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¿Por qué estoy más reacia a quedar con gente?

Después del confinamiento, hay muchas personas que sienten miedo real al contacto social. ¿Cuánto y cuándo deben preocuparnos estos comportamientos?

Ana Villarrubia. 23/07/2020

Son muchos los motivos por los que ahora es posible que te apetezca un poco menos relacionarte con los demás. Quizás tengas miedo y sientas que es más difícil hacer planes que impliquen salir y juntarte con otras personas, aunque sigas sintiéndonos vinculado a ellos. En parte, muchos de esos motivos son lógicos y adaptativos: por suerte rigen principios de coherencia, de prudencia y de responsabilidad.

Quienes nos hemos concienciado durante estos últimos meses de la importancia de protegernos a nosotros mismos para también proteger a los demás no nos sentimos exactamente cómodos con quienes parecen haber olvidado la gravedad de la situación vivida, y se comportan a veces con dudosa sensatez. Tantas restricciones y limitaciones, tanto dolor… Todo puede caer en saco roto si no le damos continuidad a los esfuerzos que colectivamente hemos hecho todos por contener virus.

Por eso puede ser, a todas luces, incongruente recuperar antiguas costumbres sin tener en cuenta el riesgo sanitario que estas conllevan. Conviviendo con un virus para el que no existe vacuna, frente al cual aún no tenemos más protección que la mascarilla, la higiene y la distancia de seguridad entre las personas.

A pesar de las medidas de seguridad, sigue habiendo miedo

¿Tienes miedo o te has acostumbrado al distanciamiento?

Sin embargo, no todo se debe a nuestra concienciación y respeto social. Otros de los motivos por los que es posible que algunas personas tengan menos ganas de actividad social tienen menos que ver con la práctica activa de la sensatez y tienen mucho más que ver con la evitación pasiva (y quizá también inconsciente) de la realidad. Y es que muchas personas se han adaptado a las limitaciones de contacto social que imponía el confinamiento, y pueden haber experimentado un proceso de apatía y habituación.

En un primer momento, sanamente, afarolaron sus mecanismos adaptativos más eficaces. Hicieron lo posible por adaptarse al encierro, pero fueron tantas las semanas a lo largo de las cuales se prolongó, y había tanta incertidumbre con respecto a las fechas de desconfinamiento, que se acostumbraron a vivir con menores niveles de estimulación social. Y ahora pueden experimentar ciertas dificultades personales a la hora de recuperar el ritmo. A fin de cuentas, las 4 paredes de nuestra casa nos protegieron, y entre ellas hemos aprendido a sentirnos seguros. Gracias a ellas, también, hemos evitado afrontar algunas de las cosas que hay que resolver ahí fuera…

Todo ello, además, sin olvidar que aún existe miedo. Que es posible que tengamos alrededor a personas muy queridas, que pueden ser físicamente vulnerables. Y que este dichoso virus ha demostrado que se contagia con tanta facilidad que existe un inmenso temor al contagio, tanto por la anticipación del padecimiento de la enfermedad (también tan impredecible, peligrosa y desconocida aún) como por la mera idea de poder contagiar a otros.

Las paredes de casa nos protegían… ¿pero ahora?

¿Cuándo debo preocuparme?

Que sea preocupante o no es una cuestión diferente en cada caso. Hay que atender a distintas variables, tanto individuales como circunstanciales, para poder extraer conclusiones acerca de si una persona está siendo sencillamente cauta, o si, por el contrario, está empezando a desarrollar algún tipo de sintomatología de índole psicológico. Una que pase aparentemente encubierta tras el manto de la asunción completa de la responsabilidad individual.

Debe preocuparnos la salud emocional de una persona cuando el miedo le desborda. Cuando la evitación es excesiva, cuando el temor le impide hacer otras actividades cotidianas que debería poder ejecutar para seguir funcionando en la vida. También cuando se siente desprotegida o desvalida incluso respetando concienzudamente todas y cada una de las medidas de seguridad que se saben eficaces para prevenir los contagios. 

Una cosa es reducir el nivel de actividad social debido a que ciertas actividades o encuentros se plantean en escenarios no parecen demasiado seguras  – es decir, elegir muy bien qué hago y con quién lo hago, cómo me protejo y qué precauciones les pido a los que me rodean – y otra muy diferente es eximirse de demasiados estímulos hasta el punto de encontrar que el aislamiento o la soledad son el único refugio.

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Dar un paso al frente y seguir informándonos, es lo mejor para vencer el miedo

¿Cómo hacer, entonces, para vencer el miedo que paraliza?

Desde el enfoque psicológico el punto de inflexión es clarísimo. Hace falta encontrar el equilibrio y la fórmula es la siguiente: información, protección y asunción justa de responsabilidades. Por supuesto que aún hay desconocimiento y por supuesto que en el pasado hubo confusión y se vertieron informaciones contradictorias incluso desde fuentes oficiales. Pero contextualicemos aquél caos: nos encontrábamos en un momento en el que las cosas eran bien diferentes.

Ahora sí que disponemos de algunas certezas más que contrastadas: lavarnos las manos siempre que podamos, no tocarnos la cara si estamos en la calle sin desinfección posible, llevar siempre puesta la mascarilla ante la más mínima interacción social, mantener distancias... Sabemos que estas medidas funcionan y con ellas hay cosas que se vuelven más incómodas pero la balanza tiene dos elementos claros: ¿Qué es mejor en cada caso y en cada circunstancia personal? ¿Desarrollar determinadas actividades y hacer algunas cosas con incomodidad o renunciar a ellas por completo? Aquí es donde se trata de encontrar el equilibrio.

Sigue informándote y saldrás adelante

Contra el miedo, información

El miedo solo se vence con información contrastada. Con pruebas de realidad, con hechos y con evidencias que permitan ganarle terreno a los “razonamientos emocionales”, que solo pueden ser errados, que conducen a comportamientos disfuncionales que están plagados de distorsiones. Y sustituirlos por una corriente de pensamiento y de interpretación de la realidad absolutamente racional, coherente y lógica.

Hemos de razonar con los datos en la mano, en términos hipotético – deductivos y probabilísticos. Posible es todo, probable no tanto. Como todo en la vida, el riesgo cero no existe, con solo poner un pie en la calle estamos expuestos a miles de situaciones posibles. Pero más allá del azar asumible hay muchos elementos de nuestra protección que dependen de nosotros mismos, que implican poner un mínimo de atención y de cuidado. Solo desde un razonamiento racional, valga la redundancia, nos aseguraremos de tomar las decisiones que menos potencial tengan para perjudicarnos.

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