Los Diarios de Canela. Cumpleaños.

Cómo pasa el tiempo, dicen mis amos, mientras contemplan mis canas con cierta melancolía.

Queridos lectores y lectoras todos y todas: Feliz 2015. Espero que empiecen el año con buen pie y mucho ánimo. Yo lo hago con un nuevo aniversario a mis veteranas espaldas: el pasado día de Reyes cumplí oficialmente ocho años.

Cómo pasa el tiempo, dicen mis amos, mientras contemplan mis canas con cierta melancolía. Claro, miran hoy mi morrete mechado de blanco, recuerdan a esa bolilla amarronada de hocico oscuro recién rescatada del refugio y comparan. Pero eso también me ocurre a mí: veo a mi “amita” Itziar hecha una chicaza de 17 años y casi no reconozco a aquella niña que me sujetaba en brazos el día de mi llegada a casa. Miren más abajo qué pareja formábamos por aquel entonces.

Esa primera noche en el hogar de los Puig Barreiro dormí como una reina en mi flamante cesta de mimbre. Gimoteé un poquito, pero no hubo contemplaciones: pasé la noche en la cocina, para aprender desde el principio cuáles eran mis lugares autorizados. Nada de sofás, camas ni butacas. Mi cesta, mi cojín de la sala de estar y para de contar. Y oigan, no tengo ningún trauma canino por ello. Es más: paso por ser una perrita muy bien educada.

Aunque bien enseñada, ya de bien pequeña demostré ser cabezona con mis cosas. Destrocé un par de camas de mimbre hasta que la cambiaron por una de plástico. Odiaba (y odio) la lluvia, los truenos y los petardos. Me gustaba (y me sigue gustando) sacar el cojín de la cama y ubicarlo allá donde la temperatura, la luz y las corrientes de aire tienen el equilibrio que yo considero correcto: puro Feng Shui Canino. También disfrutaba mucho (y sigo disfrutando, si me provocan) persiguiendo a mordiscos las zapatillas de mi ama. Mi naturaleza pizpireta se transforma en furibunda cuando de jugar a atrapar pies se trata. O de correr, actividad que ya no me dejan hacer por bruta.

Mi personalidad, como la de Itziar, fue perfilándose con los años. Las dos fuimos creciendo a base de amor y de juegos. Ella siempre fue una niña alegre y soñadora. Yo una zascandil curiosona y pimienta. Y pasaron los meses, y llegaron nuevas Navidades y nuevos cumpleaños…

Un perro que es querido se acomoda como un engranaje perfecto en la familia que le acoge. Es una rutina de gestos, olores, llamadas y miradas. Una danza vital de seres vivos muy diferentes pero a la vez casi simbióticos, donde instintos y sentimientos se entremezclan sin remedio. Poder crecer con un niño resulta un privilegio para el animal y el humano. Se entienden. Se complementan. Se lo cuento por experiencia: esto es así. A las pruebas me remito:

Lo cierto es que, mirando hacia atrás, estos ocho años encierran, tal y como expresan las tablas de equivalencia de edad, un tiempo mucho más extenso en vivencias. Dicen que para un can, suponen casi 50 años, pero para sus dueños, también: es una vida condensada y acelerada, un espejo de su propio devenir en el que poder reconocerse para bien o para mal. De ahí viene ese lazo inquebrantable con quienes nos acogen o nos han acogido en su hogar, y nos han respetado y amado. Nosotros los perros (modestia aparte) les animamos a ser, todos los días, aquellas personas que realmente pensamos que son: seres dignos de confianza.

En resumen: pese a mi veteranía, estoy muy contenta. Hemos vivido infinidad de experiencias y las hemos vivido juntos, como una piña. Ahora tengo más canas, soy algo más sabia, más comodona, igual de testaruda y me atengo muy seriamente a mis encantadoras manías porque es lo que me define y lo que mi familia humana espera de mí. Y oigan, mírenme ahora con mi ama “pequeña”, en mi casa norteamericana. Comparen la foto de portada con la siguiente, al principio de este artículo: qué buen trabajo hemos hecho, ¿no les parece? Hasta la próxima. Guau.

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