¿Tienes miedo a no estar a la altura?

No te hagas líos y no te pongas el listón tan alto. De verdad, no pasa nada si te exiges un poquito menos.

Icono de fecha 28 Sep 2017 Icono de autor Ana Villarrubia
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La mayor parte de las personas personas exitosas, exigentes y perfeccionistas que acuden a mi consulta con marcados síntomas de ansiedad refieren tener, en diversas situaciones de su vida (especialmente en situaciones sociales), algo que coinciden en llamar ‘miedo a no estar a la altura. “¿A la altura de qué?” Les pregunto yo. De eso no están ya tan seguros. A ese miedo, en psicología, le llamamos “ansiedad de rendimiento”. Y muchas veces responde a pequeñas o  grandes carencias que arrastramos desde hace tiempo y que han terminado por mellar nuestra autoestima.

El miedo a no rendir lo suficientemente bien, a no llegar a un determinado umbral que nosotros nos fijamos de manera absolutamente arbitraria no solo nos genera un tremendo estrés sino que además puede llegar a ser pernicioso y actuar a modo de “profecía autocumplida”, siguiendo la siguiente fórmula: “creo que lo haré mal + aumento mi nivel de estrés por encima de los valores deseados + altero mis capacidades de atención + perjudico mi nivel de rendimiento = confirmo (porque me he empeñado en hacerlo) que “iba a hacerlo mal…” y continúo alimentando mis miedos para futuras ocasiones”.

Todo ello es el resultado de la anticipación de un posible fracaso en la ejecución de una tarea para la cual consideramos que nuestro rendimiento ha de ser muy alto, extremadamente alto incluso. Bien porque se trata de algo que consideramos muy trascedente en nuestra trayectoria de vida, bien porque entendemos que va a trascender (en la medida en la que muchos o muy relevantes ojos depositen su mirada sobre nosotros, supervisando la calidad de nuestra actuación, algo a lo que también le otorgamos la categoría de situación “importante en la vida”).

Dar un discurso también puede mellar nuestra autoestima

De lo que no nos damos cuenta es de que esta ansiedad, lejos de ayudarnos a hacer las cosas mejor, lo cierto es que puede llegar a ser tan intensa que llegue a bloquearnos, que nos paralice incluso. Un poquito de ansiedad nos pone “a tono” para realizar una tarea que requiere de toda nuestra atención. Este tipo de ansiedad, en cambio, al ser desproporcionada y provenir de expectativas tan infladas como irracionales, se convierte en un obstáculo. Un obstáculo, a veces, insalvable.

Estar a la atura en la cama, dar una imagen “perfecta” en un discurso ante una audiencia, no fallar en un examen de oposición, etc. Nuestras malditas autoexigencias están detrás de este tipo de situaciones. Nos exigimos el éxito rotundo porque entendemos que nos enfrentamos a algo tan sumamente relevante que las cosas no pueden salir de otra manera.  ¡Y ahí está nuestro principal error! Ni aquello a lo que haceos frente es tan trascendente ni la meticulosidad con la que analizamos nuestro desempeño responde a criterios objetivos.

Nuestro discurso interno, los mensajes que nos dirigimos a nosotros mismos pueden llegar a denotar una exigencia tan brutal, una necesidad de perfeccionismo tan absoluta, que caen del lado de la irracionalidad, de lo imposible. No nos damos cuenta de que ese listón es subjetivo, de que lo hemos construido nosotros a base de imponernos requisitos. Es exagerado e inasequible. No es verdad que eso que deseamos conseguir sea lo que otros esperan de nosotros, es solo aquello de lo que nos hemos auto convencido. Ni las cosas son tan importantes, ni se espera de nosotros que seamos unos dioses.

Dar la altura en la cama puede ser una causa de estrés

¿Es preferible que hagamos las cosas bien, sea lo que sea? Si, por supuesto, es preferible, pero no es necesario, rara vez se trata de una cuestión de vida o muerte. Las consecuencias de fallar nunca son tan desastrosas como nuestros pensamientos prevén. El ser humano es falible, y todos lo sabemos. Todos tenemos la experiencia de haber errado, y todos comprendemos el fallo. De hecho, empatizamos con él, no lo censuramos.

¿Alguna vez has visto a alguien fallar delante de ti? Seguro que sí, en un entorno cercano o incluso en televisión delante de millones de espectadores. ¿Y qué fue lo que pasó después? Probablemente nada. Unos cuantos comentarios, unos cuantos cruces de opiniones, y luego nada. No se acabó el mundo. Nadie resultó herido. De hecho, la mayor parte de nosotros comprendemos el error, nos lo explicamos, lo contextualizamos, y hasta lo justificamos en un momento dado. Porque nos puede pasar a todos y así lo tenemos interiorizado. No vale medirse a uno mismo con una vara distinta de la que empleamos con los demás, como tampoco es justo hacer lo contrario.

La felicidad está también en la aceptación de las limitaciones, está en el disfrute de las cosas que sí está en nuestra mano cambiar, y en la aceptación de otras que desgraciadamente escapan a nuestro control. Desde la exigencia, no es posible vivir plenamente y con satisfacción. Personas que han vivido cosas verdaderamente importantes (una enfermedad, un grave accidente, la pérdida de un ser querido en situaciones trágicas, situaciones críticas) finalmente llegan a la conclusión de que “no hay que tomarse las cosas tan en serio”, que se puede ser muy feliz desde la imperfección, que no pasamos pruebas de fuego todos los días y que no tenemos que demostrar nuestra valía en cada una de las tareas que nos proponemos en la vida. ¿Por qué, entonces, exigirse esos estándares tan absurdos y desmedidos?

La próxima vez que te dispongas a hacer algo de eso en lo que tanto miedo te da fallar, te propongo que te lo tomes como un juego. Concéntrate en vivir el momento y en disfrutar o en aprender de él, en lugar de centrar tu atención en los pensamientos irracionales que te alejan de tu propia experiencia.

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