La más extrovertida partitura de la moda

André Leon Talley, ex editor de moda de 'Vogue', invitado de lujo a la 080 de Barcelona.

Josep Sandoval. 28/06/2018

Si la moda fuera música, André Leon Talley sería la más extrovertida partitura. El ex editor del ‘Vogue’ americano es viejo conocido del público que se mueve en el sector y a quien los amantes del séptimo arte podrán reconocer como el extravagante Nigel de ‘El diablo viste de Prada’, y físicamente por su cameo en ‘Sexo en Nueva York’.

Talley pertenece a esa raza que coordina los distintos sectores de moda a nivel estético hasta convertirlo en arte. «Arte? No, por Dios, la moda no es arte, es todo un submundo que hay detrás, pero nunca arte”, afirma categórico el hombre que está en Barcelona invitado por la semana de la moda conocida como la 080. Lo dice al natural y en la película que ha presentado esta mañana, ‘El evangelio según André’, de la cineasta Kate Novack, realizado a imagen y semejanza del señor en cuestión.

Talley es un hombre cuanto menos peculiar. Me lo presentó Manolo Blahnik en la libería Rizzoli de Broadway con la 26 donde el zapatero canario presentaba su libro ‘Fleeting, gestures and obsesions’. Allí ya descubrí que Talley es grande en todos los aspectos: mide unos dos metros, o más, pesa por supuesto mucho más de cien kilos y su poder de comunicación es extraordinario. En EEUU. se diría amazing, aquí no hay una palabra exacta, también son culturas opuestas.

Su cameo en ‘Sex in the city’

La audiencia en la librería abarrotaba la sala, preguntaba, reía, comentaba. Era una fiesta de la palabra, difícil de seguir, mientras que aquí se ha mentando la vieja e institucionalizada costumbre de prohibir: no fotos, no a según qué preguntas, todos fuera al entrar o salir aduciendo problemas de movilidad. Cierto que no es una gacela con tamañas dimensiones, pero él lo sabe y si en EEUU le daba igual qué demonios debía importarle aquí una audiencia reducida, entre la veneración, la ingenuidad y la prohibición, al final sólo queda el selfie para enseñar a los colegas. Además el público americano, más acostumbrado, se lanza al ruedo de preguntas sin pudor y aquí el que reparte el micrófono ni sabe a quien dárselo.

El propio Talley animaba: “Están dormidos?, no tengan miedo, pregunten, pregunten”, cuando no era él quien señalaba a alguien para que le solicitase cualquier información. Como pasa siempre, la cosa se animó al final cuando ya el encuentro languidecía y todos se atrevían hasta con las preguntas más insulsas, sin nadie que les parase. Ni siquiera la directora de ‘Vogue España’, Eugenia de la Torriente, moderadora del coloquio ‘Una vida entre trincheras de chiflón’, que pudo ser una siesta matutina de no ser por la vitalidad de Talley a quien a las tres menos cuatro se le dio un ultimátum: de lo contrario aún estaríamos allí.

La que se salvó fue la propia De la Torriente, porque en primera fila la diseñadora Roser Marcé se mordió a lengua y se guardó para lanzarle en privado el dardo: su exclusión de la lista de ‘Vogue’ de diseñadores de los 70 y 80, cuando la catalana vendía en EEUU y Japón e iniciaba una carrera internacional truncada por una mala jugada político económico que la dejó en la cuneta. Sólo por eso, Marcé ya merecía capítulo aparte.

Talley esta mañana en la pasarela 080 de Barcelona. Foto: 080 Bcn.

¿Qué hemos aprendido esta calurosa mañana en el Hospital Modernista de Sant Pau? Pues retazos de una vida apasionante, la de Talley por supuesto, del triunfo por la constancia, de la supervivencia de la especie, de las dificultades por sobresalir cuando eres negro, pobre, tu abuela está de asistenta en una casa, y a ti, aparte de la misa dominical sólo te apasionan las revistas de moda y ese mundo de amor y lujo inalcanzables que te transmiten esas publicaciones, convertidas hoy en día, la mayor parte de ellas, en camuflados panfletos publicitarios que esconden bajo la entrevista a la estrella del momento el más descarado de los anuncios.

Para Talley los primeros desfiles de su vida fueron los de los domingos en su parroquia, y a fe cierta hemos de confesar que, por lo visto en el documental, lo eran. Imágenes que seducirían más tarde a Saint Laurent, uno de los primeros en poner a modelos negras en pasarela, aunque él asegurare que era debido a que escuchaba jazz y el clásico ‘Porgy and Bess’ en el coche.

