Gastro

La buena reputación

Hijo de un político peruano, el cocinero Gastón Acurio se ha convertido en uno de los empresarios más rutilantes de América del Sur.

Fernando Gallardo. 17/03/2015
Gastón Acurio
Gastón Acurio. Foto: rpp.com.pe

Algunos se empeñan en destruir en un solo día lo que otros han empleado años en construir: el buen nombre. Ese concepto hoy conocido por la reputación online, o qué hacer para ganarse el aprecio y la confianza de los demás. Como el cocinero Gastón Acurio hace, cada día, en Perú.

Hijo de un conocido político peruano, el cocinero Gastón Acurio se ha convertido en uno de los empresarios más rutilantes de América del Sur. Casi todo lo que toca con sus fogones se convierte en oro inca. Casi todo lo que hace o dice va a misa y seguramente llega hasta el Vaticano. Muchos permanecen a la espera de que todo aquello que piensa en favor de las comunidades locales lo lleven algún día a disputar —y, seguramente, ganar— la presidencia del Perú.

Acurio cultiva bien sus vínculos con España. El crítico hoy más reputado del Perú, Ignacio Medina —que no es peruano, sino español—, le mantiene informado de la actualidad gastronómica en el país donde aprendido a ser cocinero y, probablemente, persona. De joven, cuando el destino le tenía reservado un puesto en la cura política peruana, viajó a Madrid y se matriculó en la Universidad Complutense para cursar estudios de Derecho. Pero un buen día se hartó de memorizar leyes y le anunció a su pasmado progenitor que lo suyo eran los fogones. Huyó del academicismo formal madrileño para formarse en la cocina donde entonces reinaba sin sombra el genial José Mari Arzak. Sí, allá en las nubes, en el Alto de Miracruz, San Sebastián.

Cebichería La Mar, Lima.
Cebichería La Mar, Lima.

Quién le iba a decir entonces a su egregio padre que el cocinero Gastón llegaría incluso más alto que él en la consideración de los peruanos… Y es que hemos tenido que quemar herejes y provocar holocaustos hasta llegar a un punto de la Historia en que un chef sea mejor valorado que un político en el star system universal.

¿Cómo esto?, le pregunté en cierta ocasión que visité su cebichería La mar, en Lima. “Pues gracias a aquello que me infundió mi padre y que se conoce aquí como el buen nombre…», respondió. Lo mismo que en España, pensé mientras recordaba a mi padre, que también me hablaba con frecuencia del «buen nombre». Ya desde muy niño sabía a qué se refería. Y a lo largo de mi vida profesional no he hecho otra cosa que cultivar y preservar la buena reputación de mi apellido.

Cebichería La Mar, Lima
Cebichería La Mar, Limalu

No el pedigrí o el honor de la familia. No el lustre de mi ascendencia o su herencia a través de las sucesivas generaciones. No la boca llena de palabrerías. Sino la expresión pública de la honradez y la conducta cabal, la satisfacción del deber cumplido, el placer de hacer bien las cosas y reconocer a su vez las cosas bien hechas, la rectitud en el obrar de las personas, el rigor en el ejercicio de la profesión, la bondad y la generosidad con los transeúntes… En definitiva, el no ofender a nadie ni dar pie a que te retiren el saludo por la calle.

El buen nombre extrapolado al mundo empresarial sería equivalente a eso que llamamos el reputación de marca. Un concepto más vigente que nunca en estos tiempos de corruptelas políticas, empresariales y sindicales donde algunos se empeñan en destruir en un solo día lo que otros han empleado años en construir. Porque la ambición desmedida de algunos y la chabacanería de otros atentan, desde luego, contra el buen nombre de sus empresas. Y, al final, viene lo que viene: el mal nombre.

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