Dulce decadencia

El restaurante Zalacaín se fundó a en los años 70 y consiguió ser el más elegante de Madrid. Ahora, su imparable decadencia le augura un futuro incierto.

Jesús Andreu. 30/06/2014
zalacainplaca
Restaurante Zalacaín, Madrid

El restaurante Zalacaín se fundó a principios de los años 70 con el ánimo de convertirse en el más elegante de Madrid. Ciertamente lo consiguió. Ya existían Horcher y otros muchos de la llamada alta cocina clásica (aún estábamos en la prehistoria franquista, sin vislumbre de vanguardia y modernidad) hoy todos desaparecidos; no sólo Jockey, también algunos de nombres tan rimbombantes como Las Lanzas, Breda o Ruperto de Nola. No desearía que Zalacaín siguiese el mismo camino de extinción que aquellos, pero su imparable decadencia le augura un futuro incierto.

Su cocina, adocenada y anodina, es incapaz de captar nuevos clientes y los antiguos también van desapareciendo. Sólo el apacible ambiente y el excelente servicio son el pálido reflejo de su antiguo esplendor. Los mediocres platos sólo son empeorados por la irresistible fealdad de sus cuadros, unas torpes telas de pésimo gusto y nulo valor artístico.

Restaurante Zalacaín, Madrid

Ni siquiera está claro que siga siendo un restaurante de alta cocina, a no ser que así se consideren unos pringosos callos o una rudimentaria y pueblerina perdiz con garbanzos.Tuve que devolver una triste ensalada de langostinos, judías verdes, lechuga y escarola porque su exceso de sal era un atentado contra la presión arterial. Y eso por no hablar de la banal mayonesa que utilizan como aliño, un canto a la zafiedad y a las grasas saturadas.

La salsa de la menestra se engorda artificialmente, abusan de los fritos centenarios, las patatas suflé empalagan por lo aceitosas y la tabla de quesos no es tal, porque es mucho menos variada y más banal que la del super del barrio: brie, manchego, cabra y roquerort. Nada más, sin posibilidad alguna de elección; y eso, en un antiguo tres estrellas Michelin.

Ensalada de langostinos, Zalacaín (Madrid)

En fin, todo muy triste y de muy cortos vuelos. Todo menos los elevadísimos precios. Esperemos que si no son capaces de volver al perdido y añorado esplendor, sigan dormitando en esta dulce decadencia, porque Madrid necesita también de lujo clásico. Sin embargo, todo parece indicar que han emprendido el camino de la perdición.

¡Descanse en paz!

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