Los ansiolíticos, nuestro tercer vicio

Los ansiolíticos se ha convertido en la tercera sustancia de la que más abusamos los españoles, después del alcohol y el tabaco.

Ana Villarrubia. 26/01/2017

En las enfermedades y los padecimientos de la vida moderna la industria farmacéutica es la gran beneficiada. Y, dentro de ella, los ansiolíticos están de enhorabuena. En los últimos años se han convertido en la tercera  sustancia de la que más abusamos los españoles, después del tabaco y del alcohol (y superando desde el año 2013 el consumo abusivo de otras sustancias típicamente adictivas como el cannabis).

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¿Tomas ansiolíticos? Cuidado, puedes volverte dependiente

A las pruebas me remito: según la Agencia Española de Medicamentos, el consumo de ansiolíticos ha aumentado en casi un 50% desde el año 2000 hasta la actualidad, y prácticamente un tercio de las mujeres de entre 55 y 65 años abusa de manera cotidiana de fármacos ansiolíticos, es decir, es dependiente. Las recetas se multiplican de año en año, cada vez son más las personas (especialmente mujeres) adictas a este tipo de fármacos. Sin embargo, los diagnósticos y cuadros de ansiedad no dejan de aumentar. ¿Acaso no ha llegado el momento de emprender nuevas soluciones? La psicología en su vertiente sanitaria y clínica cuenta con tratamientos no farmacológicos, herramientas y técnicas empíricamente avaladas para aliviar de forma segura y duradera todos esos síntomas que la pastilla alivia en el corto plazo pero a los que nos condena a perpetuidad.

Los problemas derivados del estrés caracterizan el día a día de esta época que nos ha tocado vivir. Y, en la sociedad de la inmediatez, es lógico y esperable que los remedios más atractivos para nuestros problemas sean los que surten el efecto más inmediato: en el aquí y el ahora. Si esas soluciones mágicas son indoloras, vienen cómodamente encapsuladas y son fáciles de auto administrar, todavía mejor. Todo parece tener una lógica aplastante. Pero, si ganan los fármacos, alguien tendrá que perder. ¿Adivinan a quién le corresponde tal honor? Pues bien, ésta es la parte más fea, perdemos las personas. Y perdemos por goleada, por varios motivos.

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Si ganan los fármacos, alguien tendrá que perder: las personas.

En primer lugar porque cuando recurrimos a un mecanismo de alivio tan inmediato y carente de toda fuerza de voluntad por nuestra parte estamos impidiéndonos adquirir otro tipo de estrategias alternativas que nos proporcionarían una mayor fortaleza emocional y psicológica. Evitamos esforzarnos por trabajar nuestras dificultades y reponernos ante ellas. Nos impedimos integrar nuevas estrategias de afrontamiento ante las dificultades de la vida y, con ello, le cerramos la puerta a la posibilidad de convertirnos en personas con más capacidad de adaptación.

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Lo que en el corto plazo tanto nos alivia, en el largo nos debilita y nos vuelve más vulnerables.

Evitamos incluso el proceso que sería necesario atravesar para identificar nuestras dificultades, analizar su origen y resolver después esa problemática que tanto nos afectaba. Por no mencionar que acabamos vendidos al efecto de una sustancia externa y nos privamos de todo control sobre nuestra propia regulación emocional. La dependencia conductual de la pastillita es total cuando, sin ella, no nos sentimos (ni lo somos, de hecho, puesto que no nos lo hemos demostrado) capaces de hacerle frente a la fastidiosa ansiedad. Lo que en el corto plazo tanto nos alivia, en el largo nos debilita y nos vuelve más vulnerables.

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Esa hiper sensibilidad nos convierte en seres pusilánimes y asustadizos, tendentes a sobredimensionar y también a ‘sobrerreaccionar’.

En segundo lugar, porque nos volvemos hipersensibles a nuestros propios síntomas. Si aliviarlos se convierte en algo tan sencillo como ingerir un comprimido, entonces recurriremos a él tan pronto como sea necesario. Incluso lo haremos de manera preventiva ante el miedo de que el fastidioso síntoma pueda aparecer en un momento inoportuno. Y es que el sufrimiento siempre se nos antoja inoportuno, pero no por ello deja de ser un indicador de que algo está sucediendo, algo a lo que hemos de atender y que hemos de resolver. Esa hipersensibilidad nos convierte en seres pusilánimes y asustadizos, tendentes a sobredimensionar y también a ‘sobrerreaccionar’  ante la más mínima señal ficológica de nuestro propio organismo.

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El sufrimiento se nos antoja inoportuno, pero no por ello deja de ser un indicador de que algo está sucediendo.

Y, en tercer lugar porque todo ansiolítico es un fármaco psicotrópico que ejerce una potente influencia directa sobre el sistema nervioso central lo que implica que, por mucho que las fórmulas químicas se hayan ido mejorando desde los primeros barbitúricos hasta las perfeccionadas benzodiacepinas -que disminuyen la ansiedad sin causar sedación y entrañando menos riesgos para la salud- lo cierto es que la fuerte dependencia física que generan es indiscutible.

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La duración media de uso (o abuso) de sustancias ansiolíticas en España se mide en años.

Por todo ello acaba sucediendo que tratamientos que inicialmente solo debían durar unas dos o tres semanas, entre 8 y 12 semanas en los casos más agudos, se perpetúan en el tiempo y acaban por cronificarse. Hasta el momento actual al que tristemente hemos llegado en el que la duración media de uso (o abuso) de sustancias ansiolíticas en España no se mide en semanas, sino en años. En ocho años se sitúa la media para ser más exactos.

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Para las empresas farmacéuticas, los grandes males del hombre moderno son un filón en términos de ingresos.

De todo este fenómeno somos responsables todos: las empresas farmacéuticas, para quienes los grandes males del hombre moderno son un filón en términos de ingresos; los médicos de atención temprana y psiquiatras, que en escasos minutos apenas disponen de margen de maniobra para seguir otro tipo de tratamientos y para quienes el ansiolítico cumple de forma fácil y relativamente barata su principal función de aliviar los síntomas de sus pacientes; el sistema público de salud que prioriza la atención psiquiátrica y farmacológica por encima de la atención psicológica (que, dicho sea de paso, en el largo plazo ha demostrado ser más eficaz y también menos costosa al promover efectos duraderos y prevenir futuras recaídas); y todos nosotros, que nos hemos vuelto excesivamente sensibles al dolor emocional, que irracionalmente preferimos agarrarnos a un clavo ardiendo con tal de no pasar por un proceso que, si bien no ofrece resultados inmediatos, nos garantiza de por vida el manejo de estrategias eficaces de afrontamiento y resolución de nuestros problemas.

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