El secreto de ir de copas

Los speakeasy vuelven a estar de moda. Y los de Washington tienen un halo especial.

Dori Toribio. 06/04/2015
leyseca
Los speakeasy nacieron en los años de la Ley Seca

Vuelven a estar de moda. Ya no por obligación, sino por placer. Los speakeasy nacieron en Estados Unidos como establecimientos clandestinos que vendían alcohol, cuando estaba prohibido por la Ley Seca de los años 20. Hoy son tendencia mundial. En Washington florecen como nunca. Aunque son pocos los que consiguen recrear aquel espíritu secreto.

Bares secretos con persianas cerradas, llaves bajo el felpudo, puertas custodiadas por cabinas telefónicas en las que solicitar el código de entrada o contraseñas susurradas por una vidente sentada en un falso consultorio que esconde unas escaleras que dan a una trastienda… Es el renacimiento de los speakeasy, bajo el marketing del siglo XXI. Se reinventan aquellos bares clandestinos que hace casi un siglo nacieron en el Estados Unidos disecado por la Prohibición, el periodo en el que se ilegalizó la venta y el consumo de alcohol y tomarse una copa era misión imposible y muy arriesgada.

Hoy se agudiza la creatividad para ofrecer a los clientes una experiencia única basada en aquel recuerdo. La necesidad se transforma en curiosidad y placer. Pero recrear aquella clandestinidad ya no es tan fácil. Muchos de ellos tienen cuentas de twitter, instagram y críticos de pluma afilada dispuestos a escribir sobre ellos en los medios de comunicación de masas. Además de visitas rituales de celebrities como Roberto Cavalli, Lindsay Lohan o Kristen Dunst. Así que no ha quedado más remedio que reinventar el concepto. La clave está en ser lo más originales posible.

The Sheppard
The Sheppard

En Washington el listón está además muy alto. Esta ciudad tiene fama de alojar las tramas políticas más oscuras del mundo y la sensación de que algo se negocia cada noche a golpe de whisky en los tradicionales rincones de ocio de la capital. Una leyenda urbana, puede ser, que añade atractivo extra y responsabilidad adicional a los speakeasy de DC. El último en abrir sus puertas es The Sheppard, a cargo del chef Spike Mendelsohn y los empresarios Bernaise y Vinoda Basnayake. El nombre de este pequeño local en el centro de la ciudad está tomado del senador Morris Sheppard, responsable de la ley que en 1917 prohibió las bebidas alcoholicas en DC.

La decoración está basada en elementos de aquella época de la Ley Seca. Esta vez han querido simplificar el concepto. Nada de pasadizos secretos o camareros vestidos de los años 20. Sólo hay una regla: no se puede tomar fotos. Y a ser posible, hay que mantener el móvil alejado. La esencia de los speakeasy en su día era la privacidad. Poder tomar una copa de la manera más discreta posible, con la complicidad del camarero. Hoy, en estos tiempos de redes sociales y teléfonos inteligentes, la privacidad es un lujo extremo. The Sheppard opta por hacer este regalo a sus clientes. El local mantiene una romántica penumbra y erótica decoración, que no quiere ver deslumbrada por los flashes de los móviles ni el furor de los selfies.

El objetivo es dejar que los clientes disfruten de sus copas en paz y se desconecten del mundo durante un par de horas. Para ello no hace falta hacer reserva. Sólo esperar a que la luz ubicada en el lobby del edificio pase a verde y un afitrión espera pacientemente justo al lado del ascensor para acompañar a los clientes al último piso, donde espera un experimentado barman y un especializado menú alcohólico. La coctelería debe ser extraordinaria en cualquier speakeasy, sino nada de esto tiene sentido. Y una sorpresa más: no hay hora de cierre. Sólo cuando el último cliente decida acabar su último cóctel, entonces llega la hora de poner punto final a la noche.

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The Gibson

La lista de speakeasies en Washington es variada. Y no siempre es fácil encontrar sitio. Del Harold Black, en el barrio aledaño al Capitolio, al Dram & Grain o Columbia Room. Uno de los clásicos es The Gibson, en el histórico U Street Corridor, conocido como “Black Broadway” en la década de 1920, un barrio que presume del legado musical de Duke Ellington y Billy Taylor y aún recuerda las sombras de los disturbios racial de 1968. El local tiene una entrada peculiar, cómo no. Ninguna señal en la puerta. Sólo un timbre con un pequeño cartel escrito a mano, en el que dice The Gibson.

La puerta se abre y alguien revisa la identificación, al tiempo que controla el número limitado de personas que puede estar dentro. Nadie puede estar de pie. Por lo que si no hay sitio, apunta el número de móvil y envía un SMS cuando quede una mesa libre. Lo que espera dentro es un ambiente tranquilo, entre velas y carta de cócteles de primera. Si no hay manera de decidirse, lo mejor es preguntar al barman, que sabrá recomendar lo mejor adaptado al gusto del cliente y asegurarse de que vuelva por allí. La intención es hacerle sentir único, privilegiado por poder acceder a este rincón clandestino y de calidad. Y cuando el local lo consigue, el speakeasy se convierte en una experiencia diferente, personalizada y muy rentable, en estos tiempos de oferta comercial infinita.

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