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#CloseTo Ángel Caballero: «Tarde mucho tiempo en sentirme actor, pero lo he conseguido»

Ángel Caballero publica 'Donde mueren las palabras', el guion de la obra de teatro que representa en Madrid y que comienza gira en unos días.

Amalia Enríquez. 12/03/2019

Le descubrí de verdad en su interpretación de Paquirri, en la TV Movie sobre Carmina Ordóñez, aunque ya conocía su trabajo previo. Es un malagueño entrañable, cariñoso, trabajador como pocos y que siempre responde a una llamada. Nos une nuestra pasión por ‘Downton Abbey’ y nos separan nuestras agendas, que hacen casi imposible que nos veamos para algo que no esté relacionado con el trabajo. Ángel Caballero publica ‘Donde mueren las palabras’, el guion de la obra de teatro que representa en Madrid y que comienza gira en unos días…

The Luxonomist: Sé que me vas a decir que vives en un constante estrés…
Ángel Caballero: ¡Cómo lo sabes! Primero el estreno, luego las funciones y la presentación del libro. Tú vives momentos vitales parecidos en tu trabajo, así que creo que me vas a entender muy bien.

TL: ¿Crees que puede ser bueno que vivamos anclados en esa sensación?
AC: El estrés puede ser bueno, te pone las pilas. Si te digo la verdad ¡yo no sé hacer las cosas de otra manera! No sé hacer nada sin estrés, sin darlo todo. Es imposible que te vacíes en un trabajo sin que eso te genere estrés.

TL: Yo creo que depende del carácter de cada uno. Yo me entrego con intensidad a lo que hago, pero disimulo esa sensación de agobio que genera el que te veas sobrepasado. Soy muy calmada, pero me he dado cuenta de que no saber decir «no» es mi problema. Yo genero mi estrés…
AC: Sí, es posible que tengas razón. A mí esa sensación de intensidad laboral, me gusta. Cada día que llego al teatro, doy gracias por tener un espacio que me permite hacer lo que quiero, lo que más me gusta. Algo dirigido, interpretado y coproducido por mí. Me han dado carta blanca para todo. Soy de los que llega dos horas antes al teatro, me tomo mi café, me ausento de todo, nadie me puede hablar. Tengo mi ritual. Doy gracias por todo eso.

Cuando estaba escribiendo ‘Donde mueren las palabras’, la música estaba muy presente (Foto: Moisés Fernández Acosta)

TL: ¿Ritual o manías?
AC: Es distinto en el cine que en el teatro. Un día me dijo algo Maribel Verdú que me encantó: “A rodar se viene follao y calentao” (risas). Y es verdad. El teatro te permite escenificar ese ritual antes. Yo voy calentaíto de casa, con tiempo, me pongo mi música, me concentro, no me gusta que nadie me hable demasiado, repaso mi texto y cada acción de movimiento: dónde está la luz, dónde me voy a situar… Y diez minutos antes del comienzo, reviso que mis cambios de vestuario estén en su sitio, que todos los elementos que vaya a utilizar en escena también estén controlados…

TL: Entiendo tu estrés. Me lo pasas a mí solo oyéndote… ¿Qué escuchas para calmar esa hiperactividad?
AC: Depende del día. Voy desde Frank Sinatra hasta Melendi, pasando por Rocío Jurado o Charles Aznavour. Todo va en función el ánimo, que puede influir y de lo que tenga en el día. Si tengo el ánimo bajo, me meto caña musical, pero procuro que no vaya unido el cómo me encuentre a la elección de lo que quiero escuchar. Musicalmente soy muy mi padre y me gusta escuchar también a artistas de los 70/80. Cuando estaba escribiendo ‘Donde mueren las palabras’, la música estaba muy presente. Estaban Cecilia, Simon y Garfunkel, los BackStreet Boys… esa música me sigue acompañando.

TL: ¿Siempre tuviste tentación de escribir?
AC: Siempre me ha gustado. Cuando presenté el texto de la obra, Juan Carlos Rubio me dijo: «¡Por fin te decidiste!» Es curiosa la imagen que los demás pueden llegar a tener de ti, que no suele corresponderse con la que cada uno tiene de sí mismo. Yo respeto a los dramaturgos, a los guionistas. He tenido la suerte de encontrarme con alguno maravilloso y no quería ser un intruso. Le pedí a unos que escribieran esta obra, pero me dijeron que ninguno lo iba a hacer como yo. Es mi historia, yo la he vivido (conlleva tintes autobiográficos) y pensaban que ninguno la iba a hacer igual. Así que me lancé a hacerlo sin ninguna pretensión y pensando que el recorrido iba a ser corto… y ¡ya ves! Obra de teatro y libro. Mi pauta era hacerlo sin ninguna pretensión, solo desde el corazón.

