Diarios de Canela: Manías, S.A.

Son el resultado de años de refinamiento, meditación horizontal y exposición solar trascendente.

Canela 1
Con ropa, no soy la misma

Ya que mi amo (con mi consentimiento, eso sí) lleva un par de semanas desnudando impúdicamente mis intimidades caninas para que ustedes los lectores sacien su ansia de cotilleo (no lo nieguen), hoy nos lanzamos al barro de las confesiones y les contaré algunas manías que me definen y que a la vez me hacen irrepetible. No se vayan a creer que han surgido por generación espontánea, no. Son el resultado de años de refinamiento, meditación horizontal y exposición solar trascendente.

Si siguen mis Diarios con asiduidad, conocerán ya mi pasión por los abueletes, mis rutinas Zen de todos los días, así como mis querencias culinarias. Todas cosas entrañables y simpaticonas, de las que hacen sonreír y generan buen rollito. Sin embargo, una tiene otras rarezas marca de la casa que resultan menos comprensibles. Bueno, al menos mis amos no aciertan a comprenderlas. Hoy les voy a contar tres de esas extravagancias. Tal vez algún lector generoso pueda iluminarnos con alguna explicación razonable sobre ellas, que no tenga que ver con la parapsicología perruna. Si es así, todos agradeceríamos (incluyo yo misma) que lo compartiera.

Canela abrigo
Con jersey o abrigo, no soy yo misma

Manía Number One: NO, absolutamente NO, a la ropa.
Como pueden ver en la foto de portada, no luzco mal con ese cálido jersey naranjito de punto, el primero que mis amos me compraron con la esperanza de verme pasear con él por las calles de San Sebastián de los Reyes, algo que no consiguieron entonces ni han logrado ahora en North Bethesda, donde todo can viste de Armani como poco. Fíjense bien en mi postura: mirada de lado, como si no fuera conmigo; orejas gachas (=”esto no me gusta un pelo”), y posaderas bien asentadas en lo alto de la escalera que lleva al rellano de la entrada. De ahí no me mueven.  Es ponerme un jersey, chaqueta, abriguito, botitas o cualquier otro accesorio de vestuario canino, y comenzar una huelga de patas caídas. Así como lo digo. No soy yo misma, me siento como si fuera a pasar algo y empiezo a hacer teatro del bueno. Digo yo que algo tendrán que ver las muchas sesiones de disfraces a las que me sometía mi amita Itziar cuando ambas éramos más cachorras: me vistió de Santa Claus, de reno y hasta de Virgen María, me vendó como estuviera accidentada, me puso capas, sombreros y pañuelos… qué les voy a contar. Algún trauma debo de tener ¿no? Lo más que ha conseguido mi ama hasta el momento (y eso, por ser ella, the boss) es sacarme de mala gana a pasear en la nieve de esta guisa (ver foto de arriba con el abrigo).

Manía Number Two: la lluvia y el viento, para quien los quiera.
A mis vecinos perrunos les encanta eso de retozar bajo la lluvia como Gene Kelly, pero yo prefiero estar bajo techo y bien sequita. Aborrezco que las gotas me sorprendan desde arriba y quedarme como una lechuguina en remojo: no es digno de una señorita. Así que también me resisto, usando mis bien ensayadas tácticas de desobediencia pasiva. Como soy de tracción a las cuatro patas, de perfil bajo y compacta pese a mi tipín, afianzo mi centro de gravedad a ras de suelo y a ver quién es el guapo o guapa que me mueve si no es a rastras. Salvo mi ama, claro está; las tontunas tienen un límite. Y no sólo odio la lluvia. El viento fuerte me da canguelo, sobre todo cuando mueve y hace murmurar las arboledas a mi paso. Terrorífico. Y no hablemos de los truenos y relámpagos: el sumo pavor. ¿Qué perro no les tiene miedo? En fin, un horror todo. Guau.

Canela 3
El ritual antes de dormir

Manía Number Three: la hora de dormir.
La foto secuencia que les ha preparado mi amo, y que ha sido tomada con toda nocturnidad (dice que para tener pruebas irrefutables) refleja uno de los momentos cumbres de la jornada: el de retirarme a mi cueva-aposento. Es una ceremonia que se ejecuta exactamente como ven en la imagen, de la misma manera, con idénticos pasos, TODAS las noches. De otra forma, no me voy a dormir. (1) Después de cenar y de mi paseo nocturno, mis amos se relajan tranquilamente en los sofás del salón. Es entonces cuando hago mi aparición, sentándome en un vértice del triángulo imaginario que formamos ellos, yo y mi cama. Advertirán que mi cuevita parece lista para ser ocupada, pero no: le falta EL TOQUE. También pueden ver que mi mirada inquisidora se dirige a quienes se hallan aposentados en el sofá. Puedo permanecer en esta postura de esfinge y con la mirada clavada en ellos todo el tiempo que haga falta. No es una mirada cualquiera, es LA MIRADA, esa que todo humano de la familia Puig Barreiro entiende y que significa: “hazme caso de una vez”. Hasta que uno de mis amos adultos (la peque grande está en su otra cueva adolescente) no se levanta, me tapa perfectamente la jaula con la mantita verde (ojo, no puede colgar por la parte delantera) y hace el gesto de arreglarme la cama, no me muevo. (2) Una vez ejecutado el paso anterior, me toca el turno del ajuste fino, dejando el cojín bien ubicado y mullido, algo a lo que me dedico durante casi un minuto. Tiene que estar perfecto, de lo contrario regresamos al punto uno. (3) Ya finalmente acomodada a gustito, puedo dedicarme a mi deporte favorito: el sleeping. Soy felizzzzzzz…

¿Qué les parecen mis manías? Tampoco son tan extrañas, ¿no? Les animo a compartir con nosotros las rarezas de sus mascotas. Pueden hacerlo enviando un tuit al timeline de @theluxonomist o @lentejitas con el hashtag (etiqueta) #diariosdecanela, o bien mediante un email al autor explicando (con todo lujo de detalles cotillas, no se corten) las vergüenzas inconfesables de sus canes. Salivo toda de solo pensarlo… ¡Hasta la semana que viene!

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