¿Por qué nos gusta sentir miedo?

Vemos películas de terror y celebramos Halloween. ¿Qué nos lleva a que pasarlo mal sea una sensación casi agradable?

Ana Villarrubia. 22/10/2015

Celebramos festividades en torno al misterio y nos abalanzamos a la taquilla a ver la última peli de terror. Si no partimos de una personalidad retorcida o masoquista… ¿Por qué nos gusta pasarlo mal? ¿Qué tiene el miedo que nos atrae tanto?

Se acerca la noche de Halloween. Un evento que hace ya tiempo dejó de ser considerado como “un invento americano” y que arrastra cada año a miles de nuevos adeptos en nuestro país. Disfraces terroríficos, noches llenas de sustos y la constante presencia de la muerte serían anecdóticos si no fuera porque, en efecto, son un síntoma más de toda una cultura en torno al miedo. Influencias tanto históricas como, por qué no decirlo, también comerciales, no son un obstáculo a la hora de analizar un fenómeno que no puede explicarse sólo en base a una simple moda.

haloween

Se habla de «la fiesta del consumismo» y es que, en efecto, esta celebración de orígenes celtas que es todo un fenómeno sociológico en Estados Unidos, se adelanta ya al emblemático Día de Acción de Gracias como disparador de un inmenso volumen de ventas que no cesan hasta el periodo navideño. Todo un hito, el primero en animar el que suele ser el mejor trimestre del año en cuanto a consumo, especialmente en el sector del retail.

Tan sólo una anécdota para ilustrar este fenómeno: según la revista Forbes, la noche de Halloween generó el año pasado en aquél país la venta de casi de 1.200.000 disfraces tan sólo en lo relacionado con la película ‘Frozen’ (disfraces de Elsa y Anna, sus protagonistas, pero también de Kristoff y Olaf) y sólo a través de paginas web. La venta total de disfraces online es difícil de calcular con exactitud pero se sabe con seguridad que superó de largo los 10.000.000 de unidades.

El disfraz de Frozen, el más vendido. Compra uno aquí
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Persuadidos o no por el marketing – porque reconozcamos que esto del miedo se vende muy bien – somos muchos los que nos hemos emocionado con sagas enteras de películas de terror o los que nos hemos agarrado a la silla en pleno thriller de ese terror que llaman “psicológico” que es el más intrusivo de todos. Quizá luego nos avergüence confesar que la ducha se nos hizo un poco más inquietante después de Psicosis’, pero no por inconfesable es esta una experiencia menos real.

Películas de miedo, películas sobre las películas de miedo o películas sobre el miedo tienden a ser grandes éxitos de taquilla: desde ‘El exorcista’ o ‘El resplandor’ a ‘Regresión’, el último estreno de Amenábar, el género de terror no ha dejado de engancharnos en todas sus variedades. Pero, si lo pasamos mal viendo una película de miedo o visitando el pasaje del terror del parque de atracciones, ¿por qué repetimos? ¿Qué tiene el miedo que nos hace buscarlo?

Aquí puedes comprar entradas para 'Regresión' de Amenábar
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La respuesta, una vez más, parece estar en nuestro cerebro, donde el miedo desencadena toda una serie de procesos genuinos y, finalmente, un tanto adictivos. La vivencia del miedo tiene un correlato neurológico casi directo y promueve con extrema rapidez la activación de una pequeñísima estructura cerebral llamada ‘amígdala’.

La tensión psicológica asociada a nuestra imaginación, la anticipación de lo macabro, el propio susto típico de muchas experiencias de ocio temáticas basadas en el miedo junto con la activación inicial de la región amigdalina generan en nuestro sistema nervioso una respuesta de alerta vinculada a un aumento considerable de sustancias como la adrenalina. Y aquí está la clave de nuestra predilección por pasar un mal rato: la agradable sensación que la descarga de adrenalina nos deja a posteriori.

'Psicosis', un clásico del cine de terror. Aquí puedes comprarla en DVD
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Es decir, el miedo nos activa y el disfrute viene después, intensificando todas las emociones consiguientes. Esta es la hipótesis más plausible acerca de por qué repetimos experiencias tenebrosas voluntariamente, pese a lo mal que lo llegamos a pasar en un momento dado.

La amígdala es, por otro lado, la misma estructura que nos permite almacenar recuerdos con especial nitidez, cuando se trata de recuerdos de situaciones que se han vivido con especial intensidad emocional. No es de extrañar: codificamos aquello que nos genera miedo de manera preventiva y adaptativa, si se trata de un peligro necesitaremos reaccionar rápido en cuanto volvamos a tenerlo delante.

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Somos tremendamente sensibles al miedo porque estamos genéticamente configurados para experimentarlo. Identificar peligros con rapidez y desarrollar el temor de acercarnos a ellos nuevamente obedece a un puro sentido de supervivencia y nos permite huir de potenciales amenazas contra nuestra integridad física y psicológica. Por eso las situaciones en las que pasamos miedo se graban con especial intensidad en nuestra memoria; para bien o para mal: tanto para traernos recuerdos de las personas con las que compartimos ‘momentos de miedo’ como para avivar pesadillas.

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Ahora bien, gracias a que somos seres plenamente racionales e inteligentes, sabemos también diferenciar cuándo estamos ante un miedo ficticio, y cuándo nos encontramos ante un peligro real. Es así como conseguimos quedarnos con la parte mas emocionante y con el mono de la adrenalina, sin que la experiencia de ver un película de terror llegue a ser traumática.

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