En la presentación de su libro junto a Marta Hazas y la periodista Lourdes Lancho. (Foto: José Antonio Daza)

TL: ¿Escribías diario de pequeño?
AC: A veces sí, pero no tenía la disciplina necesaria para hacer algo continuado. Cuando veo mi libro en las manos ¡sigo alucinando! No sé cómo ha llegado hasta aquí.

TL: Imagino que tenías la necesidad anímica de verbalizar muchas cosas…
AC: Empezó como una catarsis emocional. Pasé lo escrito a gente de confianza y pasé la prueba de fuego, que fue enseñárselo a mi padre. Él es muy crítico conmigo y estaba convencido de que me lo echaría para atrás. Sin embargo me dijo: “Qué maravilla. Estoy muy orgulloso de ti”.

TL: ¿En el fondo no querías que se materializase?
AC: Yo creo que sí. No he contado a nadie esto que te voy a decir. Yo, hasta la noche del estreno, no sabía si iba a funcionar. Fue escuchar las primeras risas y luego el momento más emocional, y darme cuenta de que aquello iba bien. Nunca hay que perder el miedo a los estrenos. Yo llevo unos cuantos a mis espaldas y sigo teniendo esa cautela. Realmente, este fue especialmente emocionante.

TL: Porque era algo tuyo…
AC: Salir a recoger los aplausos fue especial porque recuerdo que pensé: «¡Qué fuerte, esto lo he hecho yo!» Y fíjate que odio ese momento aplauso porque ya se va el personaje y eres tú el que se tiene que exponer. Si me pudiera ahorrar el aplauso, lo haría. No trabajo para el aplauso, lo hago por mí. Hasta la noche del estreno, no conseguí quitarme la máscara de director. Y me he dado cuenta de que dirigir y actuar es muy complicado. No sé si lo volveré a hacer.

 

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TL: ¿No será que te has vuelto quisquilloso?
AC: Siempre he sabido que, como actor, soy muy disciplinado. Y también que soy muy exigente conmigo mismo. En esta aventura lo que me ha pasado es que he tenido que serlo también con los actores de la obra, porque he querido ser con ellos ese director que siempre me ha hecho aprender, me ha arropado, me ha protegido. Cuando sales a un escenario tienes que salir a matar. A mí me va la vida en ello.

TL: ¿Te has sentido liberado después de escribir ‘Donde mueren las palabras’?
AC: Estoy siendo consciente ahora, pero no soy capaz de descifrarlo completamente. Mi padre me dice que ha notado un punto de inflexión en mí después de escribir el guion y que soy un Ángel más maduro.

TL: Verbalizaste cosas que te estaban paralizando…
AC: Yo creo que se me habían acabado los retos que me había puesto y, cuando eso me ocurre, siempre quiero más. Eso te hace madurar y crecer.

TL: ¿Lo que te hizo sufrir te hace ahora reír?
AC: En la obra, lo que me hizo sufrir me lo sigue haciendo noche tras noche. Es muy duro revivir momentos de mi vida en el escenario. Para mí no es terapéutico. Llegará un momento en que podré hacerlo con técnica y con tablas. Hasta ahora ha sido duro, pero sí, creo que me he quitado muchos fantasmas del pasado.

TL: Eso es bueno para ti…
AC: (silencio) Tienes un don. Cada vez que me entrevistas, me llevas por unos caminos que me hacen emocionarme. Creo que no hay que terminar en ese sitio donde mueren las palabras.

Los fallos, muchas veces, están en uno mismo (Foto: Moisés Fernández Acosta)

TL: ¿Cuál es ese lugar?
AC: Las palabras mueren cuando damos por hecho las cosas, cuando no cuidamos las relaciones… Hay veces que vamos por la vida pasando por encima de muchas cosas. Yo quiero vivir cada momento como si fuera el último, porque hay que darle valor a la palabra, a la amistad, al amor… Muchas veces pensamos que nos conocemos y, de repente, un día te levantas dándote cuenta de que somos unos desconocidos que se parecen vagamente a quienes un día llamábamos amigos. Los fallos, muchas veces, están en uno mismo.

