¿Te falla la memoria?

Tendemos a fijarnos más en los fallos de nuestra memoria que en la cantidad de veces que nos hace la vida más sencilla.

Ana Villarrubia. 15/10/2015

Nos falla la memoria y tendemos a considerar ese incidente como un síntoma inequívoco de declive mental. “Esto es señal de que voy a tener Alzheimer”, “¡Qué mal tengo la cabeza!” o “Soy un desastre” son sólo algunas de las joyitas que nos decimos a nosotros mismos cada vez que un fallo de memoria se cuela en nuestra experiencia cotidiana.

Nos perturba que algo tan humano como la memoria, nos falle. Cuando en realidad debería impresionarnos lo bien que funciona la mayor parte del tiempo y lo escaso de sus fallos en comparación con la enorme cantidad de veces que la asombrosa capacidad de almacenamiento de nuestra memoria nos saca de apuros.

La memoria nos permite recordar detalles lejanos en el tiempo de, por ejemplo, una primera cita
La memoria nos permite recordar detalles lejanos en el tiempo de, por ejemplo, una primera cita

Recordamos desde cómo conducir nuestro coche hasta el traje que nos hizo la abuela en la función del colegio a los 6 años, pasando por las direcciones de muchos de los restaurantes de nuestra ciudad, el nombre de muchos autores literarios, el camino de vuelta  a casa o aquella cafetería en la que tuvimos nuestra primera cita con nuestra pareja actual hace más de 20 años.

Desde que abrimos un ojo a primera hora de la mañana nuestra memoria se pone en marcha para hacernos la vida más fácil: lejos de tenerlo en cuenta maldecimos el momento en el que olvidamos dónde habíamos dejado las llaves de casa el día anterior. Así somos, pura exigencia. Y por eso nos desesperan las lagunas de memoria que, en un momento dado, pueden llegar a ponernos en un aprieto.

Olvidamos cosas cotidianas porque cambiamos de escenario
Olvidamos cosas cotidianas porque cambiamos de escenario

Las huellas de memoria se desvanecen con el tiempo, se transforman por inatención, se bloquean puntualmente, resultan sugestionables por el entorno y decaen por el desuso. Daniel L. Schacter, psicólogo norteamericano y  profesor en la prestigiosa Universidad de Harvard, relata con maestría los principales errores del funcionamiento cotidiano de nuestra memoria en la recomendable obra ‘Los siete pecados de la memoria’.

Los pequeños errores que nos hacen perder tiempo son los menos graves y los más comprensibles, pero los que más interfieren con el desarrollo de nuestras actividades diarias y los que más nos desesperan. Y curiosamente la mayoría de esos errores tienen que ver con los escenarios en los que tratamos de recordar la información. Comprende cómo funcionan ‘los escenarios de tus recuerdos’ para utilizar tu memoria de manera más eficaz.

Los siete pecados de la memoria de
Los siete pecados de la memoria de Daniel L. Schacter. Haz clic para comprarlo

Por qué nos falla la memoria con solo cambiar de escenario
Te levantas de la mesa del comedor teniendo muy claro que lo que quieres es más agua durante la cena. Cruzas la puerta de la cocina y unos segundos después te descubres a ti mismo de pie, paralizado, con una única frase resonando en tu mente: “¿A qué he venido yo aquí?”. Coges la sal, por ejemplo, y te plantas de nuevo en el comedor descubriendo entonces que sigues con sed y sin un vaso de agua que llevarte a la boca. ¿A qué se debe este error?

Pues bien, este tipo de errores son muy frecuentes porque nuestra memoria es tremendamente dependiente del contexto. Cuando codificamos algo, es decir, cuando aprendemos una información o nos fijamos en algo que luego querremos recordar, lo hacemos siempre en un determinado contexto situacional. Y muchos de los elementos de ese contexto se codifican junto con el elemento a recordar. Por eso el mobiliario, algún detalle de la decoración, el tipo de luz del cielo o el color de las paredes forman parte del recuerdo completo de lo que en ese escenario se codificó.

Cuando volvemos a la mesa nos volvemos a acordar de que queremos agua
Cuando volvemos a la mesa nos volvemos a acordar de que queremos agua

Todo el conjunto de elemento que codificamos de manera anexa a lo que verdaderamente queremos recordar pasa a formar parte de un conjunto de ‘claves de recuperación’. Esto significa que su mera presencia facilitará el recuerdo de la información concreta. Cuantas más claves de recuperación, más fácil será que la información que quiero recordar no se me olvide y esté disponible cuando la necesite.

Por eso si codificamos el recuerdo de “quiero agua” en el comedor al llegar a la cocina no habrá ningún elemento disponible para su recuperación. Es más probable que volvamos a recordar de vuelta al salón (donde todas las claves de recuperación se encuentran disponibles y nos evocan el recuerdo inicial) que si nos trasladamos a otra habitación.

El experimento se realizó con buzos
El experimento se realizó con buzos

Las claves de recuperación ayudan a comprender la importancia de los escenarios para el recuerdo: con solo visitar un viejo restaurante, escuchar una canción o recrearnos con un viejo olor nos vienen a la mente todos los recuerdos para los cuales esos escenarios estuvieron presentes. Nos viene a la mente todo lo que vivimos mientras esos estímulos estaban presentes. De aquí lo evocador y emotivo que pueden llegar a ser estímulos aparentemente neutros como un perfume o una puesta de sol.

Un experimento llevado a cabo en el año 1975 fue el primero de muchos en analizar este interesante efecto de los escenarios de la memoria como claves de recuperación. Se le pidió a un grupo de buzos que recordaran una serie de palabras mientras estaban sumergidos y se evaluó después la potencia de su memoria al recordar esas mismas palabras fuera y dentro del agua. Pues bien, su memoria falló de manera significativa al recordar esa serie de palabras aleatorias en un contexto distinto del contexto en el que habían sido codificadas. Una vez dentro del agua, de nuevo, el rendimiento de su memoria mejoró de forma espectacular.

Entrena tu mente, Rubio. Haz clic para comprar
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¿Cómo podemos utilizar todos estos hallazgos en nuestro beneficio? Ahora que somos conocedores de la importancia del contexto como clave de recuperación podemos afinar al máximo nuestra memoria y sacarle más partido. Cuando nos esforzamos en recordar algo no deberíamos centrarnos tanto en ese algo sino en qué contexto nos encontrábamos en el momento en el que pasó eso que queremos recordar. Pensar en el momento del día, la habitación, el coche o al calle en la que estábamos nos dará mejores resultados que obsesionarnos con lo que no nos viene a la mente y que, sin las claves adecuadas, nunca volverá.

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