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#CloseTo Aitana Sánchez-Gijón: «Hay parte del sexo masculino que sigue pensando que puede poseernos»

Aitana Sánchez-Gijón conserva esa belleza serena a lo Grace Kelly que, con la madurez, no ha perdido la dulzura que le hace distinta.

Amalia Enríquez. 02/07/2019

Siempre ha sido una mujer que me ha invitado a la calma. Y lo sigue haciendo, porque Aitana Sánchez-Gijón conserva esa belleza serena a lo Grace Kelly que, con la madurez, no ha perdido la dulzura que le hace distinta. Una larga carrera, en la que ha tocado todas las artes, la ha posicionado en el reconocimiento de crítica, público y profesión, pero ha tenido que llegar esa “Doña Blanca” de “Velvet” para que otros sectores de la audiencia le abriesen sus puertas. Acaba de terminar “La vuelta de Nora”, motivo por el que nos encontramos. Prepara un precioso proyecto en el que va a bailar y está ya metida en el capítulo de despedida de la galerías más conocidas de nuestra pantalla…

The Luxonomist: Me encanta que nos encontremos en el escenario del Teatro Bellas Artes, donde das vida a Nora. La pena es que ya toca a su fin…
Aitana Sánchez-Gijón: Es lo que ocurre siempre, pero la experiencia ha sido maravillosa. Y con eso me quedo.

TL: ¿Cuándo te empezabas a sentir ella?
AS-G: La verdad es que fui ella desde el primer momento en el que empezamos el proceso. Vivo como un desdoble, que es lo que nos pasa a los actores cuando estás haciendo un personaje, porque lo tienes integrado. Y no es que, a partir de tal hora lo aparcas y luego lo tienes que recuperar de cero. El personaje vive en ti y luego aflora cuando tiene que aflorar.

TL: Y eso que no eres de las que te llevas los personajes a casa…
AS-G: Eso es distinto. No me voy con ellos a casa a hacer la cena o al cine con mis amigas, pero otra cosa es que están dentro esperando a salir para cuando les toque.

TL: La vuelta de “Nora” es la secuela de “La casa de muñecas” ¿Segundas partes, en este caso, sí fueron buenas?
AS-G: ¡Claro que sí! Sino no me hubiera metido en este proyecto. Tiene el precedente del éxito impresionante en Broadway, donde se llevó todas las nominaciones a los Tony posibles. Se está representando ahora en Argentina, la han hecho en Méjico también y me consta que han comprado los derechos en muchos otros países. Realmente es un texto que está teniendo mucho éxito, que está funcionando y que tiene cosas muy importantes que decir para el momento que estamos viviendo.

 

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TL: ¿Cómo fue el regreso a esa casa que dejó quince años atrás?
AS-G: Ella no vuelve para quedarse, tiene un motivo y no es otro que pedir el divorcio. Durante esos quince años, ella ha vivido creyendo que era una mujer libre, que estaba divorciada porque era lo que había pactado con su ex marido. Por un chantaje que recibe, se da cuenta que no es así, que ese divorcio nunca se formalizó y el único que podía hacerlo era su marido, porque a las mujeres –en ese momento- solo se les permitía divorciarse demostrando que lo merecían. Y lo merecían acusando a sus maridos de cosas tremendas. Ella no quiso hacer eso, hundirle la vida a su marido más de lo que lo hacía con esa marcha. Vuelve porque necesita normalizar ese divorcio porque la pueden llevar a la cárcel, ya que ha hecho cosas que las mujeres casadas no podían hacer de ninguna manera.

TL: ¿Puedes llegar a entender que una mujer coja la puerta y deje atrás marido e hijos?
AS-G: Es difícil de comprender. Históricamente, los hombres lo han hecho sin ningún problema –y lo siguen haciendo-  desde la noche de los tiempos. Muchas veces se les ha justificado o se les ha comprendido porque, supuestamente, tenían que hacer grandes cosas por la humanidad, grandes guerras que librar, descubrimientos para la ciencia o batallas artísticas, deportivas o de lo que fueran. Siempre se suponía que tenían cosas más importantes hacer. Es una atrocidad abandonar a unos hijos, de eso no hay duda. Tanto por parte de un hombre o de una mujer. Si nos ponemos en el contexto de Nora, finales del siglo XIX, una mujer a la que se le case la venda de los ojos y se da cuenta de que está absolutamente alienada, que no existe por sí misma, que ha heredado un modelo de vida, de familia y de propósito en la vida que no ha elegido. Y se da cuenta que necesita encontrarse, tener su propia voz, buscar su camino, su lugar en el mundo. En ese momento, para una mujer era imposible hacerlo llevándose a sus hijos con ella, por eso se va con una mano y otra detrás  y aprende a sobrevivir como puede. En el camino renuncia a sus hijos, pero Nora sabe que tiene un cometido importante que hacer. Lo personal lo convierte en algo político, esa lucha por liberar a todas las mujeres de esos yugos y entiende que ese es el legado que le va a dejar a sus hijos. No los ha criado, es cierto, les ha creado un dolor enorme, pero piensa que ha sido por algo y dejarles un mundo mejor.