TL: ¿Te has llevado muchas decepciones?
AC: Sí, sí… pero también te digo que, en gran parte, me echo a mí la culpa porque pude haber idealizado a esas personas y no eran realmente como yo creía. Es un gran fallo que tenemos los seres humanos. Y, cuando me ocurre eso, paso página con esa persona para siempre. No es cuestión de rencor, simplemente no se me olvida. Tenemos que corregir los fallos de fábrica con los que venimos cada uno, pero nunca dejar de ser fieles a nosotros mismos. Nadie debe cambiar cómo somos, no hay que transformarse para gustarle a los demás.

TL: ¿Te recuerdas un niño feliz?
AC: Sí, pero con algunos complejos que hablamos en otra entrevista.

TL: Lo recuerdo. Eras glotón…
AC: Lo era y te conté cómo era de joven. Llegué a pesar 125 kilos. Fui gordo hasta los dieciséis años, así que imagínate lo que llegaba a comer para tener ese peso. Mi madre lo dulcificaba diciendo que era fuertecito, pero ¡no, se equivocaba! Era muy gordo.

TL: Nadie lo diría ahora. Nunca me lo habría imaginado…
AC: Cuando decidí ser actor tuve que cambiar de actitud y modo de vida. Desde ese momento, vivo a dieta. Mi cambio ha sido a base de fuerza de voluntad. Fue una locura, porque durante mucho tiempo fue a base de potitos. Me tomaba unos tres al día de los grandes, que eran como para niños de cuatro años, y bebía muchísima agua. Fue una locura de la que me arrepiento enormemente y nadie debería hacer. Desde hace unos pocos años es cuando tengo la sensación de que como bien de verdad.

 

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TL: En el cine se hacen muchas locuras por interpretar a determinados personajes…
AC: Es verdad. De hecho, yo tuve que adelgazar muchísimo para interpretar a un yonki. Coincidiendo con ese rodaje, me llamaron para formar parte de reparto de ‘Entre olivos’. Cuando me vieron me dijeron que lo que lo querían era un galán y que no daba para el papel. Les prometí que, en dos meses, me recompondría. Y eso hice.

TL: ¿Te has vuelto exigente en la mesa?
AC: Ahora, desde que he descubierto la dieta de comer sano, sí. Creo que me he convertido en la pesadilla de los camareros. Y, por supuesto, solamente aceite de oliva, ningún otro para los aliños o condimentos.

TL: ¿Qué has retirado de tu alimentación?
AC: El fast food, los dulces y el alcohol. Lo que más me ha costado han sido los postres porque soy muy dulcero. Nunca he sido de beber, solo de tintos de verano.

TL: ¿Ese plato por el que mueres?
AC: Tarta de queso y ya ni me acuerdo de la última vez que la tomé. Lo bueno de todo esto es que he aprendido a comer bien. Disfruto comiendo verduras o alimentos a la plancha. Ahora como lubina, salmón, carne roja… Antes no tomaba nada de eso. Y ¿sabes una cosa? Ahora es raro que me ponga malo. Antes, con bastante frecuencia, porque estaba sin defensas. Ahora estoy como un roble.

TL: ¿Qué comportamientos no consientes en la mesa?
AC: Soy muy educado en la mesa y espero lo mismo de los demás. Es la enseñanza que he tenido en mi casa. Mi padre cocina maravillosamente bien y, tanto a él como a mi madre, siempre les ha gustado la buena mesa. Recuerdo ir con ellos a buenos restaurantes y el comportamiento tenía que ser correcto. Ya sabes, nada de codos en la mesa, ni hablar con la boca llena, jugar con la comida… Reconozco que yo ahora soy más intransigente de lo que han sido conmigo.

 

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TL: ¿Te manejas bien entre fogones?
AC: Soy un desastre en la cocina, pero he aprendido a defenderme. Con 18 años, recién llegado a Madrid, no sabía que había que darle la vuelta a un filete en la sartén (risas). Mi madre estaba decidida a ponerme una asistenta, pero nunca la he necesitado porque limpio muy bien. Ahí me manejo perfectamente.

TL: ¿Ese niño “fuertecito” se reconocería en el hombre que hoy eres?
AC: Sigo siendo ese niño. Se reconocería perfectamente. Hablo muchas veces con él. Los dos, el niño y el hombre, tenemos algo en común: la cabezonería. Tardé mucho tiempo en sentirme actor, pero lo he conseguido y quiero seguir contando historias.

TL: ¿En el mejor de tus sueños imaginaste esto?
AC: En ocasiones pienso si me despertaré. ¡Imagínate! Hay veces que aún me pellizco para comprobar que esto no es un sueño.

*Localización: The Westin Palace Madrid. *Próxima semana: Asier Etxeandía.

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