En la juventud de Talley el mensaje era directo, la vida iba al grano sin pasar por patrocinadores. Se vivía al límite, se drogaban, ¿se amaban? ¡no! hacían el amor como si no hubiera un mañana. Se bailaba a lo salvaje en Studio 54 (en tiempos de Steven Rubel) y se escribía a pelo en el ‘Interwiew’ de Andy Warhol. Dice, decidido, que ante su apostura, alto, delgado, con pantalón corto y dotado de una increíble labia y cultura (fue a la universidad y hablaba francés con fluidez), fue el propio Warhol quien le abrió las puertas de ese Nueva York donde fue a parar nuestro hombre cual Dorothy y su cestito buscando su felicidad al final del arco iris. Entró a trabajar de telefonista y de ahí toda una escalera de color, donde debió echar más de un farol para llevarse la mano a casa. Cuenta ciertas infelicidades, muchas noches durmiendo en el suelo de las casas de sus amigos ricos, que se iban y le dejaban la mansión donde sólo había sirope y chocolate, a los que culpa de su sobrepeso.

André en el filme. Foto: Josep Sandoval

Y cuenta cómo fue Warhol quien le presentó a Diana Vreeland, entonces editora de moda del ‘Vogue’ que lo eligió como ayudante entre una pléyade. Todo porque seleccionó un vestido de Cleopatra made in Hollywood para una de las pruebas de aptitud. Adora a esa mujer, la Vreeland, a la que nombra continuamente, y a quien le leía actualidad e historias en sus últimos meses de vida. Pasó con ella muchos años, más horas en su casa que en la suya (seguramente porque él no tenía todavía ninguna), conjugando objetos, historias, ropas. Pero sobre todo escuchando, escuchándolo todo, decidiendo luego sobre lo aprendido según las propias decisiones, sin permitir ninguna otra observación ajena. Y leyendo luego el resultado final, la historia de ese traje, de cualquier hora. Porque cada vestido tiene una lectura que debemos adivinar.

Habla tanto Talley y es tan seductor que cuando cuela mentirijillas, pasan fáciles y te hacen sonreír. Como que ni él ni Vreeland sabían donde estaba la cocina de la casa de ella porque no la pisaron nunca, boutade conocida pero amable en él, que no oculta predilecciones políticas: sus caras en el documental mientras gana Trump son un poema, pero es justo al comentar (que no criticar) los looks de Melania (aunque se niega a comentar los del presidente: “No estoy aquí para eso”). 

Alaba el black power en todos sus aspectos y lamenta que exista todavía racismo, se mate a jóvenes en las universidades y adolescente negros mueran bajo las balas de policías americanos blancos. No es un discurso banal, por fácil, es simplemente la realidad de una sociedad hipócrita en la que estamos metidos todos. Y a la que no está exenta la americana, a simple vista la más falsa de todas.

André en la 080 con Rossy de Palma y Alex Estil. Foto: Josep Sandoval

Aunque habla poco de ella, sale a colación Anna Wintour, prácticamente su otra mentora, la que dejó libertad para que reviera en ‘Vogue’ historias como esa revisión de ‘Lo que el viento se llevó’ con Naomi Campbell como Vivien Leigh y Manolo Blahnik y John Galliano sus servidores (el juego negros señores, blancos sirvientes), y mil locuras, como enviarle a entrevistar a Michelle Obama, para quien Talley no tiene palabras.

Cuenta también la apasionante historia del caftán que viste esta mañana, que le ha diseñado un amigo del SoHo que ha terminado asociado a Gucci, una historia rocambolesca. Y habla de sus capas con cola, de sus túnicas “me siento protegido, les digo, apártense, no me pisen el traje, y todos guardan una distancia prudencial sobre mí”. Y bromea una y mil veces, pregunta y elogia el vestido y el tocado de una asistente. Y no se pronuncia sobre el amor. Es decir, sí lo hace para señalar que nunca estuvo enamorado; que era falsa, y le duele, la leyenda de que se acostaba con todos los diseñadores. Y se aprecia dolor y sinceridad en sus ojos, que pierden brillo por momentos.

A veces parece compensar esa falta de cariño por esa vanidad pasajera de sentirse  admirado, aunque sea en esta sala pulcramente artesonada, pequeña pero entregada, donde Talley extiende su caftán: habrá traído pocos, porque viaja con una sola maleta. Y es que, al hacernos mayores, todo se reduce a lo estrictamente necesario. Le pasó a Rabanne, que tras años de locura metálica, acabó abandonado a su eterno traje Mao: y le pasa a la Wintour, entregada a ese peinado de casco frigio que no abandona por encima de modas y tendencias. Y por supuesto a Talley, que tras jugar con la moda, escucharla, decidir y hablar, se envuelve en esas telas enormes que salvaguardan intimidades (que las debe tener), a las que añade colas en ocasiones cuando hay multitudes, para preservar su físico. Que el alma la debe tener a buen recaudo.

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