TL: Con la perspectiva que da el tiempo ¿Tienes la sensación de que hemos mejorado en esa lucha?
AS-G: Ahí está la importancia de este texto porque, esos 150 años que han pasado desde que Ibsen escribió “Casa de muñecas”, se pueden comparar a esos 15 entre la marcha y la vuelta de Nora. En ese tiempo, ella ha conseguido grandísimas e inimaginables cosas para una mujer de esa época, cotas de libertad muy altas y de independencia. Es lo que nos ha pasado a nosotras desde que empezó la revolución feminista. En teoría, sobre el papel, somos iguales a los hombres, pero la igualdad real no es cierta en algunos campos. Por supuesto que hemos avanzado en muchísimas cosas, pero no en las suficientes.

TL: ¿Qué echas en falta para que no estemos aun equiparados?
AS-G: Es muy obvio. No hay igualdad en puestos de responsabilidad, de poder, tampoco en salarios, en igualdad de oportunidades tampoco, no estamos representadas en muchos oficios, seguimos siendo víctimas de violencia machista gravísima, somos agredidas por ser mujeres simplemente. Hay parte del sexo masculino que sigue pensando que puede poseernos y hacer con nosotras lo que quiere. Hay una frase tremenda en la serie Fariña que dice “el mundo es de los hombres y nosotras estamos aquí para acompañarlos”. Esa idea está metida en el cerebelo desde hace tantos siglos y es muy difícil de erradicar.

 

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TL: Lamentablemente sigue existiendo…
AS-G: Las mujeres que hemos tenido una educación distinta y que tenemos el feminismo como una lucha muy integrada, cometemos a veces el error de, por ejemplo, estar en una cena de amigos, y ser la primeras que nos levantamos para recoger la mesa. Tenemos como un resorte que nos lleva a eso. Algunos hombres lo hacen, pero es algo que tenemos auténticamente interiorizado, al igual que otras tantas cosas con los hijos, parejas o padres, que tenemos tan instaladas que parece como que nos correspondiera hacerlo a nosotras.

TL: Seguro que tu hija está a años luz de comportamientos así…
AS-G: Mi hija, afortunadamente, me da mil vueltas en esto.

TL: ¿Tienes la sensación de que miran con lupa cada cosa que haces?
AS-G: Sin duda, al margen de que me dedico a un oficio que está muy de cara al público y que dependo de su beneplácito. Lo que siento también es esa sensación de tener que estar demostrando todo el tiempo como un poco más. También me he sentido en falta, si no he estado lo suficiente con mis hijos. Esa sensación de tener siempre que justificar, un poco el sentido de culpa.

TL: Eso es injusto porque nos hace sufrir mucho…
AS-G: Sí, es cierto. Busco que los momentos sean de calidad, pero es verdad que sufrimos porque lo tenemos muy instalado y van a hacer falta unas cuantas generaciones más para subsanar esto (risas). Como dice Nora “espero poder vivir para verlo”. Si no es así, por lo menos la semilla está plantada para las generaciones futuras.

 

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TL: Tú has sido un poco precursora, no en vano fuiste la primera mujer Presidenta de la Academia de Cine…
AS-G: Sí, tenía treinta años y me pareció importante que sucediera porque, hasta ese momento, la Academia había tenido tres o cuatro presidentes, valiosísimos y maravillosos por supuesto, y me lo plantearon como una necesidad de cambiar un poco las tornas. Les dije que, si yo era las que consideraban adecuada y que reunía las condiciones para serlo, no solo por ser mujer, pues que aceptaba encantada. Estuve dos años.

TL: ¿Cómo recuerdas aquella aventura?
AS-G: Muy turbulenta. Fueron años muy intensos en los que aprendí mucho. Luego, hace un par de años, me dieron la medalla de Oro de la Academia. No me esperaba una distinción de ese tipo y me dejé querer (risas). A veces me cuesta eso.

TL: ¿Te quieres poco?
AS-G: Me quiero bastante, pero soy muy autoexigente y nunca estoy satisfecha del todo porque soy muy perfeccionista. Me cuido, pero no soy autodestructiva, ni pesimista, ni depresiva, pero digamos que siempre me pongo el listón delante para poder seguir avanzando.

TL: ¿De dónde te viene la pasión por la interpretación?
AS-G: Yo creo que por haber tenido una madre con espíritu de artista. Ella era profesora de Matemáticas y de Ciencias, pero tenía esa inquietud y me apuntó a clases de teatro de pequeña, fuimos juntas a un centro cultural con la actriz Alicia Hermida, que era nuestra profesora. Mi madre fue la que me encaminó a esto como hobby, como actividad extraescolar y, a partir de ahí, me entró el gusanillo.

TL: ¿Nunca te has arrepentido?
AS-G: No, nunca… Bueno, salvo en esos momentos previos a salir a escena, en los que me digo ¡Quién me habrá mandado a mí! Por qué, por qué ¡Me quiero ir a mi casa!

