¿Por qué dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy?

¿Alguna vez has dejado de hacer algo que sabías importante o necesario? Donde razón y emoción se cruzan aparece el fenómeno de la procrastinación que nos lleva a tomar decisiones que afectan negativamente  a nuestro futuro.

Ana Villarrubia. 16/07/2015
Aplazar las cosas que tenemos que hace
Aplazar las cosas que tenemos que hacer puede que no tenga consecuencias inmediatas pero sí a largo plazo. Foto: ella.com

Hacer dieta, dejar de fumar, ahorrar dinero para el futuro, arreglar la depuradora de la piscina, devolverle una llamada a un amigo, ir a reclamar por esa compra que salió mal, pasar las revisiones médicas o incluso tener a punto el mantenimiento del coche. Estas son sólo algunas de las que habitualmente dejamos para mañana cuando podríamos empezar a hacerlas hoy mismo; algunas de esas responsabilidades que dejamos de asumir y cuyas consecuencias inmediatas pueden pasar desapercibidas pero que acaban por notarse de manera importante en el largo plazo. Desde la economía a nuestra salud personal, pasando por la autoestima o la percepción que tenemos de nosotros mismos: todo acaba deteriorándose cuando la procrastinación se hace presente en nuestro día a día.

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A la crisis actual se unió al fenómeno de la crisis del ahorro. Foto: negocilibre

La crisis que aún padecemos y que dura ya más de 7 años se sumó, en el momento de mayor sacudida en los países occidentales, a otro fenómeno: la crisis del ahorro. Mientras que en Estados Unidos en los años 70 las tasas de ahorro de los norteamericanos se situaban de media por encima del 10% de sus ingreso anuales, en los años 90 se situaba alrededor del 5% y, hace 10 años, era ya una tasa negativa. ¿Qué nos está pasando? Un consumismo galopante y el aumento del crédito son seguramente explicaciones acertadas desde el punto de vista sociológico. Pero, en última instancia, para comprender el por qué de este tipo de fenómenos, hemos de analizar qué ocurre en los millones de casos particulares que dan lugar a los grandes datos macroeconómicos. Al final de la cadena hay una persona, como tú y como yo, tomando una decisión que afecta a su propio futuro. ¿Qué es lo que nos lleva a dejar de lado nuestro sentido de la responsabilidad e hipotecar nuestro futuro?

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La procrastinación es el acto de aplazar en el tiempo cualquier acción. Foto: notificaciones060

Por procrastinación nos referimos simplemente al acto de diferir o aplazar en el tiempo la consecución de un objetivo o la realización de una acción. Sin embargo, rara vez este concepto viene libre de cargas pues suele ir asociado a una dificultad personal cuyas implicaciones nos afectan negativamente. Uno procrastina cuando no tiene motivación suficiente, cuando tiene temor a fracasar, cuando no se siente seguro de sus propias habilidades en el proceso de resolución de un conflicto o,  sencillamente, cuando le puede la desidia.

¿Y qué ocurre después? Los efectos psicológicos de la procrastinación son devastadores: culpa, arrepentimiento, auto reproches, mala percepción de uno mismo, sensación de ser ineficaz y de carecer de habilidad para resolver situaciones cotidianas. Una constante losa pesa sobre tu cabeza de manera casi constante y te impide estar tranquilo. La culpa se puede aliviar de manera momentánea, la culpa puede “distraerse”, pero la sensación de la responsabilidad no cubierta acaba por acompañarte siempre: «lo que tendría que haber hecho pero no llegué a hacer» y los reproches sociales y personales que ello conlleva.

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La culpa se puede aliviar momentáneamente pero la sensación de la responsabilidad no cubierta acaba por acompañarte siempre. Foto: rpp

Y sabemos que estamos procrastinando cuando modificamos constantemente nuestros objetivos “sobre la marcha”, alejándonos de nuestros verdaderos intereses y descuidado pequeñas cosas que acaban siendo grandes porque termina por modificarse el sentido que le damos a las cosas. Pero, si tanto desgaste acompaña al “ya lo haré mañana”, ¿por qué seguimos engañándonos con la misma cantinela?

En la emoción está la respuesta. Cada vez que nos planteamos un objetivo, por mucha o poca relevancia que éste tenga sobre nuestra vida, lo hacemos en base a un proceso racional: tomamos una decisión basada en el análisis de nuestra realidad actual y nuestras pretensiones de desarrollo personal. La racionalidad pesa por encima de lo más inmediato. Por ejemplo, tomo la decisión de ponerme a dieta porque el médico me ha explicado que eso es lo mejor para mi salud en el largo plazo, y me merece la pena hacer el esfuerzo  sostenido en el tiempo para alcanzar una meta que considero beneficiosa para mí. Sin embargo, después de esta preciosa declaración de intenciones, me choco de bruces con la realidad.

