El crimen de la belleza (IV)

Desde que somos bebés, nuestro cerebro sabe distinguir objetos simétricos de los asimétricos y los acepta más fácilmente.

Doctor Iván Mañero. 01/02/2016

Después de escudriñar a los posibles culpables de por qué sentimos esa presión por ser bellos y ver que todos eran absueltos, nos seguimos preguntando ¿qué nos obliga a desear la belleza? ¿A querer ser bellos? Y continuamos casi en el mismo punto en el que empezamos nuestra ‘investigación criminal’. Porque si bien hemos descartado a los sospechosos más habituales, es decir, a los medios de comunicación y a los hombres; y a otro no tan familiar como son las mujeres, seguimos sin tener a quién culpar.

La belleza reside en la simetría, como el rostro perfecto de Doutzen Kroes
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Podríamos pensar que el deseo de belleza (tanto de poseerla como de admirarla) es algo propio de nuestra sociedad o nuestra cultura, pero nos volveríamos a equivocar. El científico Ulrich Renz escribía: «La obsesión por la belleza existe porque nosotros mismos ansiamos la belleza y la juventud, porque nosotros vemos en un buen aspecto físico un indicio de felicidad y porque a nosotros no nos gusta envejecer». Así que dejémoslo claro: nosotros no somos las pobres víctimas de un complot orquestado por una opresiva sociedad patriarcal, por maléficas intenciones de terribles mujeres, por maquinaciones de las clases dominantes o por los medios de comunicación.

Naomi Campbell, la diosa de ébano gracias a su rostro perfecto
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El reconocido psicólogo evolucionista irlandés Víctor Johnston asegura que la pasión por la belleza no es un deseo cultural o un reflejo machista, sino que es un instinto básico que está dentro del cerebro y que lleva allí desde, aproximadamente, la semana 13 de gestación y que perdurará a lo largo de toda la vida de aquella persona.

Esta idea también la avalarían los estudios llevados a cabo por la psicóloga Judith Langlois, gracias a los cuales demostró que los seres humanos no necesitamos lecciones sociales o educarnos en lo que es bello o no, sino que venimos equipados de serie ya con preferencias hasta el punto de que un bebé reconoce la belleza nada más verla, sin importarla los rasgos étnicos o culturales del rostro que mira.

Las mujeres ven más bellos a los hombres con mandíbula pronunciada, como David Gandy
Las mujeres ven más bellos a los hombres con mandíbula pronunciada, como David Gandy

Demostró también que los bebés prefieren dibujos simétricos a los asimétricos, música consonante a la disonante, superficies suaves a las ásperas… Y así esas criaturas se convierten en adultos a quienes les gustan la simetría, la armonía y las cosas que tienen un tacto suave.

«Esto sugiere no sólo que los niños pequeños poseen detectores de belleza, sino que los rostros humanos pueden compartir una serie de rasgos de belleza universales dentro de su diversidad”, asegura Nancy Etcoff, doctora en psicología en el Harvard Medical School. El hecho de que los bebés lleguen al mundo con un detector de belleza instalado en sus cerebros puede llegar a ser desconcertante y nos hace pensar que el deseo de belleza no sólo es innato, sino genético.

Claudia Schiffer, una belleza que no pasa de moda
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«Los bebés nos enseñan que las reacciones ante la belleza física son automáticas e irresistibles, que comienzan pronto y llegan a lo más profundo”, explica Etcoff. Por lo tanto, todos los estudios nos vienen a asegurar que la pasión por la belleza no es un capricho cultural, sino un instinto propio de nuestra naturaleza básica, un instinto básico que está en nuestro cerebro.

Así, los hombres buscarían en las mujeres aquellas características que demostrarán que tienen un bajo índice de testosterona (hormona sexual masculina) y grandes niveles de estrógenos (hormona sexual femenina). Todo ello se materializa en una mandíbula inferior corta, unos labios voluptuosos, una proporción entre cintura y cadera de 0,7, un pecho desarrollado y firme, una piel uniforme y suave, un cabello sano… Estas características las hacen atractiva a sus ojos porque indican salud y fertilidad.

