¿Sabes quiénes son tus verdaderos amigos?

Solo en las relaciones profundas se da ese maravilloso fenómeno que consiste en sentir que la intimidad es compartida y el afecto es recíproco. Pero, ¿estás seguro de que esos a quienes llamas amigos te consideran a ti también como un amigo?

Ana Villarrubia. 01/09/2016

La amistad no tiene precio. De esa premisa partíamos aquí cuando analizábamos hace unas semanas un fenómeno que nos dejaba tan inquietos como escépticos, el de los amigos de alquiler. Criticábamos entonces este nuevo mercado que, mal entendido, puede llegar a representar la más clara perversión del concepto de amistad. Frente a la lenta -y costosa- construcción de una relación de amistad, su mercantilización no solo es frívola, sino que puede llegar a ser enfermiza en tanto en cuanto elimina del mapa en un segundo todo el proceso de aprendizaje emocional que se esconde detrás.

Desde niños buscamos la complicidad con los demás
Desde niños buscamos la complicidad con los demás

Las relaciones de amistad se asientan en una regla tan básica como implícita de reciprocidad social. Los seres humanos somos seres sociales y, como tales, hemos desarrollado una profunda sensibilidad para percibir al otro. Reaccionamos ante los estados emocionales de los demás y somos tremendamente empáticos. Lo hacemos no solo para cuidar del otro, también para ser cuidados. Por eso reaccionamos muy instintivamente ante las atenciones que otras personas depositan sobre nosotros.

Nos gusta que nos quieran, nos gusta que nos traten bien; y casi siempre tratamos de ‘devolver los favores’, porque nos gusta corresponder a quienes nos hacen la vida mas amable. No lo hacemos tanto por altruismo sino más bien en espera de seguir promoviendo el apoyo y el trato amable de los demás. La vivencia de los intercambios sociales recíprocos es muy gratificante, en ambos sentidos.

Nos gusta que nos quieran y sentirnos integrados en un grupo
Nos gusta que nos quieran y sentirnos integrados en un grupo

Esa reciprocidad social toma forma cada día a través de decenas de pequeños gestos: desde una sonrisa que responde a otra sonrisa, a una llamada de aliento a un amigo que un día nos alivió también con su apoyo, pasando por un detalle con el que agradecemos el buen trato que otros nos han dado. Nuestro día a día está lleno de cordialidades que, como mínimo, promueven la construcción de arraigo social. Y, en última instancia, junto con otros factores constituyen también la base de nuestras relaciones de afecto.

Sin embargo, parece que la reciprocidad formal no conduce necesariamente a otro tipo de reciprocidad más profunda, que sería aquella vinculada exclusivamente al ámbito íntimo o emocional. Resulta que la percepción que tenemos de la amistad que otros nos profesan, generada muy probablemente a través de la observación de gestos cotidianos, está distorsionada por nuestro deseo de gustar y ser queridos. Somos tan sensibles al buen trato de los demás que llegamos a depositar afectos sobre personas que, en el fondo, no nos corresponden. Típicamente humano.

A veces confundimos amistad con afecto o un gesto de empatía
A veces confundimos amistad con afecto o un gesto de empatía

Ahora, un reciente estudio publicado en la revista científica PLOS ONE, vuelve a disparar nuestras alarmas y a dejarnos vendidos en esto de la amistad. Sabíamos que los buenos amigos a lo largo de la vida pueden contarse con los dedos de una mano, lo que no sabíamos es que muchas de esas personas a quien consideramos verdaderos amigos y en quien depositamos nuestros afectos, en realidad no nos corresponden en absoluto. Se nos ponen las cosas cada vez más difíciles.

Aquél a quien consideras amigo puede no serlo realmente. El trabajo de investigación coordinado entre investigadores de la Universidad de Tel Aviv y del siempre prestigio Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) analizó la percepción de correspondencia de las relaciones de amistad entre 84 estudiantes de una misma clase universitaria. Se les pidió que realizaran un sencillo análisis de sus relaciones de amistad, clasificando a sus compañeros en función de lo poco amigos o muy amigos que los consideraban. ¡Tan solo hubo reciprocidad en el 53% de los casos! Si somos tan sensibles y empáticos, ¿cómo se explica esta incapacidad para percibir la consideración que los demás tienen de nosotros?

Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano
Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano

Todo terreno íntimo es un campo abierto a la vulnerabilidad. Basta que hayamos compartido algo que consideremos privado con alguien, para que le tengamos en una estima diferente, como si nos dijeses que ese alguien “debe ser importante si conoce o ha presenciado esto que tanto me importa”. Y, de ahí, si esa persona es importante para uno, cuesta mucho entender que nosotros no lo seamos también para ella. Una amistad no correspondida afecta a nuestra autoestima y cuestiona la percepción de nuestra propia valía personal. Por eso nos cuesta tanto verlo.

No hacemos un diagnóstico nada afinado, porque no se trata de un diagnóstico objetivo: creemos que nos consideran como amigo todos aquellos a quienes nosotros tenemos en alta estima, a quienes queremos y valoramos. Si yo te quiero, si hemos compartido algunas vivencias y si yo te considero un amigo, ¿cómo voy a contemplar siquiera la posibilidad de que tú no me consideres el mismo modo?”. Nos cuesta horrores asumir que otra persona pueda tener un discurso y una visión muy diferente sobre la relación que compartimos.

Los verdaderos amigos te impulsarán a mejorar
Los verdaderos amigos te impulsarán a mejorar

La presión del amigo de verdad. También en este estudio se observó de qué manera la amistad, cuando sí es recíproca -y verdadera- funciona como instrumento de presión social. Ante cualquier tarea que requiera esfuerzo, como pueda ser la de hacer ejercicio físico, quienes sienten la presión del juicio o de la opinión de un amigo cercano, se esfuerzan más en progresar y alcanzar metas, que quienes tienen una amistad que saben que es solo unilateral o no correspondida del todo.

La mirada de quien nos importa, de aquel con quien tenemos una relación que perdurará en el tempo, nos motiva y nos ayuda a superarnos. Cuidemos, por tanto, todas esas relaciones que son, o que queramos que sean, de amistad.

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