Grooming

Lo del baño nunca fue lo mío, pero le fui cogiendo el gusto

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Mi ama y yo tras el baño
Mi ama y yo tras el baño

La imagen de mi entrada de hoy es una de las preferidas de Itziar, mi hermanita y compi humana de travesuras. En ella se la puede ver radiante de felicidad envolviendo en una toalla a una minicosa peluda con cara de resignación que soy yo con unos años menos, cuando todavía mi morrete era negro del todo y no el mapa de sabias canas que luzco hoy en día. Aunque ahora estoy más talludita y llevo ya unos cuantos baños a mis espaldas, sigo poniendo el mismo rostro compungido que entonces (hay que mantener la pose teatrera), pero le he ido cogiendo el gustito a la cosa.

Me encanta sobre todo que mi amo, habitual encargado de estos menesteres, dirija el chorro del agua templada sobre mi pecho durante unos minutos. Tampoco me disgusta que me enjabonen el lomo, pero no tanto la panza y mucho menos las patas y la cola. Y con el secador me derrito. Ay! ese airecito cálido que me deja el pelo esponjoso como un peluche. Levito.

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Dije baño y dije mal. Aquí en North Bethesda, nadie habla de “bath” ni de “shower”, no resulta elegante. El término correcto es “grooming”, que viene a ser algo así como acicalamiento, muy apropiado para perrillas tan distinguidas como una misma. Mi amo y yo descubrimos la palabra una mañana al salir de paseo, escrito en una lujosa furgoneta que se detuvo en la entrada del garaje de nuestra vecina, una simpática profesora de español propietaria de una especie de caniche gris, vejete y bastante gruñón.

De la furgoneta salió una chica uniformada que marcó el número secreto de la puerta del garaje y entró en la casa. La dueña estaba fuera, trabajando. Nos quedamos paseando por los alrededores, curioseando sin disimulo, haciendo honor a nuestra fama de impenitentes cotillas. Al poco, la chica salió con mi congénere y lo introdujo en la furgoneta, que resultó ser todo un salón de belleza canina perfectamente equipado. La empresa, Bark In Style, es una de las mejores compañías de “mobile grooming” de Bethesda y sus vehículos, visitantes habituales de mi urbanización y alrededores. Como ven, no hace falta ni que los amos estén en casa… Útil ¿no les parece?

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Yo nunca he ido a la pelu porque los roñosos de mis amos siempre se han encargado de acicalarme en casa, pero aquí en los Estados Unidos el “grooming” es una industria pujante. Los norteamericanos se gastaron en peluquerías y alojamientos caninos la friolera de 4.840 millones de dólares en 2014, y se espera que este año la cifra supere los 5.200 millones. Ahí es nada.

Las variantes del negocio, además, son numerosas. Si a uno le da reparo que un extraño entre en casa durante su ausencia, puede llevar a sus mascotas a locales tradicionales tan chic como Diva Dogs en Washington DC, que también tiene spa canino. O bien, si el dueño prefiere un autoservicio à la mode sin tener que llenar de pelos la bañera, existen establecimientos muy completos como Doggie Washerette, donde no falta de nada.

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En fin, que no hay excusa para tenernos relucientes, perfumados y suaves como un peluche recién estrenado, aunque tal condición suele durar poco: lo que tardamos en salir corriendo y buscar un trozo de césped, un viejo cojín, un rincón de moqueta o alguna cochinada mucho peor para poder revolcarnos e impregnarnos de nuestro olor verdadero. Me refiero, claro está, al olor a perro. Y cuanto más fuerte sea la Eau the Chien, mucho mejor. Guau.

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