esas ausencias son las que las niñas sufren y peor asumen.

TL: ¿Ha sido complicada la conciliación?

RC: Tere curra más que yo, mucho más que yo. Y ella es capaz de atender a las niñas, al trabajo, a los médicos si hay que llevarlas… y yo intento seguirle el ritmo. Lo que procuro es llevarlas al cole y recogerlas para tener con ellas ese momento.

TL: ¿Escribiste este libro con mente cinematográfica?
RC: Sí, absolutamente.

TL: Es decir, que lo puedes llevar al cine…
RC: Sí.. pero no hay dinero (risas). Esta película sería una locura: la travesía en barco, el desierto, reproducir el Kimberley de aquella época… Imposible.

«Las chicas del cable» es otra de las series de éxito creadas Ramón Campos y Bambú

Una productora de éxito que nació de un fracaso

TL: ¿Te asusta pensar que la vida asentada que tienes se pone en juego en cada producción? Os jugáis todo en cada aventura…
RC: Lo que me preocupa, más que asustar, es que hoy estás arriba y mañana no sabes. Mi fracaso implica que caigan conmigo quinientas personas y sus respectivas familias. Eso sí me asusta. Yo no arriesgo solo por mí, sino por todas las personas que están detrás de cada proyecto. Si lo hago bien y tiene éxito, esas familias viven durante unos cuantos años. Yo escribo una serie con la responsabilidad de muchas familias detrás. Cuando tenemos un buen colchón, como “Velvet” o “La chicas del cable”, colocamos un “Fariña” y arriesgamos. Si no hay colchón, no arriesgamos. Somos muy conscientes de que hoy existes y mañana ya no estás, puedes desaparecer en nada. Ahora eres la niña bonita y mañana nadie te quiere. Y estoy más pendiente del fracaso que del éxito. Bambú nació de un fracaso, nos daban por muertos y supimos reponernos.

TL: Volvamos la vista un poco atrás ¿Te recuerdas niño feliz?
RC: Muy feliz.

TL: ¿Cuántos hermanos sois?
RC: Cuatro. Mi historia es muy curiosa. Mi padre era padre viudo y mi madre, madre soltera. La primera mujer de mi padre se muere al dar a luz a mi hermano mayor. Mi madre es funcionaria, profesora. En aquella época, una funcionaria no podía ser madre soltera y tuvo que dejarle el bebé (una niña) a su hermana. Mi madre era la profesora de mi hermano mayor, conoce a mi padre en una tutoría, se casan, recupera a su hija y nacemos mi hermano pequeño y yo. Todas esas referencias las hago presenciales en mis series. Esta, en concreto, en “Gran reserva”. Yo reproduzco muchos esquemas de mi vida, no descaradamente pero sí que los reflejo.

«Fariña» supuso un riesgo para la productora, pero salió muy bien

TL: ¿Cómo terapia?
RC: Como sensación de que eso lo conozco, de que sé contar esas emociones. Escribo sobre cosas que sé que voy a saber llevar a una conclusión. “Desaparecida”, la primera serie que hicimos en Madrid, nace de un drama que yo viví de la muerte de uno de mis mejores amigos. Él fallece en Azerbaiján, en una plataforma petrolífera. Tardan 10 días en traer el cuerpo (ya cenizas) y, en ese tiempo, yo comparto con su familia la espera y la angustia. Eso me quedó grabado y esos momentos están en “Desaparecida”. Yo vi a su madre oler la almohada de su hijo a la espera de las cenizas, por ejemplo. Y eso es algo que solo puedes contar si lo has vivido. La vida va entrando ahí.

TL: ¿Trabajar con la pareja es complicado?
RC: Mucho pero, si Tere y yo no trabajáramos juntos, seguramente no estaríamos juntos. Pasamos tantas horas trabajando que la única manera de compartir la vida es compartir el trabajo. Intentamos separar el trabajo del ámbito privado, pero siempre acaba entrado en casa. Siempre decimos que el consejo de administración de Bambú es a la hora de la cena en nuestra casa (risas). Ahí decidimos muchas cosas. Tere y yo nos conocemos como trabajadores, antes que como pareja.

TL: ¿Ah sí?
RC: Nos conocemos en Coruña, trabajando juntos. Yo era su profesor, la fiché como becaria. Se fue a otra empresa y, pasado un tiempo, vuelve a la que estaba yo, que era La Voz de Galicia y, en ese regreso, es cuando empezamos a tener una relación, pero ya nos conocíamos de discutir trabajando. Nosotros somos muy enérgicos discutiendo además, porque en la creatividad nadie tiene razón. Las discusiones terminan cuando uno cede. Y ahora, para evitar discusiones, cada uno tiene la última palabra en un proyecto.

TL: ¿El niño feliz, que leía y veía culebrones, se reconocería en quien te has convertido?
RC: ¡La leche! (risas) Yo creo que no. Ni en mis mejores sueños imaginé donde hoy estoy. Yo hice cuatro años de Psicología en Santiago y, como no me gustaba, me fui a Pamplona a estudiar Audiovisual. Y mi vida cambió a partir de ese momento. Trabajé duro, pero también tuve mucha suerte con la gente que me encontré en el camino. Me siento muy afortunado.

*Localización: Bambú Producciones *Próxima semana: Carlos Herrera

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