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Nos cuesta mucho mantener la motivación en el tiempo. Siempre aparece el deseo para pervertirnos

Y aquí llegan las emociones y la necesidad de reforzadores en el corto plazo. A las personas nos cuesta mucho mantener la motivación en el tiempo si no somos capaces de apreciar alguna consecuencia inmediata a la que “agarrarnos”. Cualquier situación se convierte en distractora de este objetivo que tan racionalmente se había planificado. Me doy motivos en el corto plazo para sucumbir al impulso y la emoción se interpone en nuestro camino. El deseo viene a pervertirnos cuando queremos evitar fumar ese cigarro o no comer ese trozo de chocolate, del mismo modo que la desidia o la pereza vienen a alejarnos de la llamada o la gestión que por responsabilidad debíamos hacer.

Y nos preguntamos: “¿Realmente pasa algo por no hacer esto hoy?” Y probablemente podamos comprobar que no. Pero lo cierto es que sí acaba pasando a fuerza de acumular muchos ‘hoys’. En el corto plazo, la emoción le gana el pulso a la razón y nos impide, precisamente, pensar más allá. Le dejamos al ‘futuro yo’ el arduo trabajo de enmendar los errores del ‘yo presente’. Y entonces, ¿cómo salimos de la espiral a la que la procrastinación nos conduce?

Honda Civic. Foto: Honda. Haz clic para conocerlo
Honda Civic. Foto: Honda. Haz clic para conocerlo

Hace unos años, Honda, el gigante japonés del automovilismo, que fabricaba ya decenas de modelos de vehículos distintos, se enfrentaba a la misma cuestión. ¿Por qué sus clientes se arriesgaban a quedarse tirados en la carretera antes de pasar las revisiones pertinentes? La marca nipona agrupó las piezas de recambio de sus coches en base a “intervalos técnicos” de mantenimiento y elaboró así una tabla de revisiones periódicas en base al kilometraje. En la tabla se explicaba de manera muy clara qué era lo que se hacía en cada una de las revisiones y por qué. Cada revisión tenía sentido, estaba secuenciada, organizada en el tiempo y se sabía de antemano lo que iba a costar. Se venció la desidia y los talleres de Honda, y de otras marcas como Ford, se llenaron.

Veamos lo que podemos concluir a partir de este ejemplo:

1.      Anticipa lo que vendrá después. Puede que no vayas a vivir las consecuencias negativas de tus actos manera inmediata  pero eso no significa que no puedas proyectarte sobre ellas. Escríbetelas en un momento de tranquilidad o grábate una nota de voz, imagina lo mal que te sentirás en base a lo mal que te sentiste la última vez que pasó lo mismo y trata de protegerte.

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Apunta las cosas y anticípate a lo que vendrá después. Foto: moleskine. Haz clic para comprar

2.      Escucha a tus emociones. Las emociones negativas como la vergüenza o la culpa te avisan de que no vas por el buen camino. Son suficientemente incómodas como para querer quitártelas de encima. Y, “como el movimiento se demuestra andando”, este tipo de emociones sólo se resuelven “haciendo”, desplegando nuevas estrategias de afrontamiento que resuelvan el conflicto personal que las originó.

3.      Cuando no hay autocontrol, externalízalo. Ponte topes en la tarjeta de crédito, dile al estanquero que no te venda tabaco, tira todo lo que en la despensa no debas comer, reserva con meses de antelación un hueco inamovible en la agenda para tus revisiones y ponte recordatorios en el móvil. Ponle las cosas fáciles a tu futuro ‘tú’. Para quienes no tenemos el genio de Oscar Wilde y no podemos aplicarnos eso de que “la única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella”, existen multitud de apps para el móvil que nos ayudan a externalizar ese control del que a veces carecemos. Pedirle a Siri que te ayude a “recordarte y empujarte a hacer eso que tanto te cuesta”, si tienes un Apple Watch, es una de las mejores opciones.

Controla tus plazos con apps y relojes inteligentes como el Apple Watch
Controla tus plazos con apps y relojes inteligentes como el Apple Watch

4.      Ponte plazos, fija metas pequeñas y recompénsate cuando las alcances. De los 12 kilos que tienes que perder empezarás por perder 500 gramos en la primera semana: haz que esto sea motivante en sí mismo y no una decepción por lo lento que será alcanzar tu objetivo. Nada que sea muy relevante en tu vida se conseguirá de manera inmediata y pocas motivaciones se sostienen en el tiempo si no hay refuerzos. Plantéate pequeñas metas y prémiate cuando las hayas alcanzado.

5.      Déjate tiempo para reaccionar y no te dejes engañar. Cada excusa que te das a ti mismo para abandonarte en el camino está cargada de auto engaños. Déjate un margen de 15 minutos antes de sucumbir a impulso, ya sea el de hacer o el de dejar de hacer, y repítete en voz alta los motivos que te das para procrastinar. ¿Te lo sigues creyendo? Déjale tiempo a la razón para que pueda manifestarse.

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