¿Necesitas unas buenas vacaciones?

¿La atención distraída, la espada contraída y el gesto contrariado…? Si tu cuerpo te pide vacaciones parece que ya ha llegado la hora de hacerle caso.

Ana Villarrubia. 25/06/2015
Hay que saber parar y tomarse un respiro

Hablamos de estrés cuando la presión que se ejerce sobre nosotros desde distintos ámbitos de nuestra vida nos supera. Las obligaciones diarias, las atenciones a la familia, los imprevistos en el trabajo, los cuidados de la casa, el problema de uno de nuestros hijos… Todo ello va demandándonos soluciones, va colocándonos en la necesidad de ir resolviendo problemas y apagando fuegos. Todo suma. Y no siempre podemos con todo.

Técnicamente, se dice que estamos estresados cuando las capacidades de afrontamiento de la persona se ven desbordadas por las demandas del entorno. El estrés, que es un término que los psicólogos le hemos tomado prestado a la física (y que hace referencia a la presión que un cuerpo ejerce sobre otro) se traduce en cada uno de nosotros en reacciones de ansiedad, respuestas que generamos de manera automática y que nos predisponen para la huida ante el peligro.

Hotel Four Seasons en Shangai
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La ansiedad no es una respuesta cualquiera sino que se manifiesta a nivel cognitivo (pensamientos rumiatorios, anticipaciones de futuro ante todo lo que se nos viene encima…), a nivel emocional (intranquilidad, agotamiento, desesperanza, agobio, nerviosismo) y a nivel físico (taquicardias, sudoración, alteraciones gastrointestinales…). Como respuesta ancestral, la ansiedad también es fisiológica y pone en marcha toda una serie de procesos biológicos para facilitarnos la huida del peligro lo más rápido posible. 

De forma lógica, ante situaciones aversivas nuestra tendencia más inmediata es la de evitar, alejarnos de aquello que es un potencial riesgo. Pero en el mundo racional las cosas no son tan sencillas como en el mundo animal: la ansiedad nos impulsa a huir de amenazas que no son reales (no estamos en verdadero peligro a punto de ser devorados por un león) y ante las cuales no deberíamos desplegar respuestas de huida sino repuestas de afrontamiento. Por eso la ansiedad acaba siendo incapacitante. Si bien la parte fisiológica suele ser la que más rápido nos incomoda, otros síntomas de ansiedad tampoco se hacen esperar demasiado.  Con excesivos niveles de ansiedad, en lugar de rendir más nuestro organismo y nuestra mente tienden a bloquearse.

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Los problemas de ansiedad en nuestra vida cotidiana son una frecuente señal de alarma, son la fiebre que nos indica que algo no va bien y que no podemos continuar por el mismo camino. Una dosis justa de ansiedad (algo de tensión ante un examen, mariposas en el estómago ante una reunión importante) nos activa lo suficiente como para rendir con atención óptima y conciencia plena.

Las situaciones de estrés activan, por un lado, el sistema nervioso simpático (responsable de las reacciones de alerta) y, por otro lado, el llamado eje hipotálamo-hipofisiario-adrenal que se encarga de regular funciones como la segregación de adrenalina y cortisol: hormonas que en pequeñas dosis nos ponen “a tono” pero que de manera sostenida o a grandes dosis es como si nos intoxicaran desde dentro.  Con posterioridad a esas reacciones más inmediatas (aceleración del pulso, respiración acelerada o sensación de vértigo), la ansiedad sostenida en el tiempo se vuelve tóxica para nuestro organismo y va dejando secuelas como la siguientes:

Aunque vayas con tus hijos, intenta viajar a un destino relajante. Foto: homeaway
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A nivel físico: 

  • Contracturas musculares
  • Mayor proclividad a tener resfriados
  • Activación de virus tipo herpes

A nivel cognitivo: 

    • Rumiación de los problemas, que no llegan nunca a resolverse
    • Magnificación de las dificultades
    • Preocupaciones incesantes
    • Proyecciones sobre un futuro que siempre se anticipa en los términos más negativos posibles
    • Distorsiones de la realidad en nuestra interpretación de los acontecimientos
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A nivel emocional 

  • Síntomas de desesperanza
  • Ánimo bajo o aplanado, apatía, desmotivación
  • Ansiedad y depresión
  • Sentimientos de insatisfacción o inutilidad

A nivel conductual

    • Aumento de los niveles de ingesta de alimentos calóricos
    • Comportamientos más compulsivos o adictivos (mayor consumo de trabajo, por ejemplo)
    • Taquicardias
    • Sensaciones profundamente desagradables de ahogo o vértigo
Casa rural en Frigiliana, Granada. Haz clic para reservarla. Foto: homeaway
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Terminando el mes de junio y después de un año duro, si notas ya algunos de estos síntomas no puedo decírtelo más claro: ¡Necesitas unas vacaciones! O, de no ser posible, lo que necesitas es asumir menos responsabilidades, delegándolas todo lo posible y pidiendo ayuda para resolver aquello que se te escapa.

Y, ¿cuáles son las mejores vacaciones en este estado? Pues, antes de nada, ten mucho cuidado y no te precipites. Es fácil equivocarse y dejarse llevar por el ritmo atacado al que venimos funcionando a lo largo de los últimos meses. Cuando nos hemos acostumbrado a niveles altos de actividad nuestro organismo nos demanda, por inercia, más actividad: así tenemos al sensación de ser más útiles, de aprovechar más el tiempo y de pensar menos en aquello que nos incomoda.

La naturaleza nos aporta la dosis de tranquilidad necesaria. Foto: Macchu Picchu, Perú. Haz clic para reservar
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Pero, en realidad, lo que conseguimos es seguir consumiéndonos mientras seguimos sintiéndonos igual de mal y seguimos sin resolver nada. No es más que un engaño transitorio. Lo que el estrés nos indica a ciencia cierta es que nuestro nivel de activación basal debe descender y que necesitamos bajar el nivel de intensidad y de ocupación en todos los ámbitos en los que esto sea mínimamente posible.

En otras palabras, lo que necesitamos son unas vacaciones tranquilas y no la aventura frenética y adrenérgica que en pleno momento de exaltación deseamos vivir. Tira de TripAdvisor y échale imaginación. No aventuras, no safaris, ni deportes de riesgo, al menos no de manera inmediata. Campo o playa, es igual, pero largas jornadas sin agenda en las que reeducar a nuestro cuerpo. Por unos días, no te quedes en casa y aléjate también físicamente tanto de las personas como de los escenarios que hasta ahora te han venido despertando ese estrés. Toma distancias.

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