TL: ¿Todavía te sigue pasando?
AS-G: Algunas veces sí. Es algo a lo que no te acostumbras. Ese momento previo a salir a escena es de una zozobra que no te puedes imaginar.

 

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TL: ¿Tienes alguna manía, ritual…?
AS-G: No tengo tics, pero sí rituales de disciplina y concentración. Vengo al teatro caminado desde casa, una buena caminata de tres cuartos de hora, en la que voy visualizando el momento de salir a escena. Luego, ya en el teatro, pongo mi esterilla en el escenario para hacer ejercicios de estiramiento y calentamiento, pruebo cómo tengo la voz y luego me hago una infusión. Luego ya me maquillo, me visto… y me lanzo a la aventura.

TL: Si miramos tu CV, es fácil que nos asombremos porque has hecho de todo ¡hasta trabajado con Vargas Llosa! Lo que no deja de ser un plus de máster ¿Crees que ocupas el lugar que mereces?
AS-G: Yo me siento reconocida. Tengo una trayectoria ya muy larga, porque empecé muy jovencita. Me siento muy afortunada, muy valorada, muy querida y, realmente, no le puedo pedir más a esta profesión porque me regala personajes impresionantes, sobre todo en teatro. Esta es una carrera de fondo y el hecho de permanecer y aceptar nuevos retos ya es un regalo.

TL: El tuyo es un trabajo a fuego lento…
AS-G: (risas) Es esa carrera de fondo que te comentaba. De repente, hay fogonazos, momentos de muchísimo éxito y de gran presencia pero, en contraposición a eso, hay etapas en las que no ocurren cosas tan espectaculares, pero el hecho de haber podido vivir siempre de esto es maravilloso. Yo siempre he vivido de esto, no he tenido que hacer otra cosa distinta. Y eso ya es un éxito.

TL: ¿Ha tenido que llegar la Doña Blanca de “Velvet” para darte a conocer a otro público?
AS-G: Hay relevo de espectadores, relevo generacional, y Doña Blanca me ha dado la oportunidad de que mucha gente joven me conozca. Y no solo aquí, sino en otras partes del mundo gracias a las plataformas, que lo han globalizado todo. Lo mejor de todo es cómo evolucionó el personaje. Al principio era una mala malísima…

TL: Yo la veía más como una rancia algo amargada…
AS-G: Era una raspa, con un poco de amargura y muy dura. Yo les decía a los guionistas que no quería ser así, de una pieza, que quería que se me viera un poco de humanidad y, al final, ya lo creo que se la vimos.

Aitana Sánchez-Gijón junto a Amalia Enríquez en un momento de la entrevista

TL: ¿Cómo gestionas la vanidad?
AS-G: Esto del ego de los artistas es algo que uno tiene que tener muy vigilado. Por un lado, el ego impositivo es lo que te permite darte la confianza y creerte que merece la pena que te subas al escenario y que la gente te vea porque tienes algo que ofrecer. Si no te lo crees tú, no lo va a creer el público. Tienes que tener la autoestima bien colocada para creer que puedes hacerlo, para sentirte capaz. A partir de ahí, ya lo demás puede desvariar en la tontería y en perder un poco el norte.

TL: ¿Tú estás cómoda con la fama?
AS-G: Me he tenido que acostumbrar. Llevo desde muy jovencita lidiando con eso. En líneas generales, la llevo bastante bien. Hay momentos incómodos, en los que interrumpen un momento de intimidad cuando estás cenando, en los que preferirías pasar más desapercibido y ser más anónimo, pero forma parte de esto.

TL: ¿Tus hijos apuntan maneras de artistas?
AS-G: Eso parece. Los dos van a clases de teatro y ahí andan.

TL: ¿Cuál es ahora tu momento?
AS-G: El momento es siempre ahora (risas). Siempre el presente. Mi momento es este, el de hoy. Y soy feliz y me siento muy llena.

TL: ¿Hay una delgada o gruesa línea entre la mujer y la actriz?
AS-G: Soy la misma persona. La actriz se alimenta de mí, de mis vivencias, mi experiencia, mis emociones, de mi cuerpo. Y la persona se enriquece también con la actriz. Somos lo mismo.

TL: ¿Nos vemos en el próximo proyecto?
AS-G: Me encantará y te va a gustar. Es apasionante y llevo trabajando en él casi un año. Voy a participar en un espectáculo que se va a llamar “Juana”. A través de las voces de las distintas Juanas de la historia (Juana de Arco, La Loca, La Beltraneja, Juana Inés de la Cruz..), vamos a hacer un espectáculo de danza contemporánea. Así que, a estas alturas de mi vida, me voy a tirar al barro y voy a bailar (risas). Mis compañeros van a bailar y yo haré lo que pueda, lo que mi cuerpo me deje.

Localización: Teatro Bellas Artes
Próxima semana: David Bustamante

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