Una de las parejas más bellas del star-system, Tom Brady y Gisele Bündchen
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Y ellas, ¿qué buscan en los hombres? Según Johnston, «la mujer dice ‘fertilidad’ y creemos que el hombre dice ‘buen sistema inmunológico’. Es muy importante que las mujeres puedan ver el estado del sistema inmunológico en los hombres, porque mezclan sus genes con ellos”. Y esto, las mujeres pueden descubrirlo en la simetría del rostro y el cuerpo del varón, en su mandíbula más cuadrada, en su torso y sus brazos más fuertes. Explica este psicólogo evolutivo que cuantas menos asimetrías encuentren en el hombre, mejor será su sistema inmunológico.

La belleza aniñada y natural de Behati Prinsloo, irresistible
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«Es como si se empezara con un sistema inmunológico perfecto, pero durante nuestro desarrollo estamos expuestos a parásitos, virus y bacterias; y si se consiguen evitar se tiene más simetría. Es un plan biológico: una simetría perfecta. Pero si la simetría se pierde, quizá es una señal de que el sistema inmunológico no es bueno». Y, ¿para qué quieren las mujeres una pareja con un buen sistema inmunológico? Para reproducirse con ciertas garantías. Si ellos tienen unos buenos genes, los hijos sobrevivirán y, por lo tanto, los genes de la mujer también sobrevivirán.

La belleza de Blanca Padilla ha enamorado al mundo de la moda
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De esta manera podríamos concluir que la característica clave para que mujeres y hombres encuentren atractiva a una persona del sexo contrario es la salud, porque la salud es parte de la fertilidad (una persona debe estar sana para ser un buen reproductor). Por lo tanto, la belleza no sería más que un síntoma de que la persona que la posee tiene buenos genes.

A la misma conclusión llegó Etcoffen sus diversos estudios. «La belleza es universal y, en definitiva, sirve para publicitar nuestra salud y fertilidad. Existe una geometría abstracta de la belleza que se basa en la biología». De esta manera argumenta esta científica que los rasgos que nos resultan atractivos del sexo contrario son aquellos que también encontraron atractivos nuestros antepasados, unas señales que les ayudaron a sobrevivir y que nos han permitido estar hoy aquí.

Heidi Klum, una belleza madura que sigue impresionando
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Pero con ello no bastaría, porque podríamos pensar que a alguien que no quisiera perpetuar su estirpe, simplemente, no le importaría la belleza y, sin embargo, no es así. ¿Por qué? Porque para nuestro cerebro, la belleza es una recompensa, un sentimiento estético tan profundamente arraigado que nos produce placer verla y admirarla. Para nuestro cerebro, observar la belleza es algo muy placentero. Y esta recompensa está profundamente arraigada en nosotros desde antes de nacer y hasta el final de nuestros días.

Y si sólo está ahí para reproducirnos con ciertas garantías de calidad, ¿por qué somos capaces de reconocer que una cara desconocida es una cara bonita en tan sólo 150 milésimas de segundo? ¿Por qué admiramos la belleza a lo largo de toda nuestra vida y no sólo durante los años que somos fértiles? Simplemente porque la belleza se manifiesta en nuestro cerebro de dos formas diferentes: como una belleza objetiva y desinteresada que nos produce placer admirar; y como una belleza atractiva y seductora que despierta un interés mucho más subjetivo.

Los rasgos más femeninos son los que atraen al sexo masculino
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Estudios sugieren que nuestro cerebro comprende y entiende las dos vertientes de la belleza y, según se sospecha, cada concepto estaría en una zona distinta del cerebro. Todo ello me lleva a concluir que la obsesión por la belleza está en nuestras cabezas, en nuestros genes, y lleva allí millones y millones de años. Entonces, ¿qué hay de malo en desear ser bellos?

Vuelve a recapacitar sobre El Crimen de la Belleza en las anteriores ediciones de The Luxonomist. I entrega, II entrega y III entrega.

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