Chabeli Iglesias y Ricardo Bofill, 25 años después de su boda

Hoy podrían celebrar las 'Bodas de Nada', porque su matrimonio duró apenas un año y medio. Un enlace que sucedió un día como hoy hace 25 años.

Josep Sandoval. 11/09/2018

Me van a perdonar que sea muy personal. Aparte de la politizada fecha señalada, tengo tres especiales. Una, la de 1978 cuando descubrí en exclusiva a Robert de Niro y su entonces esposa, Dianne Abbot, en Sitges, cuando el actor estaba en la cresta de la ola, y aquí no lo vio nadie más. Otra, la de 2001, cuando no pude ir al desfile de Custo en Nueva York, evitando el agobio del desastre de las Torres Gemelas. Y tres, la de 1993 cuando se celebró la boda de Chabeli Iglesias con Ricardo Bofill.

Las tres fechas me aportan respectivamente felicidad, suerte y perplejidad. De esta última se cumplen hoy 25 años, y lo que podrían ser sus bodas de plata es sólo un recuerdo tontorrón de la no menos decolorada prensa rosa. Aquella que vive una semana, lo que tardan en aparecer las revistas, aunque eso era antes, porque ahora con programas diarios del asunto las noticias apenas duran veinticuatro horas, a menos que las estiren a falta de una sucesora digna.

Chabeli era la hija de la pareja mágica, Julio Iglesias e Isabel Preysler, y él de Ricardo Bofill, arquitecto de carisma internacional, y Serena Vergano, actriz italiana bellísima al corte de Luces Bosé. Coincidían los dos en caprichosos, en ser un par de pijos acostumbrados a hacer lo que les venía en gana, disponer de dinero familiar y carecer de problemas existenciales más allá de decidir cómo se divertirían por la noche. Vivían al día, aunque él prefiriese la noche, atracción a cuyos excesos ella no sucumbió jamás, más por entereza y tozudez personal.

Exclusiva de la boda en la revista ¡Hola!

Se acostumbraron al dinero fácil: dicen de Chabeli que las ganancias de su primera exclusiva fue un escaparate plagado de juguetes que le ofreció un reportero siendo aún una niña, a cambio de una información doméstica. Lo de Bofill empezó más tarde, educado en otros esquemas familiares y en otro paisaje, lejos de la meseta, por lo que su popularidad no le facilitaba dividendos. Aunque eso de las parejas no fue una fuente de ingresos para Chabeli, que no comercializó ninguno de sus romances, entre ellos los que mantuvo con Antonio Garrigues Miranda, su primer amor; con Alfonso Goyeneche, hijo de la condesa Ruiz Castillo; o con el aspirante a playboy Pablo Hohenlohe, apodado Garbancito de la Mancha no se porqué.

Ni por supuesto el que vivió con el americano James Miller, con quien tuvo un accidente que casi la lleva a la tumba. Ni el que decidió su vida, Cristian Altaba, mallorquín asentado en EE.UU., y padre de sus dos hijos, Alejandro (17) y Sofía (7), con los que vive de nuevo en Miami. Escribo de nuevo porque estaban instalados en Carolina del Norte, pero el trabajo de él ha ido trasladándole de un lugar a otro. Y también el de ella, que localiza casas que le gustan, las compra en el estado en que se encuentren, las rehace, decora y se instalan allí hasta que encuentra otra que le gusta más, y repite la operación.

Isabel y Mario son inseparables desde el comienzo de su relación

Apartada de la fama gloriosa del colorín, Chabeli amadrinó la Navidad de 2015 el árbol de Swarovsky en Barcelona, de donde había sido ciudadana honoris-fiesta durante aproximadamente tres años de explosiva relación, 18 meses de pareja y otros tantos de matrimonio, él de chaqué y ella de Valentino. Esta vez, a pesar de la fiesta, el traje y los fotógrafos, apenas nadie la reconocía en la ciudad y ella estaba particularmente feliz por ello.

Cada día más parecida a su padre en voz, tono, gesto y perfil, le pareció divertido que en la cena ofrecida por Porcelanosa en Nueva York para oficializar la relación de mamá Preysler con Mario Vargas Llosa (de quien confesó no haber leído nada), el libro que nos regalaran a los setecientos comensales fuera ‘Travesuras de una niña mala’, traducido simplemente como ‘The bad girl’, título con el que, bromeó, no se sentía en absoluto identificada.

Volvamos a la boda veinticinco años atrás, que reunió a flor y crema pastelera de la ya de por sí discreta sociedad catalana, y la más habituada al cancaneo llegada de Madrid, curioso cóctel que mezcló a Pitita Ridruejo con Terenci Moix y Carmen Martínez Bordiú con Pedro Portabella, por no citar blasones locales, y, por supuesto, los dos maridos de Isabel Preysler, Carlos Falcó y Miguel Boyer, entonces su actual esposo.

La boda tuvo lugar en el Taller de Arquitectura de Ricardo Bofill. Foto: wikipedia

No fue una boda multitudinaria, todo lo más 150 invitados convocados en el Taller de Arquitectura de Bofill, padre, situado en Sant Just a las afueras de Barcelona, rebautizado el silo, porque lo fue en tiempos anteriores. Una construcción fantástica adaptada con singular precisión para uso doméstico, donde apenas unas semanas antes se celebró un party en honor de Jennifer López y su entonces marido, el cubano Ojani Noa.

Si lo que un día fue matrimonio de año y medio echa la vista atrás se dará cuenta del error del enlace y que, dentro de lo que cabe, a los dos les ha ido bien posteriormente. Chabeli tiene su familia y su negociado particular y se lleva de miedo con sus padres y las relaciones de éstos. Ricardo ha enterrado el diminutivo, y ya es Ricardo, todo un señor arquitecto que firma proyectos en nombre de su padre y propio por todo el mundo, superando una época de excesos sobre la que pormenorizar es meterse en espinoso jardín de trifulcas televisivas, dependencias varias, una diáspora personal que se canalizó por el bien de todos.

También se lleva de miedo con las relaciones de sus próceres (creo que comparten silo) y se ha engordado notablemente, lo que le ha hecho perder atractivo físico. Pero tal vez mejor así. Quizá sea lo correcto para evitar salpicar de tentaciones un nuevo proyecto de vida del que forma parte (o formaba porque hace tiempo que no sé de él) la actriz Ana Turpin. Si lo han dejado, una pena, porque habían logrado un equilibrio que en el caso de él fue bastante difícil de conseguir. Ojalá lo recuperen en el metal de boda de estos 25 años que jamás fueron diseñados para ser de plata.

Y atrás, pero que muy atrás, queda la relación que mantuvo Ricardo entre 1995 y el 2004 con Paulina Rubio, a quien incluso llegó a diseñarle una sensacional casa en Miami. La pareja, que rompió por excesiva afinidad de usos y costumbres, llegaron a simular una preboda en Mali, África, en diciembre de 1999, pero se les rompió el amor, como diría un cursi. Lo que no se sabe es con quién lo estropeó cada uno, pues sí que hubo terceras personas.

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