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Miserias antropológicas de los chats

Esta cuarentena, para desgracia de muchos, la población se han encerrado en los chats y no para de enviar y reenviar mensajes repetidos y bulos recurrentes.

Mario Garcés. 08/04/2020

Hubo un tiempo, en este lugar, donde los montes se vestían de espinos y de niños criados bajo la protección de animales salvajes. Y no es un cuento insípido de Disney, ni Tarzán con tableta de chocolate con arroz triturado, sino que fueron múltiples los casos que entretenían las mentes urbanitas y telúricas de nuestras infancias antes del coronavirus. Víctor de Aveyron en los Pirineos, o Amala y Kamala, la versión hindú de Rómulo y Remo hace exactamente un siglo, dieron paso a películas, series y tratados sobre la adaptación del lobo-hombre, ese mismo que seducía mujeres en el París de Boris Vian. Que a estas alturas del confinamiento alguien sepa la diferencia entre el hombre-lobo y el lobo-hombre sería un avance significativo para entender algunas reacciones vinculadas a la reclusión forzosa. 

Adaptarnos a la era de las redes sociales

Por pensar en tiempos del cólera y de la cólera, que algún igualitarista de trazo grueso y alarido bocón ha conseguido unir enfermedad e ira en masculino y en femenino, tengo la impresión de que muchos de nosotros somos como Mowgli con salida limitada al supermercado en busca de plátanos. Pero, sobre todo, somos analfabetos funcionales de raíz en el uso de las redes sociales, y actuamos con la fruición de un lobo desbocado que arranca la ropa a un hombre a dentelladas. Los que cumplimos ya algún año más antes del confinamiento, porque ahora se han congelado los cumpleaños aunque no lo diga algún tentetieso en rueda de prensa oficial, nos comportamos como niños sin civilizar en la maraña del caos narcisista y mentecato. Y es que competir en esta civilización de la foto con morros estriados o con testosterona de barril es tarea compleja para quienes venimos de la selva. La selva de nuestro pasado sin redes ni chat.

Los que tenemos cierta edad somos auténticos analfabetos funcionales en redes sociales

La pesadilla de los chats

A punto estoy de regresar a la selva. Con los animales, ahora protegidos por el nuevo pensamiento único, vivía mejor. Porque hay chats en los que uno vivía ya confinado antes de la pandemia y de los que no puede escapar, ni tan siquiera transitoriamente. Son los chats de trabajo, los chats de colegio o los chats familiares con matices. Y no lo puedes hacer so pena de que te conviertas en un tipo extravagante y antisistema, por mucho que algunos de los que participen en él trepanen el cráneo con sus estridencias sin pudor. Entiendo los desahogos terapéuticos pero para eso hay profesionales.

Contamos con chats para prácticamente todo

Acabemos con los reenvíos masivos

No soporto el vídeo enviado veinte veces, comentado por los mil exégetas de Egipto y de la cuenca del Ebro o del Guadarrama. Ni el aplauso enardecido de los lamenalgas ante cualquier ocurrencia de algún rey del pollo frito. Ni el padre o madre embravecido que cuelga la cuarta fotografía diaria de su rorró deglutiendo papilla. O explicando los avances pedagógicos de su criatura que ha escrito la primera «ese» de su vida en un mundo que se ha convertido en una curva con picos. Pero es que, en momentos de aburrimiento y de desesperación, hay seres humanos que han evolucionado y se graban vídeos como líderes planetarios. No pondré ningún reparo a esta mutación homínida siempre que tenga un efecto reparador interno. Simplemente sería conveniente que alguno pensase qué opinará de sí mismo cuando lo vea cuatro meses después en estado de libertad.

Ahora con el encierro el número de mensajes se multiplica

Listos de dedo rápido y cerebro corto

Como ahora hay más tiempo para la mandanga digital, que también un libro se coge con las manos, he comprobado ciertas actitudes que hasta ahora intuía, pero que se han perfeccionado en las últimas semanas. El listo que ha hecho del intercambio de noticias y datos entre chats su forma de vida. Tengo a unos cuantos localizados que lo único que hacen, desde que se levantan hasta que se acuestan, es jugar a localizar y deslocalizar envíos y reenvíos entre diferentes chats, y así hasta que anochece. Al día siguiente, vuelta a empezar.

Y, digo yo, desde mi selva, ¿no pueden leer? ¿No pueden ponerse a escribir alguna reflexión inteligente más allá de la primera pamema sin sintaxis parda ni gramática básica copiada de otro energúmeno de la especie? Además está el soplagaitas que, de buena mañana, te da una lección, habitualmente prolongación del sermón de madrugada de algún apóstol radiofónico. Admirable la dependencia de criterio del fulano, su identidad parietal con quien pronuncia la charleta de la montaña a las seis de la mañana. ¿Por qué piensan igual en todo? ¿Tanto cuesta pensar por sí mismo? 

Todos tenemos un contacto que se pasa el día enviando y reenviando de todo

Como reconozco que puedo estar irritable mientras escribo este artículo, que nadie me contesté utilizando la palabra «fake». Otro despropósito de la nueva civilización digital. «Fakes» somos nosotros que vivimos encerrados en nuestros móviles como unos juguetes rotos. Sinceramente quiero volver al bosque. Allí donde no hay listos de dedo rápido y cerebro corto. Pero también me lo impiden. Son las restricciones del confinamiento. Resistiré. Pero, por favor, mientras resisto, eviten que sufra el martirio de San Sebastián con mensajes repetidos y bulos recurrentes. Gracias.

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