Los Diarios de Canela. Hoteles caninos made in USA

¿Dónde vamos los perros cuando nuestros amos se marchan de vacaciones? Se lo cuento en estas líneas…

Queridos lectores, hoy he de confesarles una cosa. Cuando realicé mi flamante presentación en esta casa, una de las cosas que escribí fue: “Soy una perrita muy viajada, mis amos me llevan allá donde van, así que ladro en varios idiomas”. Reconozco que tales palabras no son del todo exactas. Fueron escritas en un arrebato de entusiasmo y fidelidad perruna, con ánimo de impactarles y que pensaran “¡oh, qué amos más responsables y cariñosos tiene esta adorable perrita!” y tal, pero la realidad es un poco diferente.

Les cuento: es cierto que he estado en muchas partes de España y del extranjero con ellos, pero desde luego, no siempre. Cuando llega el momento de la diversión, de la verdadera vacación festiva, de la aventura y el desmelene, me mandan a una residencia. Y en Estados Unidos no ha sido diferente. Estas Navidades, por poner un ejemplo, la familia Puig en pleno se marchó a México, dejándome compuesta y en manos de extraños. Confieso que me dolió, porque yo estaba toda preparada para la ocasión. Además, seguro que allá en la Riviera Maya hubiera hecho buenas migas con mis cuates caninos. ¿No les doy un cierto aire de Chihuahua? ¡Ándale!

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Canela preparada para ir de vacaciones a México

En descargo de mis amos, debo decir que me llevaron a una de las mejores residencias (aquí las llaman “hoteles”) del Condado de Montgomery, Pet Dominion, pero ello no oculta el hecho que la cosa del alojamiento en casa ajena no me guste nada, nada. Si me vienen leyendo desde el principio, ya saben que tengo mis veteranas manías, a las que me adhiero con cabezona insistencia. Pero tales hábitos no tienen valor alguno en la residencia, pese al cariño de mis cuidadores adoptivos.

Para empezar, deben tener en cuenta un hecho relevante: se trata de una residencia norteamericana. Y eso implica un plus de disciplina, orden, estructuración, concierto y planificación estratégica. Ríanse ustedes de West Point.

Antes de ser admitida, a parte de demostrar que estaba al día con mis vacunas, mi amo tuvo que rellenar todo un cuestionario revelando mis intimidades: cómo era mi carácter, si era sociable o no con humanos o canes; qué, cuándo y cómo comía; mis hábitos de pipí y popó, y toda una serie de advertencias y disclaimers en caso de que mi comportamiento no fuera lo apropiado a lo que se espera de una señorita de mi edad y condición. Con lo discreta que soy…

Para que se hagan una idea del grado de meticulosidad made in USA, tuvimos que proporcionar exactamente las raciones de comida individualizadas para mi estancia, con las instrucciones precisas para su dosificación y retirada. Y no exagero (no se pierdan mi cara de “aquí se está cociendo algo raro sin que yo lo sepa y no me gusta un pelo”):

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Canela junto a sus raciones de comida para las vacaciones

También hubo que especificar por adelantado aspectos tales como si quería airearme en comandita perruna o zascandilear a mi aire (por unos dólares más); si prefería el tiempo de paseo estándar, extendido o playtime (más dólares); si me concedían un poco de cuddle time (mimos, abrazos y más dólares), baño, peluquería, manicura o vaciado de glándulas (una guarrada necesaria). Estos gringos no tienen remedio: business is business, y cada cosa en su sitio, a su debido coste. Mis amos alucinaban.

El caso es que, pese a mis reticencias y al estricto régimen de actividades (uno, dos, tres, hip, hop), el servicio de hotel resultó satisfactorio, máxime teniendo en cuenta que la residencia es también una de las mejores clínicas veterinarias del condado. Eso otorga un plus de tranquilidad. Además, en Pet Dominion siempre hay tiempo para algún party (aunque yo no soy muy fiestera) y para actos solidarios en beneficio del tratamiento terapéutico con perros.

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Kissing point en Pet Dominion

Todo lo dicho no quita que echara desesperadamente de menos a mis amos. Tendrían que ver mi sentimiento cuando pasaron a recogerme después de siete largos días. No sabía si correr, saltar, ponerme patas arriba, gemir, ladrar, llenarlos de lametones  amorosos o de mordiscos por ser tan malajes al dejarme sola. En todo caso, cumplí como una campeona: así lo atestigua mi informe de fin de estancia (sí, también hacen informes). De hecho, gané mi puesto en el tablero de honor (no, no es una High School, pero como si lo fuera) por ser la perra más limpia de la semana. No sé qué habrán enseñado sus dueños a los habitantes caninos de Maryland, pero yo nunca hago mis necesidades en mi jaula. Todavía hay clases.

En fin: prueba superada. De hecho, los empleados de la residencia me han bautizado como “Miss Canela”, porque soy toda una señorita, digna y tranquila, a la que no le gusta mucho el alboroto canino. ¿Acaso esperaban otra cosa de mí? Hasta la próxima semana. Guau.

Consulta más artículos de Sebastián Puig Soler en The Luxonomist.

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