España o el arte de tirar de la manta

Si antes una sola persona solía ocupar la cama y se quedaba con toda la manta para él, ahora toca repartir espacio y estirar tanto la manta que en ocasiones acaba rompiéndose.

Mario Garcés. 20/11/2019

Poniendo orden en la incivilización de mis armarios, con más fondo que los océanos de Narnia, me encontré una manta de sofá y chimenea con cuerpo de Harry Potter que había comprado en Dublín hace dos años. Más allá de ignorar la razón potencial de tal compra, al pronto pensé que podía servir de regalo a algún compañero parlamentario si la frazada tuviese el efecto de la novela de Rowling que no es otro que el de ser invisible durante un tiempo. Porque, entre tocata y fuga, y en medio de la verbena de la Paloma en la que se ha convertido cierta forma de entender la política-espectáculo, embozarse y desaparecer es una oportunidad y hasta una necesidad. Los hay que al minuto de ser invisibles, perderán el juicio porque se han acostumbrado a mover cadera entre cámaras y acción. Pero habrá otros que probablemente recobren la serenidad necesaria para entender el país y hasta a ellos mismos, misión casi imposible en el mundo de Hogwarts de la Carrera de San Jerónimo.

Ojala existiera la manta que J.K. Rowling para dejársela a algún compañero parlamentario y así hacerse invisible una temporada

A más de un político le vendría bien coger la manta mágica de Harry Potter y desaparecer

En este país de viejas tradiciones, entre nacionalidades, regiones, pedanías y parroquias, es costumbre tirar de la manta, siquiera sea para desvelar lo que nadie quiere ver o lo que nadie quiere escuchar. Porque entre manteros, monteras y mentiras, además de los mantras del desvarío del nuevo populismo español, acaso haya un instante para el pensamiento lógico y para aplicar el primitivo pragmatismo español ante tanta insustancialidad. No en vano, España es país de Pícaros y no de Potters, para mayor gloria de nuestra nación. Y el pícaro, que acostumbra a liarse la manta a la cabeza, hace de la necesidad virtud, pero nunca niega la realidad aunque reniegue de su condición. Procede, pues, haciendo uso de la manta en este otoño frío, tirar de la manta e indagar la falta, como dice el aforismo nacional.

En esta España a punto siempre de desvertebrarse, que vive en permanente nubosidad variable y que renuncia históricamente a su estabilidad, habría que aplicarle la teoría de la manta. Porque entre los mantos de la Virgen del Pilar, de la Virgen de la Esperanza y de la Virgen de la Luz, y entre los mantos, cinturillas, fajines y sayas de los toreros con más estigmas que Santa Teresa, siempre están las mantas, las que cubren nuestras camas pero también descubren nuestras vergüenzas.

En las últimas elecciones, de tanto estirar la manta hacia la cara, se han desprotegido los pies y ahora se vuelve más complicada la formación de  gobierno

Si antes la manta cubría a dos partidos políticos, ahora hay que repartirla, haciendo que en ocasiones esta se estire demasiado

La posición de la manta en la cama, como en la política, depende del número de personas que compartan lecho, que no es lo mismo la unidad que la pluralidad. Cuando la cama se ocupa por una sola persona, que puede ser proeza o tristeza, hay un refrán clásico que reza «no estires la pierna más de lo que alcanza la manta». Lamentablemente, el objetivo de quien convocó las últimas elecciones, pensando que era un idea redonda, no era otro sino cubrir una mayor parte de la cama con la manta propia para sumar mayor electorado. Sin embargo, el resultado no ha sido el esperado, sucediendo lo que pasa a menudo y es que de tanto estirar la manta hacia la cara, ha desprotegido los pies. Eran Pereza en su canción Estrella Polar los que vaticinaban el espíritu de nuestro días: «Fui yo, fueron ellos/con los pies fríos no se piensa bien/si es un castigo, yo me lo busqué.» Y es pereza lo que sienten muchos españoles, que piensan que ellos no se merecen este castigo ni se lo han buscado.

A largo de tres décadas, la cama ibérica ha estado ocupada por dos cuerpos, que se han traspasado la manta a tiempo, y a veces a destiempo. Dos cuerpos que se complementaban y que habían enterrado el viejo frentismo de las dos Españas. Dos cuerpos que, a pesar de sus diferencias, compartían manta y hacían de la cama un espacio de unidad y de progreso constante. Un buen día cada cuerpo, a izquierda y derecha, se dividió y ocuparon posición otros cuerpos, de modo que la manta diezmaba, porque eran muchos los que empujaban. Y ya se sabe que, donde duermen muchos, la manta no resiste la quietud. De hecho, en presencia de tres en la misma cama, el que ocupa el centro, puede cubrir el ala izquierda, dejando desguarnecido el flanco derecho, y a la inversa, no hay movimiento de sábana a la derecha que no descubra el lateral izquierdo. Problemas de la Trinidad.

Ahora la cama del Congreso la ocupan más integrantes, lo que provoca que la manta comience a diezmar, pues son muchos los que empujan

Tal cual está la situación política, quizás la mejor opción es coger carretera y manta

Ahora corren tiempos de multitudes en la cama, de organización del desgobierno o de gobierno de la desorganización. Son vecinos pasajeros de almohada, de un romance de noche y media de los que usan la manta para cubrir solo su parte y no el todo. Es un top manta donde se vende y se compra cualquier producto de ocasión, al mejor precio y al mejor postor. Esa España de mantilla, mantel y mantón en la que la manta se estira para dejar a la intemperie gran parte de su superficie. Esa España que se descubre cuando el frío aprieta. Al calor siempre de la música de Cecilia que en su canción Perdimos algo, ni más ni menos como ahora, decía: «Nos cubre la misma manta/y somos viejos sin querer/somos perfectos extraños». Así es la vida hoy en esta gran cama. Y además los monstruos que viven debajo de ella, cada vez más revolucionados. Dan ganas de salir. Carretera y manta.

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